El sol de mediodía en la Ciudad de México no era una bendición, sino una agresión personal. A pesar del "Aether-Sol", ese suero alquímico carísimo que permitía que mis células no se incineraran al contacto con los rayos UV, sentía la luz como mil agujas invisibles presionando mi piel canela. Ser una Valerius en el exilio significaba caminar entre humanos fingiendo que el calor no me revolvía las entrañas y que el sudor de la gente en la calle no olía a un buffet de mala muerte.
Estaba sentada en mi escritorio de la redacción de "La Verdad", el teclado bajo mis dedos siendo la única válvula de escape para una furia que amenazaba con desbordarse. El periodismo era mi búnker público; aquí no era la "Princesa de Sangre" caída en desgracia, sino la mujer que podía hundir a un senador con un párrafo bien estructurado.
—Nati, si sigues mirando la pantalla así, le vas a prender fuego por pura fuerza de voluntad —dijo una voz alegre a mi lado.
Era Lucero, mi mejor amiga y la única humana que lograba que mi pulso —inexistente, pero metafórico— se relajara. Lucero era pequeña, vibrante, con una energía que me servía de ancla. Me resultaba irónico que mi único contacto real con la humanidad llevara el nombre de la luz que yo, por naturaleza, debería evitar.
—Es el trabajo, Lu. Estos políticos se reproducen en la sombra y creen que nadie los ve —respondí, dándole una sonrisa ensayada que ocultaba el hambre que empezaba a rasparme la garganta.
—Ay, eres tan intensa. Por eso me caes bien. Por cierto... el "Jefe de Hierro" quiere verte. Y tiene esa cara de que no ha bebido su "vino especial" en toda la mañana.
Suspiré, sintiendo un presentimiento gélido. Me levanté, ajustando mi vestido rojo que resaltaba cada curva de mis caderas y el balanceo de mis nalgas, consciente de las miradas de los redactores humanos que se quedaban sin aire al verme pasar. Entré en la oficina del fondo, donde el aire olía a sangre vieja y a rancio.
Detrás de un escritorio de caoba estaba Don Valerius. Era un vampiro aristócrata de la vieja guardia, inmensamente gordo, cuya piel pálida parecía una membrana a punto de estallar bajo su traje de seda. Para él, yo era una herramienta desperdiciada.
—Natalia, querida —dijo, su voz sonando como grasa hirviendo—. El Consejo me ha enviado una nota. Saben que estás conviviendo con un... perro. Un Helios. Es una vergüenza para nuestra casta que una mujer de tu linaje se revuelque con la basura que aúlla a la luna.
Sentí que mis ojos se tornaban rojos, una respuesta instintiva que tuve que reprimir con un parpadeo.
—Lo que yo haga en mi departamento no es de tu incumbencia, Valerius. Ni tuya, ni del Consejo.
—Lo es cuando tu presencia en la Gala Carmesí ha dejado de ser una invitación para convertirse en una orden —el gordo se inclinó hacia delante, su aliento fétido llenando mi espacio—. Si no te presentas con un pretendiente de sangre pura, el Consejo cerrará este periódico y te "recolectará" por la fuerza. Ese lobo tuyo no podrá protegerte de toda una estirpe. Vete a casa, prepárate. El tiempo de jugar a la humana se ha terminado.
Salí de allí con la mandíbula tan tensa que temí romperme los colmillos. Recogí mis cosas rápidamente, ignorando la mirada preocupada de Lucero. Necesitaba el búnker. Necesitaba a Cristian.
Al salir al estacionamiento, vi el mensaje de Cristian en mi celular: "Salgamos de aquí. Te espero en el estacionamiento del edificio. Es urgente". Supe entonces que su familia también había movido ficha. El mundo estaba colapsando sobre nuestro pequeño refugio.
Conduje hacia nuestro edificio con el corazón en un puño. Al llegar, aparqué mi coche y vi la moto de Cristian. Él ya estaba allí, esperándome. Pero antes de que pudiera acercarme, mis sentidos se dispararon. El aire en el vestíbulo del edificio olía a muerto fresco, a una fragancia dulce y rancia que conocía demasiado bien.
—Cristian —susurré, acercándome a él. Mi mano fría buscó su antebrazo tatuado, sintiendo su calor febril de casi cuarenta grados.
—Lo sé —respondió él, con su voz ya bajando a ese registro animal que me erizaba el vello.
De las sombras emergió el Vigilante del Consejo, un vampiro de aspecto esquelético y movimientos de araña. Su sola presencia era un insulto.
—Natalia Valerius, se te acabó el plazo —dijo el Vigilante, sacando una hoja de plata delgada—. Y tú, perro sarnoso, vas a morir por contaminar su linaje.
El Vigilante se lanzó contra Cristian con una velocidad que habría sido invisible para un humano. Vi cómo la plata cortaba el brazo de mi lobo, y el aroma de su sangre caliente inundó el vestíbulo. Un rugido inhumano escapó del pecho de Cristian. Verlo herido por uno de los "míos" desató en mí una furia que nunca había experimentado.
Cristian lo agarró del cuello y lo estampó contra la pared de ladrillos con una fuerza que hizo vibrar el suelo. No era una pelea; era una carnicería. Cristian lo golpeaba con una potencia devastadora, rompiendo huesos y baldosas con la misma facilidad. El Vigilante chillaba, intentando clavarle los colmillos, pero Cristian era superior en cada embestida.
—¡Dile a tus amos —rugió Cristian, su voz siendo un trueno inhumano mientras levantaba al vampiro por la garganta— que si vuelven a enviar a alguien, les regresaré sus cabezas en una bandeja de plata! ¡Lárgate!
Lo lanzó hacia la calle como si fuera basura. El Vigilante, gravemente herido, huyó hacia la oscuridad. Cristian se giró hacia mí. Sus ojos eran dos pozos de ámbar encendido, su pecho subía y bajaba con violencia y el aroma de su sudor mezclado con la adrenalina era el afrodisíaco más potente que jamás hubiera probado. Ver su poder, ver cómo masacraba a un enviado de mi propio linaje solo para protegerme, me encendió de una forma que desafiaba toda lógica.
—Entra —le dije, mi voz siendo apenas un susurro cargado de una lujuria oscura.
En cuanto la puerta del departamento 4B se cerró y los cerrojos encajaron, el búnker dejó de ser un refugio para convertirse en nuestro coliseo de carne. La violencia de afuera necesitaba ser transmutada en placer.
—Quítate todo, Cristian —ordené, mi tono cargado de una dominación que lo hizo endurecerse al instante.
Él se deshizo de su ropa con movimientos rápidos, revelando su torso sudado y marcado por los tatuajes que tanto me gustaba recorrer con la lengua. Me quedé mirándolo: su v***a roja y pulsante, una vara de carne caliente que buscaba mi entrada con desesperación. Fui a la cocina y regresé con el chocolate líquido caliente. Me lo esparcí por mis tetas, dejando que el líquido oscuro resbalara por mis pezones ya erectos y bajara por la curva masiva de mis caderas hasta perderse en mi entrepierna empapada.
—Hazme tuya, lobo —dije, hincándome frente a él.
Empecé a verter el chocolate sobre su m*****o. El calor del dulce contrastaba de forma delirante con la frialdad de mi boca cuando empecé a darle un oral agresivo. Me lo tragaba entero, sintiendo cómo sus colmillos rozaban mi piel, dándole ese toque de peligro que disparaba mi placer. Sus manos grandes se hundieron en mis nalgas, apretándolas con una fuerza que me hacía gemir contra su carne.
—¡Maldita sea, Natalia! —exclamó él, agarrándose de mis hombros mientras sentía que su esencia de lobo estaba a punto de estallar.
Lo obligué a levantarse. Saqué el antifaz de seda y las esposas de cuero. Hoy quería el control total. Lo esposé con las manos a la espalda y lo obligué a arrodillarse.
—Hoy vas a aprender quién manda en este departamento —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo hasta que probé su sangre.
Lo llevé a la mesa del comedor y lo puse en una posición donde me permitiera sentarme sobre él de un solo golpe. El impacto de su v***a entrando en mí fue tan profundo que sentí que tocaba mi núcleo frío. Empecé a cogerme con él con una violencia rítmica, subiendo y bajando de forma salvaje. El sonido de mis nalgas grandes chocando contra sus muslos era la única música que necesitaba.
—¡Cógeme, Cristian! ¡Rómpeme las esposas! —le grité, mis ojos ya inyectados en sangre.
Con un rugido, Cristian rompió la unión de las esposas como si fueran de papel. Me tomó de la cintura con una fuerza brutal y me puso de espaldas sobre la mesa, elevando mis piernas gruesas sobre sus hombros para entrar más profundo. Me cogió por detrás con una furia desatada, cada embestida siendo un recordatorio de que él era el único dueño de mi cuerpo. El chocolate se mezclaba con nuestros fluidos, creando una liturgia oscura de dulce y sal.
El orgasmo nos alcanzó como una tormenta eléctrica. Cristian se corrió dentro de mí con una potencia que me dejó temblando, mientras yo soltaba un alarido de éxtasis que vibró en todo el edificio. Nos quedamos allí, desplomados, rodeados por el olor a sexo, chocolate y supervivencia.
Pero el silencio no duró. Un aroma nuevo inundó la habitación: floral, embriagador y cargado de una energía erótica que hacía que el aire pesara toneladas.
En la silla de Cristian, sentada con una elegancia insultante, había una mujer que no estaba allí hace un segundo. Su piel era de una blancura irreal, su cabello rubio platino brillaba y sus ojos verdes esmeralda destellaban con una malicia antigua. Tenía unos pechos enormes que asomaban por un corsé blanco y unas piernas largas que terminaban en una falda transparente.
Me puse en pie al instante, cubriéndome con mi bata, mis ojos rojos fijos en la intrusa.
—¿Quién diablos eres y qué haces en mi casa, ramera? —escupí, sintiendo mi instinto territorial rugir.
La mujer soltó una risita que sonaba como campanas de cristal. Se levantó con una gracia que desafiaba la gravedad.
—Me llamo Naamah —dijo ella, caminando hacia nosotros—. Y no soy una chupasangre ni una perra sarnosa. Soy lo que sus antepasados temían antes de que existieran sus linajes. Soy una súcubo, una tejedora de deseos.
Naamah se acercó a Cristian, ignorando mi amenaza. Lo miró de arriba a abajo, deteniéndose en su desnudez cubierta de chocolate.
—¿Y tú eres el famoso lobo programador? —dijo con un sarcasmo delicioso—. Tienes buen tamaño, debo admitirlo. Pero tu técnica es un poco... rústica. Aunque entiendo por qué Natalia te guarda como a un tesoro. Hueles a una potencia que podría alimentar a todo un aquelarre.
—Vete de aquí, Naamah —gruñó Cristian, sus ojos volviendo a encenderse en ámbar.
—Oh, no soy una visita, guapo —respondió ella, dándome una mirada de superioridad—. He venido porque el equilibrio se ha roto. El Consejo y la Jauría están a punto de destruirse, y ustedes dos son los únicos peones sacrificables. He venido a proponerles un trato.
Me tensé, mis colmillos saliendo por completo.
—No hacemos tratos con demonios —sentencié.
Naamah soltó otra risa, esta vez más oscura.
—El búnker ya no es seguro, pequeña vampira. La noche se está cerrando sobre ustedes, y créeme... voy a disfrutar mucho viendo cómo intentas retener a tu lobo cuando yo empiece a susurrarle al oído cosas que tú ni en mil años podrías imaginar.
La noche en la ciudad se volvió gélida, y mientras la súcubo nos miraba con su sonrisa de depredadora antigua, entendí que el capítulo de la supervivencia se había terminado. Estábamos en una guerra de tres frentes, y el refugio seguro del 4B acababa de convertirse en la primera línea de fuego de un infierno que apenas comenzaba a arder.