Capítulo 10: La Legión de Hierro y el Altar de la Carne

1990 Words
El estallido de la puerta no fue solo un ruido; fue una onda de choque que desprendió el yeso de las paredes y pulverizó los marcos de las ventanas. Los lobos cibernéticos no entraron, se proyectaron hacia el interior como obuses de carne y metal. Eran aberraciones: el pelaje gris de la Jauría Helios cosido a placas de titanio, con cables de fibra óptica serpenteando entre sus costillas expuestas. Sus ojos rojos, escáneres de calor y movimiento, se fijaron en nosotros con una precisión desalmada. —¡Protege a Lucero! —rugió Cristian, su voz rompiéndose en un aullido mientras su cuerpo se expandía, rompiendo lo que quedaba de su esmoquin. No esperó a que la primera bestia tocara el suelo. Se lanzó al aire, interceptando a un lobo metálico a mitad de su salto. El impacto sonó como un choque de trenes. Cristian hundió sus garras de licántropo en las junturas del cuello del cíborg, arrancando cables y tráquea en un solo movimiento ascendente. El aceite n***o y la sangre oxigenada salpicaron las paredes del departamento, pero antes de que pudiera celebrar la baja, otros tres se abalanzaron sobre él. Yo sentía el Abismo vibrar en mi pecho como un motor de antimateria. Miré la burbuja de espacio estático donde Lucero permanecía suspendida. El rayo de luz negra que salía de ella estaba perforando el techo, conectando este departamento con algo mucho más antiguo y hambriento en la estratosfera de la Ciudad de México. —¡Aléjense de ella! —grité, extendiendo mis manos. No usé mis cuchillos. Usé el vacío. Imaginé el espacio entre los lobos cibernéticos y Lucero como una liga que podía estirar hasta romperla. El aire se curvó. Dos de las criaturas intentaron saltar, pero quedaron atrapadas en una distorsión gravitatoria que las comprimió hasta que sus armaduras de titanio crujieron y sus huesos se astillaron. Los restos deformes cayeron al suelo como chatarra ensangrentada. Naamah se movía en la periferia como una bailarina de humo. Su daga de cristal oscuro no cortaba la carne; cortaba la voluntad. Cada vez que rozaba a uno de los atacantes, la luz roja de sus ojos se apagaba, dejando al cuerpo cibernético colapsado en un espasmo de cortocircuitos. —¡Son demasiados, Natalia! —exclamó Naamah, clavando su daga en el cráneo de un lobo que intentaba flanquearla—. ¡Están saliendo de las grietas de la ciudad! ¡Si no sacamos a la humana de aquí, este lugar se convertirá en su zona de desove!. Mientras el departamento se convertía en una zona de guerra, a kilómetros de ahí, en las profundidades de la Catedral Metropolitana, el aire estaba cargado de un incienso que olía a sangre seca y siglos de secretos. En una cámara oculta bajo las criptas, donde el mapa de la ciudad se proyectaba en una mesa de obsidiana líquida, dos figuras observaban el despliegue de la Legión. El abuelo de Cristian, el antiguo Alfa que todos creían muerto, acariciaba la empuñadura de una espada forjada con plata y restos de meteorito. A su lado, mi abuela, la Reina del Consejo, mantenía sus ojos cerrados, conectada psíquicamente a cada uno de los lobos cibernéticos. —La niña está respondiendo mejor de lo esperado —dijo ella, su voz siendo un susurro que hacía que las sombras de la cripta danzaran—. El Abismo ha despertado en ella con una pureza que ni siquiera nosotros poseíamos. —Viktor es un idiota por intentar controlarlos con política —gruñó el viejo Alfa—. Solo la guerra y la carne pueden forjar la corona. Cuando Natalia termine de abrir el portal a través de su amiga, la Ciudad de México será el primer peldaño de nuestra nueva eternidad. No solo seremos vampiros o lobos. Seremos la Legión Absoluta. —¿Y el chico? —preguntó ella, abriendo los ojos, que brillaban con una malicia milenaria. —Cristian es el sacrificio necesario. Su dolor es el combustible que mantiene a Natalia conectada a este plano. Deja que luche. Deja que crea que tiene una oportunidad. La caída de un Alfa es el mejor espectáculo para inaugurar un imperio. El Éxtasis del Caos De vuelta en el departamento, la situación era insostenible. Cristian estaba cubierto de cortes profundos; una placa de metal le había desgarrado el flanco y la sangre de lobo humeaba sobre el piso de madera. Estaba rodeado, gruñendo con una ferocidad que empezaba a perder la batalla contra el agotamiento. —¡Cristian, atrás! —grité. Cerré los puños y tiré del aire hacia mí. Plegué el espacio del departamento completo, creando un vacío momentáneo que succionó a los lobos restantes hacia el centro de la habitación, lejos de Cristian y de Lucero. En ese instante de compresión, Naamah lanzó una ráfaga de energía sibilante que hizo estallar los núcleos de energía de las criaturas. La explosión fue contenida por mi burbuja de espacio, convirtiendo a los atacantes en polvo metálico. El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por los jadeos pesados de Cristian y el zumbido del portal n***o sobre Lucero. —Tenemos que movernos... ya —masculló Cristian, volviendo parcialmente a su forma humana, aunque sus ojos seguían siendo amarillos y salvajes. Me acerqué a la burbuja de Lucero. Con un esfuerzo mental que me hizo sangrar por la nariz, logré "desanclar" el espacio que la rodeaba. La burbuja levitó, manteniéndola en su animación suspendida mientras el rayo de luz negra se estiraba, siguiéndonos como un cordón umbilical de sombras. —A mi refugio en el Ajusco —ordenó Naamah—. Es una zona muerta para el Consejo. Allí podremos decidir si salvamos a la chica o si tenemos que... —nos miró con una seriedad gélida— ...cortar el vínculo antes de que ella nos consuma a todos. Salimos por el balcón, saltando hacia la oscuridad de la noche mientras la ciudad empezaba a arder bajo el cielo violeta. Llegamos a una cabaña de piedra y cristal oculta en lo más profundo del bosque del Ajusco. El lugar estaba protegido por runas de súcubo y escudos electromagnéticos que Cristian había instalado meses atrás en secreto. En cuanto entramos, la tensión acumulada, el miedo de perder a Lucero y la revelación de la traición de nuestros abuelos estallaron en una mezcla tóxica de adrenalina y deseo. Pusimos la burbuja de Lucero en el centro de una estancia circular. Cristian se dejó caer contra la pared, jadeando, con la piel ardiendo por la fiebre de la regeneración. Me acerqué a él, arrodillándome entre sus piernas. Mis manos, aún temblando por el uso del Abismo, buscaron su rostro. —Casi te pierdo —susurré, mis ojos volviéndose carmesí mientras el hambre y la euforia se mezclaban. Cristian no respondió con palabras. Me tomó de la nuca y me besó con una violencia que sabía a hierro y a desesperación. Sus manos, grandes y callosas, desgarraron lo que quedaba de mi vestido de seda, exponiendo mi piel canela a la luz tenue de las runas. —Necesito sentir que estamos vivos, Natalia —gruñó él, su voz siendo un rugido bajo que me vibró en el pecho—. Necesito que este fuego me saque el frío de esa plata. Naamah nos observaba desde las sombras del rincón, su presencia siendo una llama erótica que alimentaba la atmósfera. Se acercó con lentitud, deshaciéndose de su ropa, sus pechos enormes y su vientre liso brillando con una luz sutil. —El Abismo se alimenta de la emoción —dijo Naamah, su voz cargada de una sensualidad desbordante—. Si quieren salvar a su amiga, necesitan estabilizar la energía. Y no hay mejor ancla que el placer absoluto. Cristian me levantó del suelo con una fuerza inhumana, sentándome sobre su regazo mientras él seguía apoyado en la pared. Mis piernas rodearon su cintura y sentí su v***a, una vara de hierro ardiente, pulsando contra mi intimidad empapada. Me penetró de un solo golpe, un tajo de carne que me hizo arquear la espalda y soltar un grito que se perdió en la inmensidad del bosque. —¡Eso es! —rugía Cristian, sus manos apretando mis nalgas con una fuerza que dejaba marcas—. ¡Eres mía, Nati! ¡Ni el Abismo ni mis abuelos van a quitarme esto! Empezamos a coger con un ritmo frenético, un choque de poder y fluidos que hacía que el aire de la cabaña se cargara de electricidad estática. Cristian me embestía desde abajo con una furia regenerativa, sus ojos amarillos fijos en los míos, que ahora eran pozos de oscuridad absoluta. Cada vez que su pelvis golpeaba la mía, sentía una descarga de poder que estabilizaba el portal de Lucero, como si nuestro placer fuera el único lenguaje que la realidad entendía en ese momento. Naamah se unió, arrodillándose detrás de Cristian, lamiendo el sudor de su espalda y usando sus dedos para estimularnos a ambos. Sus manos expertas buscaban mis pechos, retorciendo mis pezones con una malicia que me hacía ver estrellas. —¡Más, Cristian! ¡Más! —gritaba yo, mis colmillos saliendo por completo, mordiendo mi propio labio para no desgarrar el suyo. La intensidad subió a niveles insoportables. Me puse de espaldas contra la mesa de cristal de la estancia, mis nalgas masivas ofreciéndose a la vista de los dos. Cristian me penetró por detrás con una violencia desatada, sus manos rodeando mi cuello para mantenerme en el sitio mientras Naamah se posicionaba frente a mí, obligándome a besarla con un sabor a miel y peligro. El erotismo en la cabaña era una tormenta. El sudor, el aroma a jazmín de la súcubo y el olor acre del sexo de lobo crearon una atmósfera donde el tiempo se detuvo. Cada embestida de Cristian era una declaración de guerra contra el destino. Cada gemido mío era una grieta en el control del Consejo. —¡Me vengo, Natalia! —rugió Cristian, su voz rompiéndose mientras sus músculos se tensaban hasta el límite. —¡Hazlo! ¡Lléname de tu rabia! —respondí, sintiendo cómo mi clítoris estallaba en una sincronía perfecta con el vacío en mi interior. Nos corrimos en una explosión de energía que hizo que las runas de la cabaña brillaran con una luz cegadora. El plasma grado "S" en mi cuerpo entró en armonía con el semen caliente de Cristian, y por un segundo, vi el tejido de la realidad perfectamente alineado. La burbuja de Lucero se estabilizó, su latido volviéndose rítmico bajo el control de nuestro éxtasis compartido. Nos quedamos desplomados en el suelo, jadeando, entrelazados en una masa de extremidades y promesas silenciosas. Cristian me abrazaba con una ternura que contrastaba con la brutalidad de hace unos minutos. —No vamos a dejar que nos usen, Nati —susurró él contra mi oído—. Si mis abuelos quieren un híbrido, van a tener a un monstruo que no podrán encadenar. Naamah se levantó, limpiándose la comisura de los labios con una sonrisa triunfal. —La energía está estabilizada... por ahora —dijo la súcubo—. Pero el portal en la ciudad sigue creciendo. Sus abuelos están llamando a algo que no es de este mundo, Natalia. Y Lucero es el ancla. Si no la desconectamos pronto, ella dejará de existir para convertirse en la puerta de algo que devorará incluso el Abismo. Miré a mi mejor amiga, durmiendo su sueño de sombras en el centro de la habitación. La paz de hace un momento se evaporó ante la cruda realidad. —Entonces prepárense —dije, levantándome con una dignidad renovada, mientras las venas negras en mis brazos brillaban con una luz violeta—. Vamos a ir a esa Catedral. Vamos a buscar a los fantasmas de nuestra familia. Y vamos a enseñarles que la obsesión de dos amantes es mucho más poderosa que los planes de un par de cadáveres que olvidaron cómo morir.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD