Capítulo 7: El Despertar del Abismo y la Reina de la Medianoche

2279 Words
​El aire en el salón principal de la mansión Valerius se había convertido en un cóctel tóxico de ozono, pólvora y el dulzor rancio de la sangre aristocrática. Los cristales de las inmensas lámparas de araña llovían sobre nosotros como diamantes ensangrentados mientras las puertas, arrancadas de cuajo, dejaban entrar la furia de los Colmillos de Hierro. Aleksei estaba allí, en el centro del desastre, su esmoquin de tres mil dólares hecho jirones por la presión de sus músculos en plena transformación. Su rostro era una máscara de vello hirsuto, mandíbulas desencajadas y unos ojos amarillos que solo conocían la obediencia ciega a un Alfa que no estaba presente. ​—¡Cristian! —rugió Aleksei, su voz ya no era humana, sino un sonido gutural que hacía vibrar el suelo—. ¡Papá no acepta traidores! ¡Tu cabeza será el trofeo que selle el pacto con el Consejo! ​Cristian se puso frente a mí, su espalda tatuada tensándose mientras su propia transformación empezaba a ondular bajo su piel. No era el descontrol de su hermano; lo suyo era una evolución geométrica, precisa. Sus uñas se alargaron en garras de obsidiana y sus caninos perforaron sus labios, pero sus ojos café mantenían esa chispa de inteligencia algorítmica que Aleksei nunca tendría. ​—Aleksei, siempre fuiste el mejor soldado porque nunca tuviste la capacidad de cuestionar una orden —dijo Cristian, su voz siendo un trueno bajo—. Pero hoy, el código ha cambiado. Y tú no estás en el programa. ​El Vínculo de la Garganta (Flashback) ​En ese instante, mientras la tensión estallaba, un recuerdo nos golpeó a ambos, una conexión telepática que solo nosotros compartíamos desde que éramos niños. Teníamos quince años. Estábamos en los límites del territorio de la Jauría, en un bosque gris que olía a tierra mojada y miedo. Un cazador independiente, un humano que sabía demasiado, nos había acorralado en una cueva. Cristian estaba herido por una bala de plata en el hombro y yo estaba tan débil por el hambre que mis colmillos apenas salían. ​Cristian no me dejó sola. Con su hombro supurando humo n***o por la plata, se lanzó sobre el cazador. No lo hizo con la elegancia de un guerrero, sino con la desesperación de un amante. Cuando el cazador estaba en el suelo, Cristian me miró y me ofreció su propia muñeca. ​—Bebe, Nati. Si vas a morir, que sea con mi sangre en tus venas —me dijo. ​Bebí de él por primera vez esa tarde. Su sangre era fuego puro, un torrente de energía que no solo me dio fuerzas, sino que unió nuestras almas en un nudo que ni el tiempo ni el Consejo podrían desatar. Juntos, terminamos con el cazador. No fue una ejecución, fue un ritual. Enterramos el cuerpo bajo un roble viejo y juramos que nunca, bajo ninguna circunstancia, dejaríamos que nuestras familias dictaran quién debía vivir o morir. Ese día, dejamos de ser un cachorro y una cría; nos convertimos en cómplices de una eternidad sangrienta. ​La Caída del Perro de Guerra ​De vuelta al presente, Aleksei se lanzó al ataque. Era una masa de fuerza bruta, un tanque biológico que pretendía aplastarnos por pura inercia. Cristian no retrocedió. Se movió con una velocidad que desafiaba la física, su visión de lobo procesando el ataque de su hermano como si fuera un código binario lento y predecible. ​Esquivó el primer zarpazo de Aleksei con una pirueta lateral que dejó el aire silbando. Antes de que Aleksei pudiera recuperarse, Cristian le propinó un golpe ascendente en la boca del estómago que hizo que su hermano escupiera un chorro de bilis y sangre. La brutalidad fue inmediata. Cristian no buscaba solo defenderse; buscaba humillar a la herramienta de su padre. ​—¿Eso es todo, Aleksei? —preguntó Cristian, agarrando a su hermano por el cuello y estampándolo contra una columna de mármol que se agrietó al impacto—. ¿Toda esa lealtad para ser un perro que no sabe morder a quien realmente lo encadena? ​Cristian empezó a desarmar a su hermano, no con armas, sino con anatomía. Le fracturó el brazo derecho con un movimiento seco, ignorando los aullidos de dolor que resonaban en la mansión. Luego, le soltó una serie de puñetazos en el rostro que le desfiguraron la mandíbula. Aleksei intentaba morder, pero Cristian le propinó un cabezazo que le nubló la vista. ​—Eres fuerte, hermano, pero eres estúpido —sentenció Cristian, levantando a Aleksei por encima de su cabeza y lanzándolo hacia la mesa de cristal donde el Consejo solía beber sus "reservas". El estruendo fue glorioso. Aleksei quedó allí, retorciéndose entre vidrios rotos y sangre vieja, incapaz de levantarse. ​La Verdadera Sangre de Natalia ​Mientras Cristian dominaba la pelea, yo sentía que el plasma grado "S" en mi interior empezaba a mutar. Mi madre, Elara, me miraba con un terror que ya no era por la infiltración, sino por lo que veía en mi piel. Unas venas negras empezaron a dibujarse desde mi cuello hasta mis manos, brillando con una luz violácea. ​—No es posible... —murmuró Elara, retrocediendo—. El plasma no debería haber despertado el Abismo tan pronto. ​Naamah se acercó a mí, sus ojos verdes brillando con una euforia que me dio escalofríos. ​—Natalia, no eres solo una Valerius —susurró Naamah, pasando su lengua por mi hombro—. Tu linaje no es de los aristócratas que beben en copas. Eres descendiente directa de la "Primera Hambre", la entidad que existía antes de que los vampiros fueran una casta. Tu sangre no es roja, es el vacío mismo. Eres la Reina del Abismo, y este plasma solo ha sido la llave para abrir tu verdadera jaula. ​Sentí una oleada de poder que me hizo soltar un alarido. No era dolor; era una expansión infinita. Mis ojos se volvieron negros por completo, sin iris, sin pupila. Solo dos pozos de nada absoluta. Con un movimiento de mi mano, los guardias del Consejo que intentaban acercarse fueron lanzados hacia las paredes por una onda de choque de pura energía gravitatoria. ​—Madre —dije, mi voz ahora sonando como el eco de mil tumbas abriéndose—, gracias por la invitación. Pero la Gala ha terminado. ​La Reina de la Medianoche: Aeval ​En medio del caos, cuando la mansión parecía a punto de colapsar, el aire se volvió repentinamente dulce, floral y tan frío que el sudor en mi piel se convirtió en escarcha. Una luz plateada, como el reflejo de la luna en un lago de mercurio, inundó el centro del salón. ​De la nada, emergió una figura que hizo que incluso Naamah diera un paso atrás por respeto. Era una mujer de una belleza que dolía mirar. Su piel era traslúcida, casi azulada, y por sus venas parecía correr luz de estrellas. Tenía unas alas inmensas que brotaban de su espalda, hechas de lo que parecía ser seda negra y fragmentos de noche. Sus ojos eran orbes plateados que cambiaban de tono con cada parpadeo. ​Estaba casi completamente desnuda, cubierta solo por hilos de plata que se enredaban en sus curvas desbordantes. Sus pechos eran perfectos, firmes y coronados por pezones de un tono malva que invitaban a la perdición. Sus caderas eran una invitación al pecado, y su presencia emanaba una sensualidad tan potente que los pocos vampiros que quedaban conscientes cayeron de rodillas, abrumados por un deseo que no podían procesar. ​—Mis queridas sombras... —su voz era una melodía de arpa y susurros de bosque—. Naamah me dijo que la Ciudad de México se había vuelto interesante, pero esto es una delicia. ​—Aeval... —murmuró Naamah, con una sonrisa pícara—. Llegas justo a tiempo para el postre. ​—Soy Aeval, la Reina de la Corte de Medianoche —dijo la hada, caminando hacia nosotros. Cada paso que daba hacía brotar flores negras en el suelo ensangrentado—. Y he venido porque el Abismo de Natalia ha llamado a las puertas de mi reino. No puedo permitir que una joya tan oscura se pierda en manos de estos... —miró a Aleksei y a Elara con un desprecio soberano— ...despojos de linaje. ​Adrenalina y Erotismo: El Escape Tripartito ​—Tenemos que irnos —dijo Cristian, acercándose a nosotros, su pecho subiendo y bajando, cubierto de la sangre de su hermano—. Los refuerzos de la Jauría están a dos minutos. Vienen con armas pesadas. ​Aeval sonrió, y su belleza se volvió depredadora. ​—No se irán en sus máquinas de metal —dijo ella, acercándose a Cristian. Pasó una mano por su pecho tatuado, y vi cómo él se estremecía ante el contacto de la hada—. Yo los llevaré a través de los senderos de la noche. Pero mi precio, lobo, no es oro. Es vida. Es placer. ​Cristian me miró, y en sus ojos vi que estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Aeval nos envolvió en sus alas de seda negra. De pronto, la mansión desapareció. El ruido de la batalla fue sustituido por el silencio absoluto de un bosque antiguo que no estaba en ningún mapa. Estábamos en el "Santuario de Aeval", una dimensión donde el tiempo no existía y el erotismo era la única ley. ​La adrenalina de la pelea aún quemaba en nuestras venas, y el plasma grado "S" seguía vibrando en las mías. El efecto fue explosivo. Estábamos a salvo, pero la tensión acumulada necesitaba una salida. ​Aeval nos llevó a una fuente de agua plateada. Se deshizo de sus hilos de plata, quedando totalmente desnuda frente a nosotros. Sus nalgas eran redondas, perfectas, y su sexo emanaba un brillo suave que iluminaba el claro del bosque. ​—La batalla ha terminado, pero su hambre apenas comienza —susurró Aeval, acercándose a mí—. Natalia, deja que el Abismo se alimente. Cristian, deja que el lobo reclame lo que es suyo. ​Cristian me tomó de la cintura con una fuerza brutal, sus garras rozando mi piel canela que ahora brillaba con esas venas negras. Naamah se unió a nosotros, desnudándose con una lentitud tortuosa, sus pechos enormes saltando ante nuestros ojos. ​—Hoy seremos cuatro —dijo Naamah, lamiendo la oreja de Cristian mientras Aeval me besaba con un sabor a néctar y peligro—. El lobo, la reina del abismo, la súcubo y la hada. Un banquete que los dioses envidiarían. ​Cristian me penetró de un solo golpe seco contra el borde de la fuente plateada. El impacto fue una explosión de placer que me hizo gritar de gloria. La frialdad de Aeval, que me acariciaba los pechos con sus manos de luz, y el calor de Naamah, que se masturbaba contra mi pierna, crearon una sinfonía de sensaciones que me hicieron perder la razón. ​Empezamos a coger con una furia que desafiaba la lógica. Cristian me embestía con una profundidad que llegaba hasta mi alma oscura, mientras Aeval usaba su magia para intensificar cada orgasmo, haciendo que nuestros cuerpos vibraran en una frecuencia de puro éxtasis. El sonido de nuestras carnes chocando, los gemidos de Naamah y los susurros de la hada llenaron el bosque antiguo. ​—¡Eres mía, Natalia! ¡Eres la reina de todo este caos! —rugía Cristian, sus ojos amarillos fijos en mis pozos negros. ​—¡Soy tuya, Cristian! ¡Úsenme! —gritaba yo, mientras sentía el clímax venir como una tormenta de estrellas negras. ​Nos corrimos al unísono, una explosión de energía que iluminó el bosque de Aeval. Fue un intercambio de fluidos, magia y poder que nos dejó vacíos de odio pero llenos de una fuerza nueva. El Abismo se había calmado, pero ahora sabía quién era yo. No era una fugitiva; era una soberana. ​El Nuevo Amanecer ​Horas después, o tal vez siglos en el tiempo del hada, estábamos recostados en la hierba negra. Cristian me abrazaba, su cuerpo cálido siendo mi refugio contra la eternidad. Naamah y Aeval conversaban en susurros, planeando el siguiente movimiento. ​—La Gala Carmesí fue solo el principio —dijo Aeval, mirándome con sus ojos plateados—. Tu madre y Viktor Helios no se detendrán. Han despertado algo que no pueden controlar, y ahora la cacería será total. Pero ahora tienen aliados que no temen a la luz ni a la sombra. ​Cristian se levantó, su cuerpo imponente y marcado por la batalla. Me tendió la mano. ​—Nati, el búnker se quemó, pero ahora el mundo entero es nuestro territorio —dijo él, con esa sonrisa de humor n***o que tanto amaba—. ¿Lista para escribir el siguiente código? Esta vez, nosotros ponemos las reglas. ​Me puse de pie, sintiendo el poder del Abismo y el plasma fluyendo en perfecta armonía. Miré hacia el horizonte de este mundo extraño. La obsesión ya no era solo por sobrevivir. Ahora, la obsesión era por el trono que nos pertenecía por derecho de sangre y de garra. ​La guerra de los linajes acababa de subir de nivel. Ya no éramos amantes en la eternidad buscando un rincón donde esconderse. Éramos el principio del fin de un sistema podrido, y con la súcubo y la reina hada a nuestro lado, el Consejo y la Jauría pronto descubrirían que no hay refugio contra los monstruos que ellos mismos crearon.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD