Capítulo 5: El Triángulo de las Sombras y el Banquete de la Perversión

1860 Words
El motor del SUV blindado rugía bajo mis manos como un animal herido, mientras la moto de Cristian cortaba el aire unos metros por delante, dejando un rastro de goma quemada y adrenalina pura. El plasma grado "S" que corría por mis venas me hacía sentir como si hubiera tragado un sol en miniatura; mi visión era tan aguda que podía ver las grietas en el asfalto a cien kilómetros por hora y mi oído filtraba el latido del corazón de Cristian incluso a través del estruendo de los escapes. —¡Si no bajas la velocidad, vas a terminar orbitando la ciudad antes de que lleguemos al refugio, Nati! —la voz de Naamah resonó en mi mente, no como un susurro, sino como una caricia húmeda que me erizó el vello de la nuca. Ella estaba sentada en el asiento del copiloto, habiéndose materializado allí en medio de la autopista con la facilidad de quien cambia de canal. Se estaba limando una uña, totalmente imperturbable ante el hecho de que acabábamos de masacrar a una docena de guardias. —Cierra la boca, Naamah. Tengo suficiente fuego en la sangre para incinerarte si me provocas —respondí, aunque una parte de mí disfrutaba de la euforia maníaca que compartíamos. —Oh, qué romántica. El plasma grado "S" te pone tan... agresiva. Me encanta —soltó una risita musical y se inclinó hacia mí, dejando que su escote imposible rozara mi brazo—. Por cierto, tienes un trozo de cerebro de licántropo en el hombro. Muy chic para la temporada de caza, pero un poco excesivo para una cena de gala. Solté una carcajada seca, cargada de humor n***o. —Es de un "Colmillo de Hierro". Supongo que es lo más cerca que estará ese bastardo de tener una idea brillante. Llegamos a un edificio de departamentos de ultra lujo en la zona de Polanco. No era el búnker del 4B; esto era un penthouse que gritaba dinero antiguo y pecados modernos. Era el "nido" de Naamah. Cristian estacionó la moto con un derrape violento y se acercó al SUV. Su apariencia era aterradora y magnífica: estaba cubierto de sangre, con la camiseta destrozada dejando ver sus tatuajes bañados en plasma carmesí, y sus ojos amarillos aún no recuperaban su tono café. El Plan de la Infamia Subimos en el elevador privado. El silencio era tenso, cargado de una electricidad s****l que Naamah alimentaba solo con su presencia. Al entrar al departamento, nos recibió un ambiente de terciopelo rojo, luces tenues y un olor a incienso y sexo antiguo. —Bienvenidos a mi humilde morada —dijo Naamah, quitándose los tacones y caminando descalza, con sus caderas moviéndose como una serpiente—. Aquí nadie los encontrará. Ni los perros de Viktor ni los aristócratas disfuncionales de tu madre, Natalia. Cristian soltó la escopeta sobre una mesa de mármol y se quitó los restos de la camiseta. Sus músculos estaban tan hinchados por el plasma que parecía que iban a reventar su piel tatuada. —Tenemos seis horas —dijo Cristian, mirando un reloj de pared—. Seis horas para infiltrarnos en la mansión Valerius. He descargado los planos de la seguridad perimetral. Tienen sensores de calor y detectores de frecuencia de latido. —Y por eso me necesitan —Naamah se sirvió una copa de un líquido denso y oscuro—. Yo puedo camuflar sus naturalezas. Para sus sistemas, ustedes no serán más que un par de humanos aburridos con demasiado dinero. Pero para lograrlo, necesito que sus energías estén... alineadas. El plasma grado "S" es inestable; si no queman ese exceso de poder ahora, van a explotar en medio de la gala. Me acerqué a Cristian, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. El plasma en mi interior reclamaba contacto. Mi hambre ya no era de sangre, sino de él. —¿Y qué sugieres, súcubo? —pregunté, mi voz siendo un susurro de lujuria pura. —Sugiero una liturgia —respondió ella, acercándose a Cristian por detrás y pasando sus manos de porcelana por su abdomen—. Una que involucre fuego, frío y el vacío que solo yo puedo llenar. La Tríada del Deseo Cristian no esperó. Me tomó de la nuca y me besó con una violencia que me hizo ver estrellas. Sabía a hierro, a plasma y a una posesión que desafiaba la muerte. Naamah se unió a nosotros, sus labios fríos buscando mi cuello mientras sus manos exploraban la espalda de Cristian. —Hoy no hay reglas —gruñó Cristian, su voz siendo un trueno de dominación—. Natalia, Naamah... al suelo. Nos desplomamos sobre la alfombra de piel de lobo sintética frente a la chimenea. Cristian se deshizo de sus jeans con una rapidez animal. Su v***a estaba roja, pulsante y cargada de una fiebre que hacía que el aire a su alrededor vibrara. Era una vara de poder absoluto, endurecida por la genética de licántropo y potenciada por el plasma sintético. —Mírate, lobito —susurró Naamah, hincándose frente a él. Sus pechos enormes asomaban por el corsé, sus pezones rozando el abdomen de Cristian—. Estás a punto de estallar. Déjame ayudarte a dirigir toda esa rabia. Naamah envolvió el m*****o de Cristian con su boca experta. El contraste fue inmediato: la frialdad de la súcubo y el calor volcánico de mi lobo. Yo me senté sobre su cara, obligándolo a lamerme mientras ella le daba el oral de su vida. El plasma grado "S" intensificaba cada sensación; sentía cada movimiento de la lengua de Cristian como una descarga eléctrica en mi clítoris. Sus manos, grandes y fuertes, apretaban mis nalgas masivas con una fuerza que me hacía gritar de placer. —¡Eso es, Cristian! ¡Devórame! —gritaba yo, mientras Naamah succionaba a Cristian con una técnica que solo siglos de seducción pueden perfeccionar. De pronto, Cristian me levantó y me puso de espaldas contra un diván de terciopelo. Me abrió las piernas gruesas y potentes, y sin preámbulos, se hundió en mí de un solo golpe. El impacto fue tan profundo que sentí que mis pulmones se quedaban sin aire. Solté un alarido de gloria, mis colmillos saliendo por completo, clavándose en mi propio labio para no morderlo a él. —¡Cógeme, maldito lobo! ¡Rómpeme con ese plasma! —le ordené, mis ojos rojos fijos en su mirada ámbar. Empezamos a coger con un ritmo frenético, un choque de carne y poder que hacía que los cristales del departamento vibraran. Cristian me embestía con una furia que rozaba lo asesino, sus manos marcando mi piel canela con cada golpe. Naamah no se quedó atrás; se posicionó detrás de Cristian, lamiendo el sudor de su espalda y usando sus dedos para estimularlo, mientras con la otra mano jugaba con mis pechos, retorciendo mis pezones con una malicia que me hacía ver luces. —Son tan deliciosos —gemía Naamah, su voz cargada de una euforia oscura—. Sientan cómo sus almas se entrelazan. Sientan el poder de la sangre. Cristian me dio la vuelta, empinándome sobre el diván. Mis nalgas quedaron expuestas, brillando por el sudor y el rastro de la pelea en la bodega. Me penetró por detrás con una violencia desatada, sus embestidas siendo tan profundas que sentía su v***a golpeando mi útero frío. Naamah se puso frente a mí, obligándome a besarla mientras Cristian me poseía. El sabor de la súcubo era dulce, como flores muertas y miel prohibida. —Eres mía, Natalia —gruñía Cristian en mi oído, dándome nalgadas sonoras que dejaban la marca roja de su palma en mi piel—. ¡Díselo a ella! ¡Dile que eres la perra de este lobo! —¡Soy tuya, Cristian! ¡Solo tuya! —gritaba yo, mientras Naamah me penetraba con un juguete de cristal que sacó de la nada, duplicando el placer y llevándome al borde del colapso. El erotismo en la habitación era desbordante, una mezcla de fluidos, plasma y la energía sibilante de Naamah que actuaba como un catalizador. Cristian se estaba convirtiendo, sus garras rayando el terciopelo del diván, su piel ardiendo a niveles inhumanos. —¡Me vengo, Natalia! ¡Voy a llenarte de todo este fuego! —rugió Cristian. —¡Hazlo! ¡Suéltalo todo! —respondí, sintiendo cómo mi propio clímax venía como un tsunami. Me corrí con una fuerza que me dejó sin sentido por unos segundos, mis paredes vaginales apretando a Cristian en espasmos que le sacaron un aullido de puro éxtasis. Él se corrió dentro de mí con una potencia devastadora, su simiente de lobo mezclada con el poder del plasma inundando mi interior. Naamah también llegó al límite, alimentándose de nuestra explosión de energía, soltando un grito que sonó como mil campanas de cristal rompiéndose al mismo tiempo. El Despertar del Guerrero Nos quedamos desplomados en el suelo, rodeados de lujo y el olor a una batalla amatoria que habría matado a cualquier humano. El plasma grado "S" se había asentado; ya no era una presión insoportable, sino un motor silencioso y perfecto. —Vaya —dijo Naamah, recomponiéndose su corsé con una sonrisa cínica—. Si así pelean en la Gala Carmesí, voy a tener que cobrarles entrada para ver el espectáculo. Cristian, tienes un talento... natural para la destrucción. Cristian se puso de pie, su cuerpo desnudo luciendo más imponente que nunca. Las marcas de mis uñas y los labios de Naamah decoraban su piel como medallas de guerra. —Basta de juegos —dijo Cristian, su voz ahora calmada pero cargada de una amenaza letal—. Natalia, toma el plasma que queda. Tenemos que vestirnos. No vamos a entrar a esa mansión como fugitivos, vamos a entrar como los dueños del infierno. Me levanté, sintiendo cada músculo de mis piernas firme y listo para la acción. Me miré al espejo: mi piel canela brillaba, mis ojos tenían una claridad sobrenatural y mi mente estaba enfocada. —Naamah, prepara los pases de seguridad —ordené, poniéndome mi vestido de gala n***o, con un escote que llegaba hasta el ombligo y una abertura en la pierna que permitía sacar mis cuchillos en un segundo—. Cristian, prepara el código de interferencia. Si el Consejo quiere una purificación, vamos a darles un baño de sangre que no olvidarán en otros mil años. —¿Y el humor, querida? —preguntó Naamah, ajustándose un antifaz de encaje—. No olvides sonreír cuando le cortes el cuello a tu madre. La etiqueta es importante. —Sonreiré, Naamah —respondí, cargando mi glock con munición de mercurio—. Pero será lo último que vean antes de que sus ojos se apaguen para siempre. Salimos del penthouse hacia la noche de Polanco. La Gala Carmesí nos esperaba, y con el poder del plasma, la fuerza del lobo y la astucia de la súcubo, el Consejo Vampírico no tenía idea de que acababan de invitar a su propia aniquilación. La euforia era total. La adrenalina era nuestra religión. Y la obsesión... la obsesión era el arma más afilada que llevábamos con nosotros.
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