
Tras la muerte de mi madre, aprendí que no puedo quedarme atrapada en el dolor. Prefiero guardar sus recuerdos como un faro que me guíe, convencida de que, donde sea que esté, seguirá cuidando de mí.
Este verano, creí que todo sería normal: unas vacaciones tranquilas antes de volver a Montpellier para iniciar mis estudios, nada extraordinario, nada nuevo. ¿Qué podría cambiar en unas cuantas semanas?
Lo cierto es que nunca he conocido el amor, algo que muchos consideran extraño a mi edad. No es que no quiera, pero siempre he temido no ser suficiente, no estar a la altura de lo que esperan de mí. Mamá me enseñó a amarme tal como soy, y lo hago, pero jamás sentí la necesidad de abrir mi corazón a alguien.
Lo que no imaginaba es que este verano, lejos de casa, cambiará mi vida para siempre. Porque cuando menos lo esperas, el amor aparece… y transforma todo.

