4. ¿Y si está muerto?
Rex Robledo posee un atractivo del que solo él ignora, su falta de sofisticación le impide ser elegido para una de las portadas de alguna revista de moda para hombres. Su pequeña nariz, sus marcados labios y sus ojos verdes completan favorablemente su aspecto. Su mirada, a veces es la de un pibe de escuela, y a veces, sobre todo en el trabajo, de experto, sus fracciones dejan ver que es un hombre sincero y confiado, gustoso de su forma de ser. Eso potencia su atractivo natural. Habitualmente lleva su lacio cabello avellana sumamente corto. Ronda el uno setenta y cinco de estatura, lo que le da agilidad a su cuerpo. El uniforme de policía oculta unos músculos bien definidos.
Rex lleva más de cinco años trabajando en la gendarmería, dos en el de Rosario. Vive una relación demasiado tormentosa con su novio Joao, desde que le han trasladado a Rosario, hace más de un año atrás. Hace tiempo, cuando Joao terminó la carrera de masajista y regresó a Buenos Aires, para dirigir su nuevo emprendimiento, su relación comenzó a tener problemas. En ese entonces solo se veían todos los fines de semana, claro, si es que Rex no estaba de guardia. El problema era que antes de todo eso, ellos estaban acostumbrados a verse a diario, en el cuarto que tenía Joao, alquilado junto a un par de amigos, sin embargo el cambio a los dos les sentó bastante mal, y su relación comenzó a decaer. Por desesperación, al poco tiempo se animaron a vivir juntos confiados en que las cosas volverían a ser como antes. Antes de esos cambios de vivienda su relación era envidiable, pero tras un año de convivencia, las cosas seguían bastante mal, y solo había cambiaba para peor. No obstante, en la actualidad Rex no se rinde, está enamorado de él y persiste en darse las oportunidades que haga falta.
Ahora, Rex y Joao viven en uno de los edificios recién construidos que dan al otro lado del pueblo, de camino a Buenos Aires. El alquiler es algo más caro de lo que ambos quisieran, pero cuando vieron el departamento por primera vez les cautivó de inmediato y no se lo pensaron ni un segundo. Además el cuarto en el que Joao vivía en Rosario, era demasiado pequeño para los dos y el nuevo departamento disponía de dos habitaciones, sala de estar, comedor, cocina y baño. Un pequeño balcón con un hermoso paisaje.
…………………..
El nerviosismo de Juan al encontrarse en una situación como esa, es palpable, pero Juan es un cobarde confeso y eso le impide enfrentarse a las circunstancias con seguridad de quién es inocente. Huir es la mejor opción que cree tener, pero cuando sale despavorido del interior de la casona, hasta llegar a la entrada y se topa de una con los ojos de aquella mujer anciana.
Me ha visto, claro que lo ha hecho.
La anciana lo mira desafiante desde el otro lado de la calle. Juan teme que lo reconozca y queda congelado como una rata en el refrigerador, ante la pequeña figura encorvaba, y piensa en sus opciones.
Tengo que irme, sí o sí.
Puedo hacer como si no pasara nada, seguro que la vieja no tiene buena vista…
Pero la idea a medida que avanza le parece un tanto estúpida, ¿y qué si ya ha visto el camión con la publicidad de su negocio estacionada ahí? Dos más dos son cuatro, ¿no? Con ese detalle importante ya estará implicado, si es que la anciana ha visto la camioneta…
Si seré un idiota...
Si continúa caminando, en algún momento estará a centímetros de ella y ahí sí que lo vería a la cara y lo reconocería.
Maldita sea…
Si la anciana tiene la suficiente lucidez se habría fijado que tiene encima el uniforme de “Juan pinturas” Menudo problema.
Acobardado, da media vuelta y regresa junto al hombre. No se atreve a acercarse, por el temor que lo domina, que le controla el cuerpo y la voluntad.
¿Qué es lo que pasaría si estuviera muerto?
Su mente, o una gran parte de ella batallan para que vaya a comprobar si aún tiene pulso o si respira. Si respira puede salvarle la vida y si eso pasa, se consideraría un acto heroico.
Pero no puede mover un solo dedo del cuerpo con dirección al hombre que yace al pie de la escalera.
Lleno de angustia y temor, se pone a pensar un largo rato, tiene que decidir qué va hacer al respecto. Su cobardía es tan fuerte que al final es el que gana la batalla interna. Si quiere salir libre de culpa, la única escapatoria es dar parte a la policía del desgraciado accidente.
Sí. Eso debo hacer…
Pero…
¿Qué rayos va a decirle a la policía?
Les dirá que se ha encontrado al tipo tal cual está en ese momento. Y los agentes se encargarán de él.
Con la mano temblorosa marca al 911 y le dice lo que tiene que decirle a la operadora, mientras ve que al otro lado de la calle la anciana se mantiene vigilante.
Vieja chismosa...
Juan se gira como huyendo de aquella anciana acosadora. El operador le hace un montón de preguntas de rutina, pero por los nervios y por la anciana no puede responder como debería hacerlo.
Con la mano aun temblando sujeta con fuerza el celular. Mira con detenimiento el cuerpo inerte del hombre. Suelta un fuerte suspiro.
He hecho lo correcto, claro que sí.
Se repite aquello en su mente para así callar su mente. La policía seguro que le daba la razón. Si el hombre está con vida, moverlo podría ser un terrible error, pero si está muerto, no importa mucho.
Y con un respiro gélido que le hela incluso los dedos de los pies, recuerda la mirada de la anciana. Se da la vuelta, y da la espalda al hombre en el suelo, avanza, con movimientos ninjas hasta la puerta de entrada para confirmar de ocultas si lo ha estado vigilando, como bien teme, pero la anciana ya no está.
¿Lo habré imaginado?
Tonterías.
Pero no está del todo seguro de que lo haya visto. No puede cantar victoria, ni mucho menos. ¿Y si tal vez aquella anciana ha estado ahí pero no lo ha llegado a ver, como piensa? Sea esto la verdad o no, lo cierto es que la anciana ha desaparecido de su vista y eso le permite relaje un poco. Lo necesita.
Ya algo más relajado, Juan se fija en el coche de Alex. Está aparcado delante de él, y solo en este momento lo ha visto.
Pero qué mierda…
Una idea absurda pasa por su cabeza. Piensa en sus pequeños hijos de nuevo.
¿Y si pasan necesidades?
Una punzada atraviesa su pecho. La simple idea de que va a pasar eso, le da el empuje que le falta.
Lo haré, lo haré. Lo voy hacer.
Sus ojos fijos en el coche de Alex.
Está casi convencido de que el idiota ha guardado el dinero, su dinero en la guantera. Años atrás cuando lo acompañaba a las obras, en aquellos lejanos tiempos en los que la relación era sólida como una piedra, y fiel, había visto cómo extraía el dinero para los pagos de una especie de cartera para documentos. Hace memoria, y está convencido de que es de piel oscura y que Alex siempre la lleva en la guantera.
Lo haré.
Lo haré.
Lo haré.
Respira hondo.
Solamente va a tomar lo que legalmente es suyo, o casi, puede decirse que de sus hijos, y así, de manera torpe, pero con prisa llega hasta el coche. Tiene la puerta abierta. Se introduce en el asiento del copiloto y tras unos momentos de duda, se decide, y abre la guantera y…, allí está.
Queda unos segundos mirando la guantera fijamente. Abre mucho los ojos. El pulso se le acelera, era tan fuerte que sin darse cuenta presiona una mano contra el pecho como para, de alguna forma detener el ritmo desembocado de su corazón.
Al fin…
Con mucha esperanza cierra los ojos y respira fuertemente.
Hoy no les fallaré, hoy no. Mis pequeños hijos.
Con nerviosismo toma la billetera, la abre y extrae el dinero que hay dentro.
No le queda tiempo para ponerse a contar el dinero, de manera que lo toma todo y ya, y apresuradamente lo guarda en el bolso del pantalón, deja la billetera en el lugar en donde lo ha tomado, tiene aún el corazón desenfrenado. Baja del coche y por instinto, se da la vuelta hacia la calle, hacia la casona.
Ahí está la anciana mirándolo con detenimiento. Un escalofrío de terror recorre todo su cuerpo al verse sorprendido. Asustado como está, solo piensa en echarse a correr, pero es demasiado tarde para tomar esa decisión. El ruido que hace la ambulancia le confirma que están cerca, que están llegando, les ha llamado él, desde su celular.
Mierda...
Juan se da cuenta de lo que significa eso.
Está atrapado.
No sabe qué debe hacer y que no.