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El Aroma que Repudio

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Blurb

Un omega de aroma dominante y alma libre, vivía en paz horneando pan en su pequeño pueblo del sur de china, hasta que el destino lo unió con el Alfa más temido del norte.

Frente a todos fue rechazado, frente a todos fue humillado ¿La razon? "Demasiado fuerte para ser un Omega".

A pesar de eso el rechazado no lloro, no rogo, no persigio, en cambio se levantó y decidió que el es quien ahora decide a quien permitirle quedarse a su lado.

¿Podré el Alfa qué lo rechazo recuperar al Omega que ya no lo necesita?

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El comienzo del Rechazo - Capítulo 1
SIyu se despertó con el aroma cálido de la canela y la vainilla flotando por toda la pequeña panadería. El sol apenas acariciaba los tejados del pueblo, y ya estaba amasando la masa madre como lo hacía cada mañana desde que sus padres murieron. La panadería “Dulce Lobo” era su mundo, su refugio y también su legado. — Otra hornada más —murmuró, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su aroma natural, una mezcla de lirios con miel cálida, impregnaba el aire incluso más que el del pan recién horneado. No era su culpa. Siempre había sido así. Dulce, envolvente… dominante. Demasiado para un omega. Estaba terminando de colocar una nueva bandeja de bollos en la vitrina cuando escuchó la campanita de la entrada sonar con fuerza. — ¡Siyu! —gritó una voz familiar, aguda, casi con urgencia. El omega levantó la vista desde el mostrador. Su amigo Yori, de mejillas sonrojadas por el frío de la mañana, irrumpió en la panadería con el mismo dramatismo de siempre, envuelto en una bufanda que casi le cubría la boca. — Vas a venir esta noche, ¿cierto? —preguntó sin siquiera saludar. Siyu soltó una risa nasal mientras servía dos cafés. Uno con leche y otro solo, como lo hacían cada mañana desde hacía años. — Buenos días para ti también, Yori —dijo, girándose para entregarle el vaso—. ¿Y qué noche es hoy? — ¡No empieces! No te hagas el idiota, hoy es la Ceremonia del Destino. Todo el pueblo estará ahí. — Lo sé. Por eso quería que vinieras a recoger tu pan antes —respondió sin perder la sonrisa. Yori lo observó en silencio por unos segundos, como si intentara buscar algo en su rostro. Finalmente, se dejó caer en una de las sillas frente a la ventana. — No puedes esconderte para siempre, Siyu. — No me escondo. Solo... no creo en esas cosas. El destino se equivoca. —Se encogió de hombros mientras limpiaba sus manos con un trapo—. Yo ya tengo mi vida. Esta panadería. Mi paz. — ¿Y si el alfa destinado a ti sí cree? ¿Y si hoy aparece? ¿De verdad vas a quedarte horneando cuernos dulces mientras todos los hilos del universo se alinean sin ti? Siyu lo miró. No con molestia, sino con ese gesto silencioso que usaba cuando no quería hablar más del tema. — Voy a pensarlo —dijo por fin. Yori, satisfecho con esa media victoria, sonrió y tomó su café. — Te lo ruego. Aunque sea por curiosidad. Pero báñate, ¿sí? Pareces un panadero de verdad. Siyu rio bajo, y por un instante, la panadería se llenó solo de ese sonido cálido, tranquilo, como él mismo. Esa noche. La plaza del pueblo parecía otra. Las calles de piedra estaban adornadas con faroles, flores secas, telas de colores y banderas colgantes. Un grupo de músicos tocaba tambores de piel suave. El aire, pesado por los aromas de los asistentes, se volvía casi espeso. Omegas perfumados, alfas expectantes, betas pulcros. Todos estaban ahí. Todos buscaban. Siyu llegó caminando despacio, con las manos en los bolsillos y el corazón latiendo muy lento. Había cerrado la panadería temprano, y aunque no quería admitirlo, sí… se había bañado dos veces. Por si acaso. — ¡Pensé que no vendrías! —Yori apareció de la nada, casi chocando con él—. Te ves presentable. Por fin. Siyu no respondió. Su estómago se apretó al ver al consejo reunido en el centro de la plaza. Se acercó, empujado por la marea de cuerpos, hasta quedar entre los demás omegas. Algunos lo olían. Otros murmuraban. Su aroma… siempre atraía. Pero no de la forma correcta. Cuando las antorchas se encendieron con fuego azul, supo que el momento había llegado. El maestro de ceremonia levantó un cuenco con piedras sagradas, y una a una, las uniones del destino fueron reveladas. Parejas felices se abrazaban, reían, lloraban. Y entonces… — Siyu, hijo de Mei y Hara del Clan Lunar… — Lu Xu Ning, Alfa Supremo de la Manada del Norte. El nombre cayó como una piedra en el silencio. Todos giraron al mismo tiempo. Siyu sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones. Y lo vio. Alto, majestuoso, con una capa oscura de cuero fino y una expresión de hielo. El alfa caminó hacia él. Y cada paso parecía pesar más que el anterior. Cuando estuvo frente a él, lo olió. Se tensó. Frunció el ceño. Se giró hacia el consejo. — No lo acepto. La frase fue seca, cruel, directa como una flecha al corazón. — ¿Perdón? —preguntó uno de los sabios. Tian alzó la voz. — No aceptaré a un omega cuyo aroma es una provocación constante. Esto es un error del destino. No puedo gobernar junto a alguien así. Siyu no respondió. No lloró. No cayó. Simplemente dio media vuelta y caminó entre la multitud, con la mirada firme al frente, mientras todos se apartaban a su paso. Yori intentó seguirlo, pero algo en su rostro lo detuvo. Siyu no necesitaba consuelo. No esta vez. No esa noche.

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