3. Mi nombre es Luna, no Luhana.

1312 Words
3. Mi nombre es Luna, no Luhana. En la actualidad. —¡LUHANAAAAAAA! Blanqueo los ojos. Odio que me llamen por ese nombre. Me llamo Luna. No Luhana. —¡VOLVISTE A ROMPER LAS COPAS! ¡Ven aquí inútil, buena para nadaaaaa! Trato de escabullirme de la cocina y de la vista de Clementina, la cocinera, que me busca furiosa, con su cucharón del caldo de pollo que acaba de preparar para la gente del patrón, en la mano. Tiene mal genio pero en el fondo es buena. Ella me consolaba todas esas noches en que me la pasaba llorando a mares llamando a mi mamá, queriendo volver a casa, buscando una explicación, un motivo por el que no venía por mí. Aun no asimilaba que mi papá me había regalado a Carmelo para cubrir sus deudas, y ahora me tenía de servidumbre, lavando los platos todo el día, barriendo, y trapeando el piso todos los días, sin descanso. Y soy demasiado torpe, me costó aprender pues no sirvo para esto, ya he roto más de tres docenas de copas solo en este mes. Y cuando voy pasando los platos, tengo que rezar para que no me pase nada y termine echando la comida sobre la gente. El patrón no me tolera, dice que le he sacado canas verdes con mis torpezas. —¡Aquí estas, mocosa! —su enojo se convierte en apuro— . Rápido. Ayúdame a limpiar el desastre que has hecho. El patrón está en camino. Vamos las dos a limpiar los cristales rotos en el suelo. Pero en eso me corto la mano. —Ajjjjj Ernestina me ve la herida. Me saca el pedazo de cristal incrustado en la piel y me desinfecta herida. —Serás más inútil, hazte a un lado. No sirves ni para eso —se queja, pero por suerte estoy acostumbrada. Como ella ya es anciana, le cuesta agacharse para barrer los pedazos de las copas en el suelo. Me siento mal por ella, pero no me deja ayudarla. Media hora después, el patrón, al que llamo Carmelo, por dentro, llegan al restaurante, seguido de sus hombres. Unos diez machotes con el pelo todo grasiento y la ropa sucia, pero algunos tienen buena pinta. Son músculos y todo. Me quedo mirando a uno, al que todos llaman Bruno. Tiene ojos color miel, es alto y es el más simpático de todos. Se acomodan en las mesas, al rededor del patrón, y mientras Clementina va sirviendo los platos, llegan las mujeres del patrón, a todas ellas las conozco. Antes venían casi a diario, y me decían que yo tenía suerte. No era blanca ni rubias como ellas porque de haberlo sido, el patrón me tendría de su amante, como las tenía a ellas. Pero yo las envidio en secreto, si fuera una de ellas no estaría limpiando retretes ni lavando pisos. Clementina me descubre babeando por Bruno. —Despierta, moscosa. Deja de soñar despierta y ponte ayudar. Me faltan manos. Hasta se te cae la baba. —Está lindo el Bruno. —Shh, cierra la boca. Que no te escuche el patrón —se fija por si me oyeron—. Todos esos tipos son de mala calaña, y ese Bruno tiene mujeres regadas en cada esquina. —Yo quisiera saber qué se siente estar con un hombre. —Shhhh ¡Pero qué sandeces salen por tu boca! No repitas eso nunca, mocosa inútil. La verdad es que desde hace tiempo, Bruno me mira de una manera que me hace sentir bonita, deseada. He descubierto que me gusta. Quiero que me bese. Que sea él, el primer beso de mi vida. —Y lo que faltaba, ahora estás roja como un tomate... —señala Clementina, preocupada por mi. La buena de Clementina me ha cuidado desde el principio, desde que Carmelo, descubrió que lo que le había dicho mi padre sobre mi, era tan falso como el Santa Claus en verano, no le servía ni para hervir agua, y como soy virgen pensaba venderme a un antro de mala muerte que quedaba en la frontera. Hasta que la cocinera metió su cuchara en el asunto. —Patroncito lindo, esta mocosa me sería de buena ayuda en la cocina —le dijo ella—. Le voy a enseñar a cocinar para usted, patrón, para cuando yo no pueda más. Esa mocosa sabrá cómo le gusta a usted la comida. Con eso lo convenció y me libró de ir a parar a otras manos. Ignoro como sería mi vida en otra parte. De manera disimulada miro a Bruno, y él me descubre espiándole, y me guiña un ojo. —Llévale el postre al patrón y por lo que más quieras, ¡no lo arruines! Recibo la bandeja con el postre y me esfuerzo por no tropezar con nada, ni con mi propio pie, como la última vez que le llevé la bandeja al patrón. Esto se complica porque veo que Bruno me mira. Ruego que no vaya a pasar nada y termine tirando todo al suelo. —No me vayas a manchar, escuincla inútil —me advierte el patrón. Eso es más presión sobre mis hombros. Siento que mis manos tiemblan y por ende la bandeja entera. Me inclino y le dejo el postre frente a él. En ese momento, siento que una mano me toca el culo. Me hace dar un respingo, me giro y descubro que ha sido Bruno, y casi, casi, golpeo al patrón con la bandeja. —¡Más cuidado, inútil! —se queja el patrón y con razón, si le hubiera golpeado con la bandeja de hierro podría haberle desmayado. Vuelvo a la cocina sintiéndome una campeona. Esta vez no he roto nada, al menos, no delante del patrón. Más tarde, cuando ya todos se meten a beber alcohol en la oficina del patrón, me pongo a barrer. En ese momento Bruno me saluda y se va al baño, yo le sigo sin saber por qué. Orina con la puerta abierta y al darme cuenta, doy media vuelta. —No te vayas —me dice. Mi cuerpo se estremece, mi corazón late fuerte, y me quedo, claro que me quedo, muero por hablar con él. —¿Quieres dar un paseo? —me ofrece. —No tengo permitido salir. —No me refería a la calle, sino al patio del fondo. —Está bien. Caminamos a un principio sin hablar, sin mirarnos. Hasta que él rompe el silencio. —Oye, yo conozco a tu madre —me dice mirando al suelo. No sé nada de ella desde aquella vez que salió por carne, y que ahora me la mencione, me toma por sorpresa. —¿Sabes si mi mamá está bien? —La vez que la vi, parecía normal. Me dijo que te cuidara. No sabía que alguien de aquí la conociera, y me alegra saber de mi mamá. Llegamos al cuarto donde guardamos los cachibaches. Bruno abre la puerta. —¿Entras? Como él entr, yo lo hago también. Adentro está todo en penumbras. No entiendo qué hacemos aquí. Solo hay cosas viejas y mucho polvo. Bruno me mira con esa mirada que tienen los hombres. —¿Te gusto? Afirmo con la cabeza. Me besa en los labios. De repente siento las mejillas calientes y mis manos sudadas. Me toca las tetas. —Tienes un lindo cuerpo... —me dice él —Me la pones duro —me lleva la mano hasta el bulto en sus pantalones. Me mira a los ojos y de repente me da la vuelta y me empuja hacia la pared húmeda con moho. Tengo la cara aplastada contra la pared, mi cuerpo se agita. Bruno se apoya en mi culo y me hace sentir su gran bulto. —¿Sientes como me pusiste? —Sí. —Te la voy a meter. ¿Meter?
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