Capítulo 2

1603 Words
—       Pero es mi pan favorito —dijo el niño contemplando el volumen que apretaba sus pequeñas manos rosadas. —       No he comido nada en todo el día y me gruñe mi barriga mucho, ya hasta me arde —empecé a llorar y los ojos del tierno niño se inundaron de lágrimas. —       Qué más da, tú lo necesitas más que yo, toma —dijo dándome su pan, estaba relleno de pollo y no sabía nada mal, ya que estaba acostumbrada a los pequeños pedazos de pollo que encontraba en la basura. Pero este pan ni siquiera había recibido un mordisco, cuando él solo lo puso enfrente de mí no lo había soltado cuando recibió dos mordiscos seguidos, todavía no había tragado esos dos pedazos cuando recibió tres. En fin, me lo comí en las manos de ese niño.   —       ¡Oye, espera, cuidado, te comes mi mano! ¡Ay mi dedo! —decía el niño mientras en su rostro aparecía un semblante de dolor; yo había pensado que era un hueso. —       Lo cencio yo..., entraba hueco —eso fue lo que entendió él. —       ¿Qué? —preguntó. Soltó una sonrisa— tienes mucha hambre —dijo limpiándose las manos— ¿vives en la calle? Yo seguía masticando y tragando el pan que tenía en mi boca. —       Vivo en una cueva, pero ya no puedo llegar, tengo que quedarme en este lugar, mi mami me dijo que si le pasaba algo tenía que quedarme aquí; pero no tengo a donde ir —hablaba con la boca llena.  Él hacía un rostro de desagrado al ver el interior de mi boca, después empezó a jugar con los dedos de sus manos. —       ¿Cómo te llamas? —preguntó. En eso llegó un guardaespaldas de él y me arrojó al piso. —       ¡Largo de aquí! —gritó el hombre. Empecé a levantarme del pavimento. —       Hueles asqueroso... —soltó el hombre. El niño solo miraba como me maltrataba, al caer al pavimento me raspé la frente y me salía sangre, empecé a llorar. —       ¡Lárgate de aquí! —ordenó el hombre. Tragué lo último que me quedaba de pan y miré al niño, el hombre volteó su mirada al pequeño. —       Su padre lo llama —informó. Salí corriendo con el rostro lleno de sangre. —       ¿Por qué hizo eso? Ella solo tenía hambre —se acercó un muchacho blanco de cabello rubio y ojos verdes; el niño lo abrazó y empezó a llorar, agarraba con fuerza el saco de pieles del joven. —       Señor, personas como ella son escorias en este planeta —contestó un señor que se acercaba a ellos; se notaba que era arrogante solo con verlo.   Me dirigí a la parte norte de la ciudad, allí hacía más frío. Vi un parque donde a una señora se le había caído su abrigo de pieles marrón, y como soy muy rápida, lo robé. —       ¡Niña, devuélveme mi abrigo! —gritó la señora corriendo detrás de mí. —       ¡Ya huele a feo, ya huele a mí! —le grite mientras corría. —       Qué horror —balbuceó mientras dejaba de correr. Me detuve en una esquina y me puse el abrigo de pieles, me senté recogiendo mis pies, apoyé mi cabeza en la pared vieja y descascarada, poco a poco empecé a dormirme. Así pasó esa tarde y noche, al día siguiente cuando me levanté encontré una muñeca tirada a unos metros de distancia, corrí felizmente a recogerla. —       ¡Que linda! —grité tomándola con mi brazo izquierdo.  Empecé a jugar con ella, me senté en el mismo lugar donde estaba antes, era muy hermosa, con un lindo vestido de princesa rosado y con su cabello rubio. Me puse de rodillas y acariciaba su cabello, me imaginé un hermoso castillo donde ella vivía: —        Ahora voy a ir a mi castillo, tomaré una taza de té y voy a jugar en el gran jardín de mi castillo —jugaba a que eso era lo que ella decía. Todo ese día jugué con la muñeca, recorría las calles con ella, encontré un parque y me arrodillé frente a una banca y puse de pie a la muñeca en la banca: —       Amiga ¿quieres ir conmigo a mi castillo? —imaginaba que la muñeca me preguntaba—, claro amiga —respondí con un rostro gracioso, era hermoso. Ahora que estoy grande y recuerdo ese momento, puedo decir, que, aunque no tenía adonde ir, no había comido, con solo tener esa muñeca... Sentía que no existían problemas, sólo era una niña de siete años, era muy inocente. Ya me había dado hambre, la nieve arreciaba en su punto más fuerte, el abrigo ya no me calmaba el frío y eso que estaba enrollada en él, pero había mucha nieve y el frío era impresionante. Estaba a punto de amanecer y escuchaba la nieve apretarse en un crujido hecho con zapatos; cada vez se acercaba más. Abrí mis ojos lentamente y frente a mí se veía un gran edificio gris, solo una plaza grande nos separaba, las personas iban y venían, mi mandíbula temblaba y mis dientes sonaban como unos cascabeles, llevé una mano a ella y estaba tan concentrada en mí misma que no repare mi alrededor.  En ese momento miré el suelo y vi unas botas negras hechas de cuero, alcé rápidamente la cabeza y vi a un robot muy parecido a un humano, lo único que lo diferenciaba era que sus ojos no parpadeaban, era rubio de ojos azules y llevaba puesto un saco n***o y un sombrero n***o; llevaba un cigarro en su boca,  ese olor me ahogaba, pero lo que me asustó fue que sacó un arma de su bolsillo derecho y me apuntó justo en la frente, quedé sin aliento y no sabía qué hacer. ¿Por qué un robot querrá matarme? Miré a mi derecha y vi a unos chicos máximo de doce años que tenían un control remoto y eran los que estaban manejando el robot, lo sabía porque se burlaban. De un impulso salí corriendo a la izquierda y ellos gritaban cosas las cuales no entendía, tampoco quería hacerlo. El abrigo se arrastraba en la nieve y por culpa de este mis pies se enredaron y caí, empecé a levantarme, miré a mi alrededor y vi un señor que tiró un pan quemado de una panadería; un vagabundo con un niño iba tras él, pero ellos se sorprendieron cuando yo lo tenía entre mis manos; quedaron asombrados porque no vieron de dónde había salido. El señor me pegó un puñetazo en un ojo y el niño me quitó el pan. Además de eso me quitaron el abrigo. —       ¡No…! ¡Mi abrigo! —grité llorando. —       Aprende a defenderte en esa vida de mierda —dijo una vieja que le faltaban cinco dientes y los otros ya los tenía verdes, estaba jorobada y solo tenía retazos de trapos sucios colgando en su cuello. No supe de donde salió, solo estaba ahí, después lo entendí cuando el niño le llevó el pan y empezó a devorarlo mientras le daba pequeños pedazos al niño. —       ¿Tú que miras? —me preguntó el niño mientras masticaba. Caminé lentamente, enseguida recordé a mi muñeca, miré mis manos y no estaba, empecé a llorar, volví a caminar por donde había corrido, soltaba grandes llantos de la tristeza, además mi ojo me dolía mucho, estaba hinchado y morado. —       ¡Mi muñeca...! —gritaba y pataleaba, llegué hasta el lugar donde los niños me asustaron, pero, no la encontré. Me senté y me recosté en la pared que estaba a mis espaldas, la pared era lisa y de un color plateado, soltaba pequeños sollozos, sólo pensaba en dónde podría encontrar mi hermosa muñeca, el frío entraba a mis huesos. De repente un gran mareo me absorbía, empecé a llorar a gritos y caminé cerca de la plaza, cubrí con una mano mi rostro. Mi cuerpo colapsó, caí de espalda con los brazos extendidos y había una luz blanca que no dejaba de mirar. Escuché gritos de muchas personas, eso me hizo volver en sí, miré a mi derecha lentamente, había muchas personas corriendo y se notaba su miedo, una señora abrazaba a un niño aproximadamente de seis años, se me hacía muy conocido, después recordé que era el mismo niño del pan, me puse de pie y un gran sonido me volvió sorda, era más bien un estallido. Un edificio que estaba a mi derecha pero, a muchos metros de distancia se estaba incendiando y muchas bolas de cristal aparecieron y se dirigían al edificio, cubrí mis oídos con mis manos y empecé a gritar como loca, mis piernas me temblaban, aun así seguía mirando a la señora, me imaginé que era su madre, ella seguía mirando hacia el edificio, dejó de abrazar al niño y se agachó hasta su altura, le empezó a  hablar fijamente, un guardaespaldas llegó y se llevó al niño, se notaba la desesperación en el rostro del guardaespaldas, la señora corrió al edificio pero unos señores vestidos de n***o no la dejaban pasar, ella forcejeaba con ellos, lloraba y gritaba;  retrocedió y puso sus manos sobre su cabeza. En ese momento llegaron unas máquinas que aparecieron del cielo, tenían forma de triángulo, eran grises y de ahí se bajaron muchos robots que tenían silueta de humano pero eran grises hechos de un metal robusto, cayeron de las naves y sacaron de su espalda unos tubos grises y a las personas que se cruzaban por su camino las incendiaron vivas, otros robots que al parecer eran buenos empezaron a disparar a los robots malos, la bala al tocar el metal los incendiaron totalmente, los buenos eran de un color blanco pero, eran iguales. La desesperación creció y yo empecé a correr para salvarme, pero el mareo me hacía caer siempre, no podía dar ni un solo paso más, me encontré enfrente de un robot. Todo estaba borroso, caí de rodillas, él me apuntó con ese gran tubo justo en mi frente.  
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