El viento salado del mar golpeaba con suavidad los ventanales de la vieja cabaña costera. Martina, envuelta en una manta de lana, observaba el horizonte desde el sofá desvencijado, con una taza de café entre las manos. Adam, en la pequeña cocina, intentaba preparar algo caliente mientras vigilaba el celular, apagado desde que habían huido. —Todavía no puedo creer que estemos aquí —dijo Martina sin apartar la vista del mar. Adam se acercó con dos tazas y se sentó a su lado. —Lo hicimos. Nos fuimos. Y nadie nos ha seguido… por ahora. —¿Crees que Giuseppe ya sepa? —Estoy seguro. Pero también estoy seguro de que mi padre lo esperaba. Esto no es solo una huida, es una declaración de guerra. Martina cerró los ojos. Algo dentro de ella se revolvía cada vez que oía el nombre de Giuseppe. No

