El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas de encaje, llenando la cocina de un dorado cálido. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el del pan tostado. Cataleya estaba sentada en una de las sillas de madera, la cabeza apoyada en la mano, con la mirada perdida en la ventana, donde el jardín se despertaba con el canto de los gorriones. Fiorella la observó mientras removía la leche en un pequeño cazo sobre la estufa. Se acercó y colocó frente a ella una taza humeante. —Necesitas fuerzas, ragazza —dijo con dulzura, sentándose a su lado. Cataleya tomó la taza, pero no bebió. Sus ojos tenían el brillo apagado de quien ha llorado demasiado. —Gracias, Nonna —susurró, usando por primera vez ese apelativo que a Fiorella le llenó el pecho de ternura—. Perdón si te preocupo.

