La mañana comenzó como cualquier otra en la villa D’Angelo. El sol se filtraba con timidez por los ventanales del comedor principal, donde Fiorella ya preparaba el desayuno. El olor a pan recién horneado y café italiano llenaba el ambiente. Cataleya bajó con una bata clara, el cabello recogido de forma simple. Había dormido poco. El recuerdo de la conversación con Mateo la noche anterior seguía revoloteando en su mente. Habían hablado de sus padres, de su infancia, del miedo y la libertad. Y de pronto… él se había vuelto más cercano. Más humano. Mateo apareció unos minutos después, vestido con una camisa blanca de lino remangada hasta los codos, pantalones de vestir gris claro, el cabello peinado con descuido calculado. Se le notaban los ojos cansados, pero brillaban al verla. —Buenos d

