Luego de la cena, Mateo condujo en silencio mientras el murmullo del motor se confundía con el vaivén de las olas rompiendo contra la costa. Cataleya, sentada a su lado, se abrazaba ligeramente a sí misma, aún conmovida por todo lo vivido ese día. Su vestido rojo resaltaba bajo la luz ténue del salpicadero, y el cabello suelto le caía en ondas suaves sobre los hombros. Mateo no dejaba de mirarla de reojo, como si quisiera guardar cada gesto suyo en la memoria. —¿Confías en mí una vez más? —preguntó, rompiendo el silencio con una voz suave. —Siempre —respondó Cataleya, sin dudar. Minutos después llegaron a un mirador escondido, en lo alto de una colina. Desde allí se veía toda la costa iluminada y, sobre ellos, un cielo tachonado de estrellas como un manto interminable. Mateo aparcó el c

