La mañana era cálida, con un sol que entraba a raudales por los ventanales del ático que Alma había decorado con esmero: tonos dorados, flores frescas y cortinas de lino que se mecían suavemente con la brisa. La mujer despertó desnuda entre sábanas de seda, el cuerpo envuelto en la satisfacción de la conquista. Se sentó lentamente, estirando los brazos como una gata perezosa. Su piel olía a perfume caro y a una noche que creía haber ganado. Se giró hacia la almohada vacía, y aunque Mateo ya no estaba, su perfume persistía. —Lo logré… —susurró para sí misma con una sonrisa ladina. Bajó con paso tranquilo a la cocina donde la esperaba Luca, sentado con el periódico en mano y un espresso humeante frente a él. Sin levantar la vista, habló: —¿Durmió bien la reina de la noche? Alma se sir

