Cataleya no podía moverse. El rostro de Renata era un recuerdo borroso que intentaba salir del fondo de su infancia. Un perfume suave, unas manos tibias peinándole el cabello, una voz que le cantaba cuando tenía miedo. Todo golpeó de pronto. —Tía… —susurró, y su voz se quebró. Renata dio un paso, temblando. —Mi niña bella… Cataleya no supo quién dio el primer paso. Solo sintió los brazos de Renata rodeándola con una fuerza desesperada, como si intentara recuperar diez años en un abrazo. El llanto salió sin permiso, profundo, infantil, doloroso. —Pensé que me habías olvidado —dijo Cataleya entre sollozos—. Pensé que nadie me quiso lo suficiente para buscarme. Renata tomó su rostro entre las manos. —Nunca te abandoné. Jamás. Te busqué, Cataleya. Fui al juzgado aquella tarde… pero Mar

