La noche había caído con un silencio cómplice sobre Lisboa. En el barrio más antiguo, un rincón poco frecuentado por turistas, se alzaba un monasterio en ruinas, reconvertido en sala de exposiciones clandestinas. Las paredes de piedra conservaban el eco de siglos de historia, y entre vitrales quebrados y columnas devoradas por la hiedra, se tejían secretos nuevos. Alma llegó vestida para impresionar. Llevaba un vestido de terciopelo n***o que abrazaba cada curva, con una abertura lateral que dejaba entrever una pierna que caminaba con seguridad. Su cabello oscuro recogido en un moño bajo, labios rojos y tacones que resonaban sobre el mármol antiguo. No llevaba escolta. Solo su ambición. Giuseppe ya la esperaba en la nave central, frente a una escultura cubierta por una sábana blanca. Ves

