Cataleya limpió la mesa cuatro con movimientos precisos. El trapo húmedo deslizándose sobre la madera era el único sonido que escuchaba con claridad. El murmullo del restaurante continuaba, pero para ella era como estar bajo el agua. Aislada. Aturdida. Apretó los labios. No iba a llorar. No frente a nadie. —¿Estás bien? —preguntó Leo, acercándose con cautela. —Sí —respondió ella, sin mirarlo. Leo no insistió. Solo dejó una bandeja vacía cerca y volvió a su estación. Sabía que a veces, el mejor apoyo era dar espacio. --- Elvira observaba desde la cocina. Desde hacía días notaba cómo esa muchacha menuda se movía con más decisión. Le había costado hacerse un lugar, pero lo estaba haciendo. No se metía en problemas. Trabajaba duro. Y ahora, la había visto aguantar una humillación pública

