Durante un rato Hans no dijo nada, pero no me sentía incómoda dentro de ese silencio, de hecho era muy agradable estar los dos pendientes de la radio y la carretera por un rato. Ya habíamos salido de la ciudad y era muy relajante ver cómo el cielo se iba tintando de violeta para darle paso a la noche. - Aquí puedo ver las estrellas – suspiré y luego me mordí el labio. Aunque lo dije más para mí que para él. – Están empezando a brillar. - ¿Te gusta mirarlas? – preguntó de pronto. - Mucho, pero en la ciudad casi no se ven. Demasiadas luces, ya sabes, la ciudad que nunca duerme, tiene sus desventajas. - Toma mi bolso – pidió sin despegar su vista de la carretera. – Y enciende mi cámara. - ¿Qué? - Haz lo que te digo – sonrió mirándome de reojo. Reprimí una sonrisa e hice lo que me

