Capítulo 5: Despedida

1534 Words
Narra Camila Margot Preston, nunca se me olvidará ese nombre, Margot Preston arruinó lo que sería el inicio de mi nueva vida. —Señora Preston, cálmese. —¡No puedo! La mujer estaba sentada en un sillón de la habitación, estaba casi desmayada, su estilista y dos más de mis compañeras la ventilaban. —Fue un accidente, podemos solucionarlo. No es tan grave como parece. La señora Martin se acerca a la cama para ver el vestido, abre sus ojos de impresión y se da cuenta que no se puede arreglar. Aquella forma triangular de la lámina de la plancha había quedado en el vestido plateado del huésped. —¡¿No?! ¡Por Dios! Traje ese vestido desde Paris exclusivamente para este evento, es del diseñador Viancci Loundette. Ese vestido es de la última colección, ¿sabe cuánto cuesta? ¡Oh Dios! No puedo respirar. Las personas que la rodeaban siguieron ventilando su rostro, estaba muy apenada por lo que había pasado. Viancci es un excelente diseñador, tuve un par de sus piezas; es una lástima haber arruinado una de sus creaciones. —Lo siento mucho, señora Margot. —Tus disculpas no sirven de nada, ¡no sirven! Con tus disculpas no se repara mi vestido ¿Qué se supone que lleve al evento? ¿Dónde consigo un diseñador a esta hora? Era mala idea venir a este lugar de mala muerte, nunca debí entrar al hotel Martin. ¡Se lo diré a todos! —No es culpa del hotel, señora Preston. Es mi culpa, yo fui quien quemó su vestido. —Eres una buena para nada —dice la mujer poniéndose de pie—. No se me olvidará tu nombre, Camila. Tu cara no la voy a olvidar, inservible —susurra entre dientes. —¿Cómo me dijo? No soy una inservible, estaba haciendo bien mi trabajo, usted fue la que llegó a insistir en que planchara su vestido, quería llevarlo a la lavandería —dije mirando a la jefa—. Ella insistió, luego, me pidió hacer otra cosa mientras planchaba el traje de Viancci; esto también es su culpa. —¡¿Cómo?! La mujer se altera y mi jefa intercede de nuevo. —Señora Preston, me disculpo por mi empleada, de verdad, ella no quiso decir esas cosas; arreglaremos el daño, podemos llegar a un acuerdo, solo no hagamos de esto un escándalo. La señora Preston vuelve a su lugar y se cruza de piernas, pone su mano en su cien y la observa. —¿Cómo piensa que lo puede solucionar? —Pediré a un excelente diseñador de la ciudad y amigo de la familia que nos ayude con eso, no se preocupe por el valor de su prenda, se lo pagaremos; también invitaremos su estancia en el hotel, lo último que queremos, señora Preston, es que se sienta inconforme. —Dese prisa, mi evento es a las 7:00 pm. La jefa asiente y sonríe, su cara era de decepción. —Vamos a retirarnos, Camila, por favor venga conmigo. Mis compañeras y yo salimos de la habitación, la señora nos revoloteó los ojos con molestia. —Camila, toma asiento, por favor. —Señora, de verdad, no fue mi intención. Yo estaba en las escaleras cuando ella llegó muy insistente, yo no quería hacerlo porque no sé planchar; nunca lo he hecho. —Pues debió mantenerse en su lugar, por más que insistiera, debió decirle que no y solicitar el servicio de planchado en otro lugar. La estancia de Preston en este lugar ha sido muy cotosa, lo sabe, pero también sacaríamos la inversión. Ahora, es claro que todo fue una perdida. —Señora, lo lamento. —Camila, una disculpa no es suficiente. Debiste ser mucho más cuidadosa, mira todo lo que pudimos evitarnos. Siempre les he dicho cómo funcionan las cosas aquí, desde el inicio se les ha recalcado. Todo bien conmigo hasta el día que cometen una falta. Esto nos costará miles de euros, por lo tanto, no puedo dejarlo pasar por alto. Camila; me da pena contigo, pero debo pedirte que vayas del hotel, estás despedida. El vacío que empezaba a sanar en mi pecho, se volvía hacer más profundo, tiene que ser una broma. —Por favor, señora Martin, no fue mi… —Camila, lo siento, esta es la única regla, la única condición que hay; si te dejo pasar esto, las demás se confiarán. Hacías un buen trabajo, pero lo de hoy, es lo más terrible que hemos tenido que pasar con un huésped en treinta y cinco años de servicio. —Está bien, entiendo, usted tiene razón. Me puse de pie y le extendí mi mano, me voy, no le voy a rogar, no puedo insistirle. Si ya tomó una decisión, es lamentable; pero no puedo rogarle. La señora me da la mano y sonríe. La he librado bien, por lo menos es consciente de que no puedo pagar aquellos daños y no me han pedido dinero, el día de hoy fue regalado al hotel; el colmo que le cobre luego de todo lo que pasó, acepto mi responsabilidad, pero todos tenemos un grado de culpa. La señora Martin debería tener un personal más capacitado para cubrir todas las necesidades de los huéspedes o al menos ser claros con lo que el hotel puede cubrir al no ser uno de cinco estrellas; la señora Preston no debió atosigarme de esa manera sabiendo que estaba lidiando con algo tan delicado y costoso, y yo… yo debí mandarla a la mierd* cuando me dijo inservible. —¿Quieres que hablemos con ella? —Sí, le diremos que no es tu culpa, no te vayas. Seguí guardando en un pequeño bolso de mano las pocas cosas que tenía. —No, chicas. No sirve de nada, ya hablé con ella, pero ya tomó una decisión. —¡Oh, que rabia! ¡Esa maldita uva pasa ambulante! Si es tan fina por qué no fue a otro lado, me choca la gente así, deja que pida la cena; le voy a escupir su put* langosta. —María, no digas esas cosas. No pasa nada, de verdad, voy a estar bien. —¿A dónde vas? —Pues… Esa es una buena pregunta. —Espera, creo que por aquí tengo la tarjeta del lugar en el que trabajaba antes, es una floristería; es de una pareja de chinos, los señores Yang, siempre están buscando personas, si quieres puedo llamarlos y decirles que enviaré a alguien. —¡Sí! Oh, eso sería de mucha ayuda en este momento. María me da la tarjeta y me indica la dirección del lugar, esta queda a un par de calles del hotel, por lo que tendré que caminar hasta allá. —Date prisa, ellos cierran a las cinco. Le di un abrazo a mis compañeras, me despedí de ellas y les agradecí lo que hicieron por mí. Aun con el uniforme del hotel porque no me dio tiempo de cambiarme, salí de allí recordando con exactitud las indicaciones que me dio mi amiga María. No puedo negar que estoy triste, tengo el corazón pequeñito por el trato que recibí, pero a pesar de eso, no puedo quedarme con los brazos cruzados. Con mi bolso en manos y con mi cabeza muy enredada por los pensamientos invasivos, seguía mirando cuanto me faltaba por llegar. Me detuve en un lado de la calle, porque se supone que luego de cruzar, debo caminar hasta la esquina y doblar a la izquierda, luego de la tienda de café está la floristería de los Yang. A un par de metros de mí, vi que un auto lujoso llegó a un hotel muy elegante, de ese auto se bajó un grupo de cinco hombres con trajes negros, con aparatos en sus oídos, todos miraban con curiosidad lo que hacía. Parece que estos custodiaban a alguien, ¿será algún famoso? Del vehículo sale una joven de unos veintitantos y junto a ella una niña, no le pongo más de cinco años. Miré nuevamente hacia donde iba a cruzar, seguiría mi camino, pero estaba el trafico congestionado. Por curiosidad volví a mirar a mi lado hacia el grupo de personas que parecían sacadas de películas de acción. Noté que la joven estaba mirando su móvil mientras que los hombres abrían paso a las personas que estaban en medio para que ellas entraran, miré también a la niña y me di cuenta que esta pequeña estaba muy concentrada mirando algo. —Qué bonita esa pequeña —susurré para mí. Tuve aún más curiosidad y miré en dirección a donde la niña miraba, quería saber qué era eso que le causaba tanta admiración. Lo que veía, era un pequeño gatito que estaba del otro lado de la acera, era blanco como una bolita de algodón. Sonreí por lo tierno que esto se veía, era como si los dos se miraran. Los guardaespaldas logran abrir paso y la joven se adelanta aun con su móvil en las manos, la pequeña, al ver que no tenía a nadie a su alrededor, sonríe. —No lo hagas —dije aún para mí. Solté mi bolso sabiendo lo que esa niña estaba a punto de hacer.
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