Narra Camila
Todo era una completa locura, andábamos de un lado para el otro, hasta tuve que dejar lo que hacía por ir a comprar las flores que adornarían la habitación de esta persona que llegaría al hotel.
—Regáleme un permiso, por favor —dije pasando entre las personas sin lastimar los pétalos de las rosas.
Logré llegar al hotel, dejé en la calle un par de pétalos, pero no es nada; nadie notará eso.
—Camila, por fin llegaste. Estabas demorando demasiado.
—Lo siento, estaba lleno el lugar.
La habitación se veía increíble, las luces amarillas le daban ese toque rustico que me recordaba el cuarto de mi padre.
—Ven, ponlas en estos jarrones.
Las sabanas, almohadas, alfombras, todo fue cambiado.
—Escuchen, es hora de salir, llegó el huésped.
Todas salimos recogiendo los utensilios de limpieza, por el camino no quedó rastro de nada, todo se veía reluciente y fresco.
—Tengo mucha curiosidad sobre quien sea, ven Camila, quedémonos aquí, quiero ver.
Un auto lujoso llega a las afueras del hotel, unos hombres de traje elegante abren la puerta del vehículo y notamos una pierna muy estilizada. Del auto sale una mujer muy elegante, de vestido rojo con un abrigo de piel en sus hombros.
—Señora Margot Preston, bienvenida al hotel Martin, es un gusto recibirla.
La administradora que no recibe ni a su madre, sale de su oficina exclusivamente para recibir a esta mujer que no reconozco.
—Gracias, señora Martin.
La mujer baja un poco sus lentes oscuros y repara el lugar con mala cara.
—Mi hermano nos recomendó su hospedaje.
—Sí, Augusto fue amable en salvarme en mis días en Madrid. Es que vengo para un importantísimo evento en la ciudad y mi asistente no logró reservar a tiempo un hotel de… como lo digo, de mejor categoría. Pero recordé que Augusto me ofreció este lugar hace unos meses, así que no tuve otra alternativa.
—Se sentirá a gusto, tenemos la habitación Premium lista para usted.
Que carona es la señora Martin, yo no le sonreiría con tanta amabilidad a esa mujer luego de despreciar mi hotel.
—Suban mis maletas a la habitación, tengan cuidado, tengo cosas de valor en ellas.
—Claro que sí, ¡chicas, ya escucharon a la señora!
En el hotel no hay un botones, no hay nadie que se encargue de atenciones más especiales para los huéspedes.
Mi compañera y yo, fuimos al auto por los equipajes, había muchos; todos de marcas muy costosas, pude reconocer algunos que son de colección.
—Qué mujer tan prepotente, ¿notaste cómo veía el hotel? ¡uish! No tolero a la gente rica por eso, siempre miran a los demás por encima de sus hombros.
No decía nada, también fue incómodo para mí la reacción dela mujer al entrar.
—¿Esta es la habitación Premium? La casa de mi perro es más grande, ¡mierd*! Debí reservar el mismo día que llegó la invitación del evento de empresarios a mi oficina.
La mujer recorría su habitación con mala cara, pasaba su dedo por los muebles para supervisar que estuvieran limpios.
—¿Necesita algo señora Preston? ¿quiere más flores? ¿desea que las cambien? ¿Qué quiere?
Me molestaba como la jefa se rebajaba ante la señora de plástico, se notaba que tenía muchos años encima, pero por los implantes y su cara extremadamente estirada, se disimulaban.
—No, peor es nada. Igual estaré por una noche, mañana mismo me voy. Por cierto, a las tres de la tarde llegará mi estilista, lo hace llagar a la habitación.
—Claro, claro que sí.
La jefa estaba por salir, pero este huésped lanza una petición más.
—Oh, señora Martin. Para mi almuerzo quiero una langosta de buena calidad, le agradecería que usted misma se apersone que mi alimentación estando aquí, no quiero tener daños en mi estómago antes de un evento tan importante.
—¡Por supuesto!
No sé de dónde sacará algo así, en la cocina lo más cercano que hay a los mariscos es pescado frito, los huéspedes nunca piden ese tipo de cosas que no están en el menú del hotel. Tampoco hay cocineras de alta cocina, sabrá Dios como irán a preparar su langosta de buena calidad.
Nos retiramos de la habitación para que Margot Preston descansara.
—Camila, necesito que vaya al mejor restaurante y compre una langosta —dice la jefa entregándome su tarjeta.
Así fue, durante el día, la mujer estuvo pidiendo cosas que no teníamos, cosas que la jefa compraba en otros lugares con su dinero para poder complacer a este huésped. Salí muchas veces, tantas que las piernas me mataban.
—Camila, solo queda secar las escaleras del piso dos, ya te ayudé con la limpieza.
—Gracias, María.
Ellas me apoyaron con algunas de mis tareas de limpieza mientras salía a comprar las cosas de la señora Preston.
Fui por el secador y caminé hasta el segundo piso, era más de mediodía, quería terminar con esto para tomar mi hora de descanso, la necesitaba.
—Oye, niña.
Levanté mi cabeza y vi al inicio de las escaleras unas piernas semidesnudas.
—Señora Preston.
La mujer estaba en vuelta en su salida de baño, tenía una toalla en su cabeza y unas pantuflas gigantescas.
—Necesito que hagas algo por mí.
—Claro, que necesita.
—Tengo que planchar un vestido, lo empacaron mal y tiene un par arrugas.
—Oh, si quiere llamo a alguien de lavandería para que haga eso.
—No quiero que se lleven mi vestido, son un par de arrugas, puedes hacerlo.
Quise hacer tiempo, mientras terminaba lo que hacía y buscaba a alguien que hiciera lo que pedía.
—Está bien, tan pronto termine voy con usted.
—No, lo necesito para ya.
La mujer se cruza de manos y me queda mirando, no tuve más alternativa que deja el secador en un lado y subir las escaleras para ir con ella.
Entramos a su habitación y me señala el vestido que estaba en el perchero.
—Mira, tiene unas arrugas.
—¿Dónde? —pregunté acercándome para verlas.
—Estas, no puedo ir a ese evento con esas arrugas.
Ella misma saca del baño la plancha que en el hotel se les facilita para que ellos mismos planchen su ropa, porque no hacemos estas cosas, yo no sé cómo hacerlo tampoco.
—Toma, quita las arrugas.
—Señora Prestos, es que…
El teléfono suena y de recepción anuncian que ha llegado el estilista.
—¡Oh! Llegó Fabricio, ¡date prisa, niña! Necesito que el vea el vestido en mi para que concrete el maquillaje.
—Sí señora.
La mujer empezaba a desesperarme.
—Bien, no creo que sea tan complejo, que tan difícil puede ser.
Miré la plancha y presioné el botón, este se hizo de color rojo lo que me dice que ya está encendida. Fui tanteando la lámina y de apoco se calentaba, con cuidado la pasaba sobre el vestido; me daba miedo, no quería quemarlo.
—¡Aquí estoy, Margot! —grita el hombre.
—¡Fabricio!
El hombre entra a la habitación con un montón de cosas en mano.
—No hay nadie que ayude con esto, ¡qué horror! Tuve que cargarlo por mi cuenta ¿lo puedes creer?
—Lo sé, es terrible. Pero no tuve más donde quedarme. ¡Niña, tú… la sirvienta!
Miré hacia atrás aún dudando que se refiriera a mí de esa manera.
—Sí, tú. Ven, ayuda a mi estilista con sus cosas.
—Sí, señora —dije tensando mi quijada.
Dejé la plancha sobre el vestido y corrí a auxiliar al hombre delicado que no podía con un par de cajas de maquillaje.
—Deja esa aquí, con cuidado, allí tengo paletas muy costosas.
Dejé todo donde el hombre me decía.
—¿Qué es ese olor? —pregunta Margot saliendo del baño—. Hay un extraño a quema… ¡Oh, mi vestido!