Narra Camila
Tenía poco dinero en efectivo, con eso que tenía en mis bolsillos, estaba dispuesta a alejarme de las personas que supuestamente me aman porque son mi “familia” una parte de mi faltaba, en mi pecho había un vacío que no se podía llenar con nada. Mi hermana mayor es la persona que más amo, Clarisa representaba todo lo que quería ser cuando cumpliera mis treinta años. Ella y mi padre lo eran todo para mí, por eso sus malos actos han afectado mi vida, estoy segura que esta huella quedará tan profunda que no la podré sanar nunca.
Estaba en un momento difícil, no tengo un lugar al que pueda ir sin tener que dar explicaciones, no quiero ir con un familiar y contar la cruda experiencia que acabo de tener en casa; me avergüenza de solo pensarlo.
Mañana a primera hora todos en Barcelona sabrán que la boda de la hija de Rodolfo Wellington se canceló, no quiero estar aquí para cuando ese momento llegue; no quiero llamadas telefónicas de gente curiosa queriendo saber lo que pasó.
—¡Dios! ¿Por qué me pasa esto a mí?
Seguí caminando al terminal de trenes, saqué mi móvil de mi bolsillo y lo lancé a una pequeña fuente que estaba allí. Desearía ser mi celular y ahogarme, aunque el nudo en mi garganta se hace tan grande que no me deja pasar mi saliva; no me hacía falta lanzarme a un rio para sentir que la vida me tomaba por el cuello y me apretaba con fuerza. Este sentimiento tan terrible no se lo deseo a nadie.
El dinero que llevaba me alcanzó para comprar un tiquete a Madrid, quería ir más lejos, pero no tengo forma; debo pensar que tengo que pagar un hostal o un hotel de mediana categoría por lo menos unos días mientras soluciono que haré los próximos días.
—Señorita, en cinco minutos sale, esté atenta.
—Muchas gracias.
La mujer de la taquilla notaba mi cara destruida, estaba hinchada y toda irritada.
—¿Necesitas ayuda?
—No, estoy bien —respondí con la sonrisa más forzada de mi vida.
Si los seres humanos tuviésemos la oportunidad de volver en el tiempo una vez en nuestras vidas, volvería a esa noche que conocí a Jonathan. De solo pensar en él mi pecho duele, el dolor es tan fuerte que se siente irreal.
A mis veintiséis años, creí que tendría mi vida realizada, pensé que había conocido al hombre perfecto; que por fin tendríamos un hogar, que tendríamos nuestros hijos corriendo en el jardín con nuestro perro Flopi, que… ¡Ay! Duele de solo recordar la manera en la que lo había idealizado.
Ser una Wellington en mi ciudad, fue sinónimo de tener una vida “solucionada” muchos conocen nuestra historia, somos un foco de atención en Barcelona. Mi padre y sus anteriores generaciones son adinerados, tiene muchos negocios y empresas que lo hacen destacar entre las personas. Fuimos respetados e incluidos en todo tipo de eventos sociales, en uno de esos eventos importantes conocí a Jonathan Müller.
Llegué al terminal de trenes de Madrid, a pesar de ser de madrugada, había personas andando de un lado a otro. Tenía nervios por no estar segura hacia donde debía ir, pero muy en el fondo sentía que estaría bien. A pesar de ser de una familia adinerada, de crecer entre comodidades, de tener personas a mi servicio; fui autosuficiente.
La mayoría de hostales a los que entraba, estaban ocupados. No me detuve y seguí caminando, no me voy a dar por vencida, no voy a regresar a casa, aunque me toque dormir en la calle; no volveré a casa.
Entré a un hotel de mediana categoría, era mi única alternativa.
—¿Tiene una habitación más sencilla? No importa que no esté climatizada, no importa que…
—No señorita, es la que tenemos disponible.
Saqué los billetes de mi bolsillo, miraba con disimulo para saber para cuantas noches me alcanzaba. Conté las monedas y sobrándome unos cuantos euros, me alcanzaba para una noche.
—Está bien.
No tengo alternativa, mañana es otro día y veré como le hago.
No dormí en toda la noche, los sentimientos no dejaron de atormentarme, mi mente me llevaba a los recuerdos más lindos con mi hermana y mi ex pareja, por eso dolía. Sabía que mis próximos días serían terribles, pasé de tener todo un futuro planeado, a estar sola en un cuarto más pequeño que una lata de sardinas pensando en qué haré para poder tener dinero.
El otro día, justo a las 8:00 am, tenía la nostalgia en su punto, se supone que a esa hora sería la ceremonia de mi boda; esa misma que organicé por meses, pero que ahora se fue a la basura. Me preguntaba si habían cancelado la decoración, la comida, la música; si habían llamado a la iglesia, si habían cancelado el fotógrafo, todo lo que estaba listo para el que sería mi día más feliz.
Por momentos me arrepentía por haber ido aquel apartamento, de no ser así, estaría tranquila, no tendría tanto sufrimiento, estaría tan feliz como lo estaba antes; pero luego, yo misma me autoreprendía, era lo correcto; era mejor el dolor ahora que vivir engañada el resto de mi vida.
Pasé todo el día encerrada en la habitación, no tenía hambre, no tenía sed, solo quería morirme; estaba acostada en mi cama mirando mi zapato como si en ese trance fuera a encontrar respuestas. Vi la hora en mi reloj de mano, eran casi las seis de la tarde, era hora de levantar mi trasero y mira qué hacer con mi vida, debo salir del hotel y pensar en donde pasaré la noche que me respira en la nuca.
Dejé en la pequeña recepción las llaves de la habitación, estaba anunciando mi salida. Aquellos nervios y pensamientos dudosos, volvían para decirme: ¿Estás segura de lo que haces? ¿Por qué no vuelves a casa? ¿Qué harás ahora? ¿Dónde conseguiremos dinero? ¿Por qué no llamas a papá? Removí mi cabeza para sacarlos de mi mente, no volveré a ese lugar, allí ya perdí el amor, la confianza y la tranquilidad que tenía.
Puse un pie fuera del hotel y escuché a una mujer hablar.
—Tenemos que encontrar hoy mismo una camarera de piso, no puedo creer que Julia se haya ido así no más ¡Que irresponsable! ¡es una irresponsable!
—Señora Martin, ¿quiere que busque en nuestra base de datos alguna chica disponible?
—Sí, llama a alguien, pero que venga hoy mismo, ¡la necesito para ya!
Es lo que necesito, no dudé en darme la vuelta y hablarle a la mujer.
—¡Yo puedo hacerlo! —dije acercándome a ella—. Deme el trabajo, lo puedo hacer.
La mujer me mira de pies a cabeza con rareza.
—Soy Camila, tengo veintiséis años. No tengo experiencia en limpieza, pero si me dice que debo hacer, lo haré, necesito el trabajo.
—¿De dónde salió esta mujer? —pregunta la señora mirando a su personal—. Escucha Camila, estamos apurados, por eso te daré un sí, pero si para mañana me informan que no das la talla, tendrás que seguir tu camino.
—Gracias, muchas gracias.
La mujer es hermana del dueño del hotel, se encarga de administrarlo desde hace unos años. Ese día tuve un lugar en el que podía quedarme, estuve trabajando todo el rato, pero estaba segura; también, mantuve la mente tan ocupada que olvidaba por momentos aquello que me rompía el alma. Agradecí que las otras chicas fueran amables conmigo, me explicaron cómo hacer algunas cosas.
—Es tu primera vez trabajando en limpieza ¿verdad? Mira esas manitas, mira ese cabello bonito ¿de dónde eres chica? ¿Qué haces aquí?
—Necesito un lugar en el que pueda quedarme —respondí.
—Aquí estarás bien, claro que, si haces bien tu trabajo y no hay inconvenientes con los huéspedes, no tendrás problema con la señora.
El hotel Martin se fue convirtiendo en mi nueva zona de confort, las demás señoras me ayudaron enseñándome algunas cosas, no sabía usar un simple trapeador, una aspiradora, pero aprendí muy rápido; ellas celebraban cada que podía hacer algo bien. La señora Martin me dejó en el hotel, empecé a tener dinero, un lugar en el cual podía dormir y un nuevo grupo de personas que me rodeaban que, sin saberlo, me ayudaban a cargar un dolor inmenso.
—Cuarta semana, Camila Wellington. Aquí tienes tu pago.
La señora Martin estaba en su despacho con el sobre de mi cuarto pago en sus manos.
—Gracias, señora Martin.
—No agradezcas, tu buena voluntad, tus ganas de aprender y de salir a delante te impulsan cada día a cumplir bien tus labores. Es muy merecido tu dinero.
Me sentía feliz, sí, estaba dichosa porque había aprendido a barrer y trapear, a doblar ropa, hacer quehaceres que en mi vida había realizado. Estaba ganando mi propio dinero con mi esfuerzo.
Durante este mes fuera de casa, empecé a ser otra persona, no supe más de mi familia, me aislé de las revistas; prensa, noticias, todo. No quería atormentar la tranquilidad que empezaba a ganar por traer a mí recuerdos de personas que me lastimaron. Empezaba a tener apetito, algo dentro de mí sanaba, porque no conciliaba el sueño luego de largas horas llorando, lo conciliaba por el agotamiento de una extensa jornada de trabajo.
La mañana siguiente me levanté como de costumbre, me bañé con agua fría para despertarme del todo. descolgué mi uniforme del perchero, un vestido de color gris claro, con cuello y mangas blancas, más un delantal blanco que lleva una placa con mi nombre, Camila W.
—Camila, ¿estás lista?
—Sí, me falta poco.
Lauren seguía tocando mi puerta.
—Espera, ya estoy casi.
Me puse mis zapatillas y recogí mi cabello en una coleta.
—¿Qué sucede? —pregunté al abrir la puerta.
—La señora Martin quiere que vayamos todos a la recepción, tenemos una reunión urgente.
Las dos caminábamos a prisa, por el camino hacía el nudo de mi delantal.
—¿Qué sucede?
—No lo sé, pero quiere que todo el personal esté abajo.
Llegamos a la recepción y nos encontramos con ella, allí estaba el resto de mujeres que trabajan en limpieza.
—Señoras, señoritas, buenos días. Se preguntarán por qué pedí reunirlas.
Todas nos mirábamos las caras frunciendo las bocas.
—Me acaban de informar que al hotel llegará una persona importante para hospedarse, en una hora estará en nuestras instalaciones, quiero que alguien vaya a la habitación Premium y cambien todas la sabanas y cortinas, pidan flores naturales, cambien las luces, aromaticen el ambiente, cambien el espacio. Esta persona es muy importante y necesitamos que se lleve una buena impresión del hotel Martin.
Fruncí mi ceño al escuchar eso, ¿Qué hace una persona importante en un hotel mediana categoría?
—Necesito que esa persona sea bien recibida y atendida, ¿de acuerdo? Que se sienta como en su casa. ¡¿quedó claro?!
—Sí, señora Martin.