Narra Camila
Nunca experimenté una traición, siempre crecí bajo la ideología que el amor une, que la familia apoya y no abandona. Cuando mi madre se fue, mi hermana y yo decidimos quedarnos con mi padre, no fue un mal hombre, pero entendimos que el amor entre ellos había terminado. El gran Wellington se encargó de estar en su trabajo y descuidó a su mujer, eso era lo que decían. Mi madre se enamoró de un hombre que era amigo de la familia, ella fue quién salió de casa, por eso mi hermana y yo nos unimos y quisimos quedarnos con mi padre. No podía verlo sufrir, él lloraba por lo que pasaba, valoró su compañía con su ausencia.
Cada que teníamos un momento de familia, mi padre nos decía que debíamos estar juntas, que solo nos teníamos a nosotras; “solo son dos hermanitas, se tienen una a la otra” Clarisa y yo fuimos unidas, a pesar de discutir por ponernos la ropa de la otra, la amaba, la valoré, la apoyé, la defendí, ella era mi vida hasta el día de hoy.
—¡¿Qué demonios?! ¡Clarisa!
Tuve que ver algo que se quedaría en mi cabeza por el resto de mis días, lo que me resulta repugnante, asqueroso. Lo más terrible que podría ver. Mi hermana desnuda en mi cama matrimonial, siendo follada* por mi prometido. No sé si pueda borrar algo así, capturé cada detalle, la manera en la que él la sostenía de sus caderas mientras la pen*traba. La cara de deseo de ella, la que cambió al momento de escuchar mi voz.
—¡Mierd*! ¿Qué haces aquí?
Mi vista se nubló, las palabras estaban estancadas por el nudo en mi garganta, estaba en un fuerte shock. Mi cerebro no aceptaba lo que veía, mi cuerpo no reaccionaba.
Ellos se alejan, mi hermana toma una cobija y trata de cubrirse, mientras que él empieza a recoger la ropa del suelo.
—No es lo que imagina, puedo explicarlo. Cariño, espera en la sala, te explicaré lo que pasa.
Mis manos temblosas y mis lágrimas espesas y calurosas bajando por mis mejillas, era lo único que sentía.
—Son unos malditos —fue lo que salió de mi boca.
Di varios pasos hacia atrás, choqué con las paredes. Con mis manos las palpé para poder salir, era como si me hubiese perdido en unos cuantos metros cuadrados.
—Espera, cariño, espera.
Me di la vuelta y caminé por el pasillo, cada que mi cerebro lo asimilaba avanzaba con más rapidez, solté la bolsa de pétalos que llevaba aun en mis manos y corrí, corrí a toda prisa queriendo salir de ese terrible lugar. Por más veloz que era, sentía que mis piernas no iban al ritmo que quería, me quería morir, quería desaparecer.
Al salir, subí a mi auto y apoyé mi cabeza en el volante del vehículo. Solté el llanto más poderoso que nunca había experimentado, eso salía desde lo más profundo de mi alma.
—Camila, cariño ¡espera!
Jonathan sale abrochando los botones de su camisa, intenta acercarse, por lo que me di prisa en encender mi auto para largarme, no crean, por un momento quise arrollarlo; las ganas y el enojo no faltaban, pero no valía la pena terminar el resto de mis días en la cárcel por algo que no vale la pena.
Cambié mi dirección y puse el auto en marcha, aceleré porque no quería ser alcanzada, no quería volverlo a ver en mi vida. Limpiaba mis ojos para poder despejar mi vista, para poder llegar a mi casa.
Pité en el portón para que abrieran.
—Dense prisa, ¡Abran de una vez!
Escuché sonar las rejas y al abrirse entré, tenía el corazón a mil por segundo.
—¿Qué pasa mi niña?
Mi nana sale a recibirme, pero estaba tan afectada que no podía hablar.
—Santo Dios, ¿te pasó algo?
Ella miraba mis manos, revisaba mi cuerpo.
—Mi padre, ¿Dónde está mi padre?
—En el despacho, te llevaré con él.
El resto de familiares dormía, agradecí que nadie más que mi nana, estuvieran en casa presenciando la escena más terrible de mi vida.
—Ven, mi niña.
La mujer abre la puerta para mí, mi padre al verme se sobresalta y corre a sostenerme.
—Camila, mi amor, ¿Qué sucede?
Por más que las palabras querían salir, no podía. No podía hablar, los sentimientos me lo impedían.
—¿Discutiste con Jhonny?
Asentí a lo que dijo.
—Oh, cariño. Calma, es normal que te sientas ansiosa, los dos deben estar muy estresado. Respira, toma un poco de té, luego que estés calmada lo llamas, mañana es su boda; no puede arruinar sus planes por una tonta discusión.
—No… No hay boda, ¡Cancelen esa jodida boda!
—Mi amor, no te pongas así ¿quieres que tu nana hable con él?
Negué tratando de soltar eso que estaba clavado en mi pecho.
—No quiero verlo, ese hijo de perr* se estaba revolcando con…
Puse mis manos sobre los hombros de mi padre y me dejé caer en él, necesitaba fuerzas para decirlo.
—Encontré a Jonathan con Clarisa, papá. Estaba con mi propia hermana.
—¡Dios mío! —escuché decir a mi nana.
Me quedé en el pecho de mi padre a esperar su reacción, pero nunca la escuché.
—Padre, ¿lo puedes creer? Mi hermana, mi propia hermana se revolcaba en mi cama matrimonial con mi prometido.
Mi padre aparta la mirada y no dice nada.
La puerta del despacho se abre y se asoma mi hermana asustda.
—Padre, yo…
—Clarisa, ve a tu habitación, yo resuelvo esto.
Ella se da la vuelta y se va, mi padre me toma de las manos y no me mira a los ojos.
—Pensé que eso había quedado en el pasado.
—¿De qué hablas?
—Señora Jacinta, déjeme a solas con mi hija.
—¿Qué sucede? ¿Por qué no le dijiste nada a Clarisa? Papá… ¿A caso tú, tú lo sabias?
—Esto es mi culpa, debí actuar de otra manera. Es que yo… esto es muy duro para mí. Hace unos meses lo descubrí, fue sin querer, supe del romance que tenían, pero ella lloró en mis brazos arrepentida, es mi hija. Clarisa también es mi hija, no quería que entre ustedes se enojaran porque sé lo delicado que es, estaba en una dura situación. Por esa razón te pregunté si realmente amabas a Jonathan y si querías casarte con él, me dijiste que estabas enamorada y feliz con él, no quise dañar esos sentimientos con algo tan terrible. Por eso, me quise apresurar, quise que te casaras con él y así mantener distancia entre ustedes.
Caí en la silla desplomada, solo podía escucharlo.
—Para mí era una tortura reunirnos todos en una misma mesa, lo sentía mucho por ti, pero ellos me dijeron que fue algo de una noche, que se pasaron de copas; que era un error. Lo creí y quise enmendarlo porque también es mi hija, no puedo odiar a Clarisa, tampoco a ti, no quería que entre ustedes se dañaran, ustedes son mi vida. Lo siento, lo siento mucho Camila.
—No puedo perdonar esto, ¡todos ustedes me engañaron! ¡los odio! ¡los odio por burlarse de mí!
Grité con todas mis fuerzas, aquel gritó lleno de resentimiento salió con lágrimas a bordo. Me puse de pie y me dirigí a la salida.
—Cariño, mi amor, ¿A dónde vas?
—Me largo de esta maldita casa.