Aurora llevaba días sintiendo que su cuerpo ya no le pertenecía del todo. No era un dolor puntual, ni un cansancio común. Era algo más profundo, más silencioso. Como si cada vez que respiraba, una parte de ella se quedara atrás, atrapada entre el esfuerzo constante y la necesidad de no fallar. Dormía poco. Comía por inercia. Entrenaba como si detenerse fuera una opción peligrosa. Y nadie (ni siquiera ella) había puesto un freno. La clase de esa mañana era teórica, algo poco común en una semana cargada de entrenamientos físicos y pruebas mágicas. El aula estaba llena, más de lo habitual. Algunos alumnos murmuraban entre ellos; otros, atentos, repasaban notas. La atmósfera era densa, cargada de expectativas. Aurora se sentó en su lugar habitual, cerca de la ventana. El sol entraba de co

