Aurora Winter despertó antes de que sonara la campana matinal. No porque hubiera dormido bien (de hecho, casi no había dormido), sino porque su cuerpo había aprendido a anticipar el cansancio. Esa sensación pesada en el pecho, como si cada respiración costara un poco más que la anterior, ya se había vuelto familiar. Abrió los ojos lentamente, mirando el techo de piedra de la habitación compartida, y durante unos segundos no supo en qué día estaba ni qué prueba la esperaba. Eso, en sí mismo, la inquietó. Se incorporó despacio. Los músculos le protestaron de inmediato, un dolor sordo en los brazos, otro más profundo en la espalda baja. Había entrenado el día anterior hasta que la varita le temblaba en la mano. Y antes de eso, había pasado horas en clases teóricas, luego prácticas, luego s

