Capítulo 4.

4035 Words
04 | Es una cita. Trails! —un restaurante hibrido de comida mexicana y americana— había sido propiedad de la familia Lowell por cerca de cinco décadas y prácticamente era un lugar insignia de la cuidad que todos habían visitado alguna vez. Yo había trabajado allí durante de dos años, hasta que un cliente tocó mi trasero y desvié su tabique nasal de un puñetazo. Joseph y Melanie—los actuales propietarios—, pidieron amablemente mi renuncia, para así evitar que la reputación del local se empañara, pero aún seguían tratándome como un m*****o más de su familia. Y eso también se debía a la esperanza—mal disimulada—que estos tenían de que fuera yo quien lograra enderezar el camino de promiscuidad que su único retoño profesaba. Cabe resaltar, que Jesse y yo simplemente éramos muy buenos amigos, a pesar de nuestro breve intento de una relación cuando estábamos en nuestro último año. Y aquello no cambiaría, por mucho que su abuela nos tejiera suéteres a juego para navidad. Ah, la abuela Cassandra. Mientras negaba al recordar aquella peculiar tradición, el pintoresco restaurante apareció frente a nosotros, tan colorido como siempre. Un pequeño carnaval de colores que se negaba a dejarse tragar por el gris de la cuidad. Era una de mis cosas favoritas para dibujar. Deslicé el neón en el aparcamiento del pequeño local, estacionando el auto perfectamente en una de las plazas de este; mientras Trevor empezaba a desatar los nudos que lo habían mantenido asegurado al asiento sin mucho éxito. Por lo que, apagué el motor y suspiré, preparándome mentalmente para volver a repetir el proceso de permanecer demasiado cerca de él hasta que lograra de desatarlo. Esta vez, nuestras manos chocaron un par de veces, en nuestro intento por liberarle, pero a parte de eso, la intensidad de antes no volvió a hacerse presente. Por lo menos, no lo hizo hasta que levanté mi mirada y atrapé sus ojos verdes centrados totalmente en mí. Mierda, era tan lindo. Y atractivo. Mucho. El verde—mezclados con un pequeño destello de avellana—de sus ojos era casi hipnótico. Estaba segura que debía verme ridícula toda embelesada como estaba, mientras hacía una muy pobre imitación de Bambi, pero poco me importaba en ese momento. —¿No hace un poco de calor? —pregunté, abanicando mi rostro, cuando salí de la bruma de su mirada. Trevor salió del auto y avanzamos juntos hacia la entrada del restaurante. —Un poco —contestó, abriendo la puerta como todo un caballero, en un gesto ausente que indicaba que estaba acostumbrado a hacer aquello constantemente. Un chico bien educado, al parecer. Y con una familia numerosa, según lo que alcancé a ver en los retratos familiares en el escritorio de su madre. —¿Habías venido aquí antes? —inquirí, una vez tomamos una mesa vacía que Sylvain—uno de los primos de Jesse—nos señaló, desde su cómodo lugar en la recepción. Joseph de seguro no estaba en el local, de lo contrario, no podría holgazanear de aquella manera. —Sí. De hecho, lo hacía a menudo en mis años universitarios —contestó, apartando la silla para mí y se sentó en la que estaba justo en frente. —¿Hace cuánto fue eso? —interrogué, a la espera de que el ruidoso Jesse Lowell hiciera su aparición. —La última vez que vine, tendría probablemente veintiuno. Es decir, hace unos casi cinco años —respondió sin prisas, tomándose un momento para empaparse de nuevo de aquella decoración que a pesar de ser un estallido de colores dispares, lejos de resultar abrumadora, te hacía sentir acogido. O por lo menos, eso decían los clientes habituales. —Eres sólo tres años mayor que yo —expresé, atrapando su atención. —¿Veintitrés entonces? —En septiembre —completé, sabiendo que aquello era el intercambio básico de información que dos personas que intentan conocerse entablan. —Entonces serían cuatro años. Yo cumpliré veintisiete en diciembre —concluyó, con una ligera sonrisa bailando en la comisura de sus labios. —Todo un vejestorio —bromeé, provocando que ambos riéramos—. De acuerdo. Ahora, quiero que me cuentes sobre ti. Tomé el menú y hojeé los platillos, a pesar de tener una orden habitual en el restaurante. Trevor entrecerró ligeramente sus ojos y me miró un tanto predispuesto. —¿Qué quieres saber? Dejé el menú a un lado, notando aquel tornado de energía y cabello n***o enmarañado mirando en dirección a nuestra mesa y supe que tenía poco tiempo antes de que apareciera frente a nosotros, por lo que necesitaba actuar rápido. —Que me cuentes sobre ti —repetí, mirándole de nuevo—. Novia, amigos, familia, sueños, esperanzas, miedos. Algo que no le hayas dicho a Zoey —enumeré y Jesse hizo su entrada habitual, escondiendo uno de sus rizos rebeldes detrás de su oreja justo cuando terminaba de hablar. Mierda, creí que me daría un poco más de tiempo. Sonrió con travesura, luego de estudiar rápidamente a Trevor y me dio un casi imperceptible guiño, que me anunció que lo que tenía en mente no sería nada bueno. Exhalé una respiración hastiada y le lancé una mirada que pretendía ser amenazadora—y para cualquier otro lo habría sido—, pero él simplemente decidió ignorarla. Trevor al percatarse de su llegada, había centrado su atención en el menú, por lo que se había perdido el intercambio de miradas entre Jesse y yo. —Buenas tardes. Bienvenidos a Trails!, mi nombre es Jesse y seré su camarero esta tarde —nos saludó con aquel párrafo ensayado, manteniendo su sonrisa pícara incluso luego de que Trevor centrara su atención en él. —¿Cuáles son los especiales del día? —preguntó el rubio, al no decidirse por nada en la carta. Jesse abrió su boca enumerarlos, pero lo corté antes de que pudiera decir nada. —Dos habituales, Jesse —pedí, ganándome una mirada sorprendida de Trevor—. Y los tacos para las bestias para llevar. —¿Por qué tan fría, Kenzie? —ladeó un poco su cabeza, poniendo una mirada de cachorrito y un rizo se deslizó a su frente por el movimiento— No has venido en semanas y todo lo que obtengo es indiferencia. Hieres mi pobre corazón. —No sea exagerado —mascullé, descartando sus palabras con un movimiento de mi mano. —Mamá y papá te extrañan. Ni hablar de la abuela. Ha tejido gorritos a juego para el invierno —declaró, frunciendo sus labios en un mohín infantil. —Diles que vendré a cenar el sábado. Traeré a Zoey conmigo —prometí y eso pareció ser suficiente para su actuación. —Les diré en cuanto vuelvan de hacer la compra, así que no te atrevas a incumplirles, ¿eh? —entrecerró sus ojos, tratando de lucir intimidante, pero todo lo que obtuvo de mí, fue una mirada plana. Aclaró su garganta y sacudió su delantal, recuperando su postura profesional antes de hablar nuevamente—. Bien, traeré sus órdenes en un momento. Una vez volvimos a estar solos, Trevor me lanzó una mirada curiosa y ya sabía lo que preguntaría incluso antes de que abriera su boca para hablar. —¿Qué fue eso? —Trabajé aquí durante dos años —ofrecí por respuesta—. Tengo una buena relación con todos aquí. —Vaya, trabajaste en el mítico Trails! —repitió, anonadado por eso. —Tuve suerte —encogí mis hombros y eso zanjó un poco el tema. —¿Y que hay del camarero? ¿Hay una historia allí? —al parecer no había estado tan ajeno a mi intercambio con Jesse como creí en un inicio. Encogí mis hombros y opté por ir directamente al punto. —Hubo algo muy corto, pero sus padres aún tienen esperanzas de que resurja en algún momento —bufé, ante el ridículo pensamiento de Jesse y yo juntos una vez más después de su incapacidad de ser fiel y Trevor asintió, pareciendo comprender la situación. —¿Eso quiere decir que no hay nadie...? —En absoluto —contesté antes de que pudiera completar su pregunta. Su sonrisa se ensanchó y definitivamente pude vislumbrar el interés en su mirada. —¿Y tú? ¿Alguna chica especial esperando en casa? Mi cuestionamiento pareció tocar una fibra sensible, porque limpió cualquier expresión que estaba en su rostro antes de contestar. Eso no auguraba nada bueno. —Había alguien, hace poco más de dos años —expuso de manera escueta y era evidente que le costaba mucho hablar acerca de ello. Parecía aún estar escocido por ello. —¿Mala ruptura? —me aventuré a adivinar, pero en absoluto esperaba la respuesta que pronunciaría a continuación. —Ella creyó que mi padre era mucho mejor que yo, por lo que se fue con él la noche antes de nuestra boda —respondió en tono plano, mientras su mirada se centraba en los patrones del mantel como sí fuera la cosa más interesante del planeta. Mierda. ¿Cuán jodido era eso? —Mierda, Trevor. ¿Cómo es qué siquiera sucedió eso? ¿Aún está ella con tu padre? —«cierra la boca, Mackenzie», me reprendí, consciente de que aquel tema no era algo que se hablara en una primera cita. Sin embargo, mi curiosidad no parecía tener filtro. —Si, ellos se casaron dos días después que el divorcio de mis padres fuera efectivo y actualmente tienen un hijo de diez meses. Un silencio denso se instaló en la mesa y ni siquiera podía llegar a imaginar que clase de persona sería capaz de lastimar a un chico que parecía ser tan dulce como Trevor. Por suerte, Jesse eligió ese momento para aparecer con nuestras enchiladas y ambos—Trevor y yo—, respiramos aliviados de habernos librado de aquella incómoda conversación. —Buen provecho —deseó Jesse, una vez terminó de servir nuestros platos y luego dejó un beso sonoro en mi mejilla que me tomó por sorpresa. Las expresiones de afecto no eran lo mío—. Te dejo en manos de Curtis, porque tengo que ir a clases. —Oh, entiendo. Disfruta de la filosofía —bromeé, haciendo referencia a su carrera universitaria y él me dio una mirada engreída. —Siempre lo hago. Y con esa petulante declaración, dio media vuelta y se alejó de nosotros, permitiéndonos disfrutar de la especialidad de la casa completamente solos. Ambos soltamos exclamaciones apreciativas al probar el primer bocado e intercambiamos una sonrisa cómplice por ello. Pero entonces, la expresión de Trevor se tornó un tanto cautelosa y curiosa en partes iguales. —Tengo que hacer esta pregunta, o definitivamente no podré volver a dormir —anunció mientras yo bebía un largo trago de mi refresco. —Dispara. —¿Por qué huías de la policía ayer? —su voz se tornó baja, para que solo nosotros fuéramos conscientes de nuestra conversación, a pesar que los demás comensales estaban demasiado centrados en sus asuntos para espiar nuestra charla. Me tomé mi tiempo para tragar el contenido de mi boca, mientras trataba de pensar en una buena excusa para ello. —Me metí en una pelea —dije la verdad a medias, no queriendo dar demasiados detalles que pusieran en peligro al hexágono—y las cosas se salieron un poco de control por lo que alguien llamó a la policía. No quería pasar la noche en la comisaría y por eso escapé. Trevor me escrutó con su mirada, tratando de descubrir sí había algún rastro de mentira en mis palabras, pero al final pareció aceptar mi versión de los hechos. Sin embargo, su curiosidad no murió allí. —¿Una pelea? ¿Con otra chica? —Por supuesto —puse los ojos en blanco, como sí aquello fuera algo demasiado obvio—, ¿con quién más pelearía? —Me sometiste en menos de dos segundos ayer, así que dísculpame por no estar seguro de nada en lo que se refiere a ti —protestó, apuntándome con su tenedor. —Exagerado. —Entonces, ¿por qué peleaste con ella? —insistió, dejando que su comida pasara a un segundo plano, puesto que su atención ahora estaba solo en mí. —Me debía dinero —de nuevo, tampoco era una mentira completa. Eso pareció avivar aún más su curiosidad. —¿Y cómo fue que lograste someterme tan fácilmente? —Defensa personal —encogí mis hombros—. No vivo en un barrio muy bonito, como lo notaste, así que hay que desarrollar habilidades de supervivencia. —Wow —silbó por lo bajo, completamente embelesado por mis palabras—, debes tener una vida bastante temeraria. Es casi como una película de guettos. —No te haces una idea —resoplé—. Pero basta de hablar de mí. Ahora es tu turno de responder mis preguntas. —No tengo nada que esconder —declaró, volviendo a llenar su tenedor. —¿Tu madre volvió a casarse? —No. Ella aún espera que papá recapacite y vuelva a casa —suspiró hastiado por ello—. Ni siquiera el divorcio le hizo entender que todo había terminado. —Vaya, eso suena un tanto familiar —musité, recordando como mi madre había esperado que papá regresara, incluso sabiendo que era prácticamente imposible que se levantara de la tumba que visitábamos cada día hasta que James apareció—. ¿Cuál fue la postura de tus hermanos en todo el asunto? —John, mi hermano mayor, fue quien estuvo al lado de mi madre durante todo el proceso. Incluso, su firma le asesoró en todo el proceso del divorcio. Christopher, por otro lado, debido a su naturaleza impredecible, siempre terminaba discutiendo con uno o el otro —enumeró, haciendo que un nuevo nombre apareciera en su árbol familiar. ¿De verdad eran tantos? Eso lo dejaba con dos hermanos mayores y dos menores. Sus padres definitivamente no perdían el tiempo—. Y Ava, bueno ella era demasiado pequeña para entender el porqué sus padres ya no vivían juntos. —Imagino que tu padre y tú no se hablan en absoluto —traté de adivinar, pero Trevor desvió su mirada. Un momento... —Trabájamos juntos —confesó, tomándome por sorpresa—. Además, a veces soy el canguro de Nathan. —Dime que es una broma. —No lo es. Pasé el primer año de mi ruptura en un estado constante de autodestrucción —explicó, peinando su cabello hacia atrás en un gesto que parecía de nerviosismo—. Mis hermanos tenían que ocuparse constantemente de que no apareciera intoxicado por el alcohol en una cuneta, así que cuando finalmente toqué fondo, me di cuenta que de nada servía sumirme en ese estado. Nada iba a cambiar y me prometí a mí mismo que no volvería a ser ese Trevor que en definitiva, no era yo en absoluto. —Vaya, debes ser alguien demasiado indulgente para haber dejado todo ese rencor a un lado —acoté y él solo levantó uno de sus hombros. —Es lo que hay —dijo de manera escueta—. ¿Y tú? ¿Algún drama familiar importante? —Ninguno. Solo somos Zoey, Bill y yo —por lo menos eso sí que era verdad. Lo que había dejado atrás—en Texas—ya no contaba como una familia. Excepto por los constantes y ridículamente necesitados mensajes que dejaba cada semana en findme.com para mi madre, a la espera de algún día obtener una respuesta de su parte; no había nada que contar acerca de ese lugar. Esa historia pertenecía a una Mackenzie que se había quedado en la estación de buses en Austin. —¿Bill? —El padre de Zoey —contesté y mi móvil vibró en el bolsillo trasero de mis pantalones. Un mensaje de texto y adivinaba de quien se trataba. Jefecito: ¿Se puede saber por qué mi recepcionista no se encuentra mostrando su linda cara en su sitio de trabajo? —¿Problemas? —inquirió, al percatarse de mi mueca preocupada. —Mi jefe. Estoy un tanto atrasada para mi turno —contesté, mientras tecleaba una rápida respuesta. Lo siento, en Trails! Llevo el almuerzo. M. —Oh, entonces hay que darse prisa —razonó, engullendo rápidamente lo último de su plato y yo hice lo mismo al percatarme que no obtendría respuesta de Will. Cinco minutos después, salíamos del restaurante con una orden doble de tacos para llevar y con la cuenta saldada por mí, tal como lo había prometido a pesar de las quejas de Trevor para ser él quien pagara por nuestra comida. Una promesa era una promesa. Sin embargo, nuestra breve discusión concluyó, cuando acepté salir una vez más con él, para que esta vez fuera quien pagara la cuenta. Nos detuvimos frente al neón y yo hice una mueca sin saber muy bien como decirle que no podía llevarle de regreso a recoger su auto. Él pareció percatarse de mí mortificación, porque rió divertido por ello. —No puedes llevarme al consultorio, ¿no es así? —Lo siento, sí tardo más, perderé la paga del día —me excusé, guardando las bolsas de comida en el auto. Estaba verdaderamente preocupada, porque Will podía ser un buen amigo y un jefe genial, pero también era una persona estricta y comprometida con su local, así que sabía que estaba en problemas por haber tomado más libertades de las que podía. —Entiendo —asintió y sacó su móvil—. No me sentiré molesto, pero solo sí me das tu número de teléfono. —Eso es chantaje —entrecerré mis ojos y tomé el moderno aparato en mi mano, marcando rápidamente la sucesión de números que sabía de memoria, para después devolverle su móvil—. Aquí tienes. Casi nunca contesto las llamadas, así que sí quieres hablarme, hazlo por un texto. —De acuerdo —asintió y presionó una tecla, logrando que mi propio teléfono vibrara en mi trasero. Di un respingo y el sonrió complacido—. Sólo me aseguraba de tener el número correcto. Con ese último intercambio, nos despedimos y cada uno tomó un rumbo distinto. *** —Un aplauso, por favor —aclamó Shark(o Francis, como realmente se llamaba), con un elegante ademán y dejando que su acento irlandés hiciera acto de presencia. Dante, mejor conocido como Hummer, asomó su cabeza desde su estación, curioso por el alboroto de su compañero de trabajo y al verme puso los ojos en blanco, antes de regresar a su lugar de trabajo—, para nuestra querida Mackenzie; quien ha decidido honrarnos con su presencia esta tarde. —Gracias, gracias —hice una reverencia, siguiéndole el juego, luego de dejar las bolsas de comida en el mostrador y ocupé mi sitio detrás del escritorio en la recepción. —¿Llegó? —indagó Will, mi jefe, desde algún lugar en la trastienda. No podía dilucidar por su tono de voz, que tan enojado estaba, pero lo mejor era no sacar conclusiones apresuradas. —Aquí estoy, jefecito —repliqué con voz melosa, tomando una de las bolsas para dirigirme a su encuentro—. Le traje una orden especial, incluso. —El chantaje con comida hace tiempo dejó de funcionar, Woods —disparó de vuelta en tono divertido y yo suspiré aliviada. No estaba enojado. O por lo menos, no tanto como esperé. Me detuve en la estación de Hummer en mi camino a la trastienda y lo encontré dibujando en su blog habitual, pero lucía un tanto distraído. —Hola, Dante —le saludé, apoyando mi hombro en el umbral de la estación. —Kenzie —contestó, sin apartar la vista de su dibujo—. Llegas tarde. —Lo sé y lo siento —repliqué de manera automática. Lo último que necesitaba, era perder este empleo, antes de siquiera completar mi segundo año con ellos. Además, me agradaban todos y cada uno de los chicos con los que trabajaba. Me gustaban los chistes bobos y la actitud despreocupada de Shark, el sarcasmo y el humor un tanto ácido de Hummer y la manera en la que Will actuaba como un hermano mayor cuando se trataba de un consejo y como un padre, para dar escarmientos. Casi dos años con ellos y ya me sentía parte de su pequeña familia. —No es a mí a quien tienes que hacerle morritos —bromeó, dejando su lápiz a un lado para finalmente mirarme, cruzando sus enormes brazos cubiertos de tinta a la altura de su pecho. Para cualquiera que no le conociera, su presencia le resultaría totalmente intimidante con aspecto rudo y todos esos tatuajes y perforaciones en su cuerpo. Sin embargo, era todo lo opuesto a intimidante—. De todas formas, ¿qué andabas haciendo? —Almuerzo tardío. Tuve una reunión en la escuela de Zoey que se prolongó demasiado —expliqué, dejando de lado de manera consciente, el detalle de mi compañía para el almuerzo. —Ya, seguro Ryan entenderá. —Eso espero —inspiré y levanté la bolsa de comida—. Iré a tratar de sobornarle con tacos. —Buena suerte con ello —asintió, volviendo a centrar su mirada en el boceto que tenía apoyado en sus muslos y que moría de curiosidad por ver. Esa era otra cosa que amaba de trabajar en la tienda: tenía la posibilidad de compartir con otros artistas y aprender de ellos. Will era un experto en el dibujo realista. Shark podía hacer que una fotografía se trasladara a la piel sin que ningún detalle de esta se perdiera. Y Dante, bueno, el podía dibujar casi cualquier cosa que se le ocurriera y convertirla en una obra de arte digna de ser llevada para siempre en la piel. De no ser por mi terror a las agujas, tendría varios de sus dibujos en mi cuerpo desde hacia tiempo. —Deberías ir a comer algo, antes de que Francis acabe con todo —aconsejé, mientras me apartaba de la estación. —Lo haré en un momento —le escuché decir, en mi camino a encontrar a Will. Estaba rodeado de un número bastante grande de cajas con los suministros semestrales que seguramente habían llegado en mi ausencia y gemí internamente porque ya sabía lo que vendría para mí. —Hola, Will —puse mi sonrisa más dulce en mis labios, en busca de obtener una pequeña indulgencia, pero su expresión plana no cambió. —No voy a descontarte el pago de este día, porque sé lo que eso significaría para ti —ninguno de ellos sabía acerca de mi segundo empleo, y eso estaba bien para mí. Cuanto más personas ajenas al hexágono tuvieran informacion acerca de la existencia de este, más probabilidades habrían de que la policía diera con T.J. y por ende, con Bill—. Pero, te quedarás aquí hasta que todo el material de las cajas esté en su sitio y no acepto un no por respuesta. Llevé mi mano libre a mi frente para hacer un rápido saludo militar. —Si, señor. —¿Y mi almuerzo? —inquirió, tratando muy duro de mantener su expresión seria. —Aquí —le entregué la bolsa, la cual aceptó gustoso—. Buen provecho. —Gracias —asintió—. Es el turno de Shark para pagar, ¿de acuerdo? —Completamente —farfullé, empezando a dar un vistazo dentro de las cajas, tratando de dilucidar lo que había dentro de estas. —Iré a mi estación entonces. Dante puede encargarse del teléfono, así que puedes empezar a ordenar ahora —sugirió—. Por lo que sé, podrías tardar un largo tiempo. Y dicho esto, abandonó la trastienda, dejándome totalmente sola. Probablemente tenía razón y aquello me tomaría hasta bien entrada la noche, pero por alguna razón no me molestaba en absoluto. De hecho, sentía que valía la pena hacer un par de horas extras, sí eso significaba que podría tener la oportunidad de volver a compartir un momento tan agradable como el que pasé con Trevor más temprano. Lo valía en absoluto. ____________________
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