Capítulo 3. (II)

3425 Words
03 | ¿Coincidencia? Parte 2. —Estoy segura de que debe haber un error —dije, mientras intentaba mantener mi tono calmado, a pesar de la irritación creciente en mi interior. —Me temo que no lo es, señorita Woods. Zoey necesita recibir ayuda de un profesional —repitió todo con ese tono de suficiencia que la caracterizaba. Lo había usado en mí un par de veces, a lo largo de los dos años que Zoey llevaba asistiendo en esa escuela. —Es que me parece un poco extremo. —Podría sonar de esa manera, pero le aseguro que es la mejor opción para ayudar a su hermana. Zoey es una niña solitaria. No tiene ni una sola amiga o amigo en sus clases y sufre de pequeños ataques de pánico cuando debe hablar en público. Sus calificaciones son excelentes, pero su interacción social es un poco deficiente, por lo que decidimos que debía tener ayuda profesional para solucionar ese problema. La consejera escolar dijo que sería mucho más satisfactorio que vea a un psicólogo especializado en tratamientos infantiles fuera de la escuela, ya que tendrá resultados más rápido que con ella —Williams explicó, pero dejé de prestarle atención, puesto que mi mente estaba en otro lugar; haciendo cálculos sobre un estimado de la tarifa del psicólogo y como eso iba a golpear mi escaso presupuesto. Billie podría ayudarme sí se lo pidiera y probablemente tendría que hacerlo, sí las apuestas seguían en decadencia. Suspiré y pasé una mano por mi rostro, frustrada por este nuevo percance y miré a la profesora, buscando algún tipo de solución. Una que no redujera aún más, mis fondos universitarios. —¿Y es muy necesario que sea un psicólogo particular? Tenía entendido que con el pago de la muy costosa matrícula, estaba incluida la asistencia de la consejera escolar —traté de razonar. Quería lo mejor para Zoey. Ella siempre estaba de número uno en mi lista de prioridades pero cosas como éstas, no estaban a mi alcance, lastimosamente. —Escucha, Mackenzie. Sé muy bien que su economía no es lo suficientemente estable para poder costear esto, por lo que hablé con una buena amiga de mi esposo (quien es psicóloga) y me dijo que podía hacerte un buen descuento por sesión —ofreció y por un momento, vi algo similar a la compasión atravesar su mirada. Mi mandíbula se tensó al ver aquello, ya que nunca me había gustado la caridad, sin embargo tan rápido como llegó se fue, y regresó a su habitual mirada monótona para continuar hablando—. Ve a su consultorio hoy a medio día y dile que vienes de mi parte. Eso probablemente te de un buen descuento —deslizó una tarjeta de presentación por su escritorio y me sorprendió aquel gesto. La tomé de inmediato, antes de que se arrepintiera y la guardé en mi bolso. —De verdad agradezco esto, señora Williams. Haré un esfuerzo por Zoey, incluso más grande que el que hago actualmente para que ella tenga una vida más estable —prometí y eso pareció ser suficiente para ella. Gertrude Williams hizo un gesto con sus manos quitándole importancia y deslizó su mirada de mí, hacia la puerta, indicando sin palabras que me quería fuera de su oficina en ese instante. No lo pensé dos veces. Ya en el pasillo, revisé la tarjeta cotejando la información de esta y descubrí que solo tenía unos veinte minutos para llegar allí. ¿El problema? La dirección escrita en la tarjeta indicaba que el consultorio se encontraba al otro lado de la ciudad. Maldiciendo por mi mala suerte, apresuré el paso hasta llegar al estacionamiento, donde el viejo auto de Billie me esperaba. Subí a este, conduciendo fuera de la escuela y aceleré la marcha, cuando llegué a la autopista. Gracias a mis habilidades de conducción, completé un viaje que normalmente tardaría cuarenta minutos en veinticinco. Me detuve fuera del sofisticado consultorio, respirando un poco agitada, debido a mi temeraria conducción y exhalé aliviada, al descubrir que había llegado con suficiente tiempo de antelación. Observé mi reflejo en el espejo retrovisor e hice una mueca al ver el desastre en el que me había convertido. Lucía desaliñada y no en el buen sentido. Mi brillo labial había desaparecido por completo y mi cabello estaba acomodado en un nido desordenado, gracias a la brisa que entraba por la ventana rota del asiento del conductor. Billie la había roto, una vez que olvidó sus llaves dentro y aún continuaba posponiendo su reparación. Suspiré, por lo menos complacida con mi atuendo. Empecé por peinar mi cabello, en una trenza para domar las ondas rebeldes y, por suerte, logré controlarlo. Luego de eso, me encargué de retocar mi maquillaje, para ocultar de nueva cuenta, los moratones que habían empezado a notarse debido a que el corrector había desaparecido. Un poco de brillo labial y me resigné a que eso sería lo mejor que conseguiría en tan poco tiempo. Atrapé un vistazo de la hora en el pequeño reloj Yoda que estaba apoyado en el salpicadero y me apresuré a salir del auto al ver que ya eran las doce menos cinco. Caminé distraídamente por el vestíbulo, con tan mala suerte que choqué contra una muralla de músculos que salía de la puerta donde suponía, estaba la psicóloga. Reboté un poco, pero por suerte, esta vez no caí al suelo esta vez. —Lo siento, no te vi —se disculpó una voz familiar, tomándome por sorpresa. Levanté la vista solo para encontrarme con los ojos verdes de Trevor que me miraban con una mezcla de curiosidad, sorpresa y diversión. —Al parecer esto será una costumbre —dije apartándome un par de pasos de él, para poder verle mejor. Entonces, su expresión se tornó confusa al escuchar mi declaración. —¿Qué cosa? —Tú, chocando "accidentalmente" —enfaticé la palabra con mis dedos haciendo comillas exageradas en el aire, solo para molestarlo— conmigo y luego disculparte de inmediato. Levantó las manos en señal de inocencia y señaló la puerta tras él con su pulgar. —Yo solo estaba hablando con mi madre, no es como sí supiera que ibas a estar aquí y planeara estrellarme contigo para iniciar una conversación —se excusó, para luego adquirir una expresión de picardía—. En todo caso, eres tú la que siempre choca conmigo sí no recuerdo mal. Puse los ojos en blanco debido a su elección de palabras y entonces, la realidad de lo que acababa de decir me alcanzó. —¿Tu madre es —miré la tarjeta para leer el nombre en ella— Emma Collins?—pregunté, aunque su apellido era suficiente confirmación. —Sip. Ha sido mi madre desde que nací —bromeó torpemente y yo le miré completamente seria. Aquello era raro. De todas las psicólogas que hay en Chicago, fui a parar con la madre de Trevor. Decidiendo no darle demasiada importancia a aquello, me encaminé hacia la puerta, no queriendo llegar tarde a la cita con Emma Collins. Trevor me detuvo antes de lograr mi objetivo y le lancé una mirada mordaz. —¿Por fin decidiste buscar ayuda profesional para tu trastorno de personalidad? —inquirió jocoso, dejándome sorprendida por su osadía. Ni siquiera Shark—uno de mis compañeros de trabajo conocido por su falta de filtro a la hora de hablar—, era tan atrevido conmigo. —Múerdeme —contesté irritada y toqué la puerta, escuchando como reía en mi espalda. Me detuve un momento y giré para ver a Trevor caminar a la salida. —Trevor, detente —lo llamé, sin estar muy segura de hacia donde me estaba guiando mi mente. Trevor detuvo sus pasos obedientemente y volteó lanzándome una mirada cautelosa que decía que claramente no confiaba en mí todavía. —¿Qué pasa? —preguntó, cuando no hablé de inmediato. —No vayas a ningún lado mientras estoy allí —señalé la puerta detrás de mí con mi pulgar—. Cuando salga te invitaré a almorzar a modo de disculpa. —¿Qué? —aquello definitivamente nos sorprendió a ambos, pero yo rápidamente me recuperé de mi shock inicial, encogiendo mis hombros de manera desinteresada. No era nada del otro mundo en realidad. —Iremos a almorzar cuando termine de hablar con tu madre —repetí y no le di oportunidad de arrepentirse, porque giré mi cuerpo y toqué la puerta antes de que pudiera decir algo más. —Adelante —dijo la persona dentro de la oficina con un tono de voz muy tranquilo. Bien, necesitaba hacer eso, por lo que tomé el picaporte y lo giré rápidamente, encontrando una oficina bastante diferente a lo que en realidad había dibujado en mi mente. —Hola, tú debes ser Mackenzie Woods, ¿no es así? —la amable voz de la mujer me sorprendió una vez más. En realidad no tenía idea de que esperaba encontrar, pero definitivamente no era aquello. La estancia carecía del típico sofá donde descansaban los pacientes en las películas y en su lugar habían un par de pufs acompañados de un cómodo sillón color crema. Las paredes tenían un tono suave de blanco y un escritorio de cristal se encontraba en el costado. En la pared detrás de asiento de la señora Collins, se encontraban los múltiples diplomas y reconocimientos que había acumulado a lo largo de su carrera y posadas sobre el escritorio, habían un par de lo que suponía, eran fotografías familiares y una laptop de última tecnología. —¿Mackenzie? —habló de nuevo, sacándome de mi trance. Al parecer había estado hablándome por un tiempo y no la escuché por andar sumida en mis pensamientos; sorprendida con el consultorio donde iba a asistir Zoey lograría arreglar aquello que no estaba bien con ella. Sí lograba un buen trato. —Disculpe, es solo que...—comencé a hablar y ella me interrumpió, conocedora de hacia donde se dirigían mis palabras. —No es lo que esperabas, ¿eh? —completó divertida. —Exactamente. No es que haya estado antes en uno, es solo que es muy diferente a lo que se ve en televisión —concluí, dándole la razón. —Pues, gracias. Siempre creí que cuanto más cómodo sea el ambiente, más abierto estará el paciente. Y teniendo en cuenta que trabajo con niños y adolescentes, busqué una decoración minimalista y relajante para ellos. Ahora, toma asiento por favor —señaló una de las sillas frente a su escritorio, a modo de invitación, la cual no dudé en aceptar. Tomé asiento, manteniendo mi postura recta y cuidando de no tocar nada, ya que cada pequeña cosa allí debía costar por lo menos mi presupuesto mensual. Emma Collins aclaró su garganta, mientras rebuscaba algo en los papeles perfectamente ordenados en las carpetas apoyadas en su escritorio. —Relájate, Mackenzie —instruyó con una sonrisa tranquilizadora y aquello pareció ayudarme a liberar la tensión que sin darme cuenta, se había instalado en mis hombros. Aproveché que se encontraba absorta leyendo un archivo para observarla mejor y encontré que compartía el mismo color de cabello rubio y ojos verdes con Trevor. También que ambos poseían esa sonrisa que inspiraba confianza inmediatamente se tiene un vistazo de ella. Me relajé un poco en la silla y ofrecí una sonrisa tentativa, jugando de manera nerviosa con mis manos. Emma terminó de leer lo que sea que estaba escrito en los documentos en sus manos y centró completamente su atención en mí nuevamente. —Bien. Ahora sí, cuéntame que te trae por aquí. Gertrude solo me pidió el favor que te ofreciera un buen descuento sin darme muchos de talles. Inspiré profundamente, mientras buscaba en mi mente las palabras adecuadas. —Mi hermana pequeña tiene problemas para relacionarse con otros niños de su edad y la señora Williams dice que sufre pequeños ataques de pánico al ser sometida a hablar en público —expliqué a grandes rasgos, repitiendo aquello que Gertrude me había informado en nuestra reunión más temprano. Emma anotó un par de cosas en un bloc de notas y luego me miró. —Está bien. Ahora, quiero que me cuentes ¿qué crees que esté afectando a tu hermana? —preguntó, mientras su mirada se tornaba un tanto escrutadora, pero sin dejar de ser amable. —La verdad no estoy muy segura. Tal vez sean las situaciones de estrés a las que se ve enfrentada o al hecho de que solo interactúa con un par de personas mayores y conmigo. —Entiendo —asintió, dejando su bolígrafo a un lado, para entrelazar sus manos a la altura de su rostro y apoyar su mentón en estas—. Normalmente no hago cosas como estas, pero vamos a hacer un trato: trae a Zoey el próximo martes a ésta misma hora y le haré un examen diagnóstico. Dependiendo del tipo de tratamiento que necesite, podremos acordar un descuento. Asentí en concordancia, puesto que me parecía un trato justo para ambas. Dicho eso, me ofreció su tarjeta de negocios y justo cuando iba a tomarla, un torbellino de energía miniatura entró corriendo a la oficina haciendo que Emma y yo nos congeláramos por un momento. —Mami, John me contó un secreto que no puedo decirte a ti —expuso una muy emocionada—y pequeña—versión de Emma. Lo único que no compartían, era el cabello n***o—suponía que era herencia de su padre—rizado de manera ordenada. La niña siguió parloteando hasta que finalmente notó que su madre no estaba participando en la conversación y fue así como se percató de mi presencia en la estancia. —Uh, ¿quién eres? —ladeó su cabeza, dándome una mirada curiosa, logrando que me percatara que sus ojos no eran verdes como lo había pensado en un inicio, sino que en realidad eran grises. Esa niña iba a causar muchos corazones rotos en el futuro, de eso estaba muy segura. De cierta forma me recordó un poco a Zoey, solo que esta niña tenía mucha más confianza que mi pequeña hermana. —Mackenzie —dije tendiendo mi mano para presentarme. Sonrió dejando a la vista un par de dientes caídos, confirmándome así, que rondaba la edad de Zoey. —Soy Ava Marie Collins —declaró de manera solemne, estrechando mi mano firmemente. Después miró a su mamá con el ceño fruncido, como sí no entendiera que hacía allí—. Mami, ¿Mackenzie está loca? —me ahogué un poco con mi propia saliva ante su pregunta tan directa y antes de que Emma pudiera corregirla, una voz masculina habló, cortando su declaración. —Por supuesto que lo está. Y le encanta repartir órdenes a diestra y siniestra —intervino Trevor mirándome con reproche y diversión en partes iguales. A su declaración le siguió la llegada de un hombre un poco más alto que Trevor entrando al consultorio con el ceño fruncido. Podía adivinar fácilmente, que también era hermano de Trevor. Compartían varios rasgos en su rostro que así lo confirmaban. Los genes de los padres de Trevor debían ser malditamente buenos para crear tanta perfección. El tipo era de contextura delgada pero fibrosa y tal vez tenía un par de años mayor que Trevor—es un sus tardíos veintes, me arriesgaba a afirmar—, con ojos grises y cabello n***o tal como Ava, pero en lugar de lucir brillantes como los de la menor, estos se encontraban carentes de emoción alguna. Un poco escalofriante en realidad. Su mirada escaneó el lugar de manera ausente y por su postura, denotaba que tenía mejores cosas que hacer que estar aquí. —¡Trevor y Ava! Pídanle disculpas a Mackenzie ahora mismo —Emma finalmente se hizo notar, reprendiendo notoriamente a sus hijos quiénes tuvieron la decencia de lucir afligidos. Ambos murmuraron disculpas en mi dirección, obedeciendo de inmediato a su madre. Lindo. —Madre —fue el turno de quien presumía, era el John que Ava había mencionado, de intervenir en la conversación—, no puedo quedarme con Ava esta tarde. Sandy hizo reservaciones para ver los diferentes salones de eventos para la boda y estaré un tanto liado con ello —completó en tono desinteresado, logrando que sus palabras hicieran que Trevor se removíera incómodo en su lugar. Parecía que la relación con su hermano no era la mejor. Me pregunté cual era la historia allí. No obstante, un vistazo al reloj de la oficina, me hizo darme cuenta que poseía poco tiempo antes de que mi turno en Dream Tattoo iniciara y aún no había tenido algo para el almuerzo. Entonces recordé la invitación que le había hecho a Trevor y decidí hacerla efectiva en ese instante, para sacarlo de su evidente incomodidad. —Bien. Gracias por todo, señora Collins —estreché la mano de Emma en un gesto cordial que ella no tardó en corresponder y luego, mi mirada se centró en el chico que definitivamente me pedía un salvavidas para salir de aquella incómoda situación—. Ahora Trevor, vamos por ese almuerzo. Estoy famélica —expresé, a la par que tomaba su brazo y salíamos del consultorio; dejando atrás las expresiones de confusión y sorpresa de su hermana y su madre y la expresión en blanco de su hermano. Prácticamente lo llevé a rastras hasta el neón del noventa y seis y una vez nos encontramos frente a este, abrí la puerta del asiento de copiloto invitándolo a subir. —¿No se supone que yo debería a llevarte a ti? —preguntó, pero no dudó en entrar al pequeño auto. Reprimí una carcajada que amenazaba con salir de mis labios al observar como sus piernas casi quedaban pegadas a su pecho, dándole un aspecto casi ridículo con su traje hecho a la medida. —Fui yo quien hizo la invitación, así que me encargaré de toda la logística que conlleva —cerré la puerta de su lado y me subí a mi lugar una vez terminé mi explicación. —Me parece un trato justo —declaró y su ceño se frunció mientras buscaba sin éxito el cinturón de seguridad. Le di la brida que hacía las veces de cinturón y él la miró como sí fuera de otro planeta. —¿Qué se supone que vas a hacer con eso? ¿Acaso esto es un secuestro? —preguntó en broma, pero podía ver un destello de miedo brillando en sus ojos. De verdad era adorable. —No es un secuestro —puse los ojos en blanco—. Es sólo que el cinturón es un poco rudimentario —hablé mientras me acercaba a su cuerpo y rodeaba su cintura con la brida, anudándola en las ganchos a la altura de su hombro y al otro extremo de su cintura—. Ahora estás a salvo. Rudimentario era un eufemismo. El auto era una mierda y Billie lo sabía. Sin embargo, se negaba a cambiarlo debido al gran valor sentimental que tenía para él. Admiré mi obra con ojo crítico y entonces fui consciente de la cercanía de nuestros cuerpos. Mi mano se encontraba apoyada en su muslo y nuestros rostros estaban tan cerca que podía sentir como sus exhalaciones bañaban mis mejillas. Sus ojos se desviaron a mis labios y definitivamente necesitaba poner distancia entre nosotros. Así que me alejé de él y aclaré mi garganta tratando de recuperar la compostura antes de abrochar mi propio cinturón, evitando deliberadamente encontrar su mirada. —No es justo. ¿Por qué tú tienes un cinturón real y yo uno que no es lo suficientemente seguro? —se quejó, parpadeando como sí no hubiéramos compartido un extraño momento antes, lo cual agradecí con una pequeña sonrisa. —Te sorprenderías al saber cuantas veces esa brida me ha salvado la vida —expuse, encendiendo el motor del neón y no habló más luego de eso. Por lo que me dediqué a conducir en silencio hasta aquel restaurante mexicano en el que había trabajado hasta que conseguí la plaza en la tienda de tatuajes; completamente segura de que la comida de ese lugar sería suficiente para obtener una disculpa por parte de Trevor, luego de que me hubiera comportado terriblemente mal con él después de que me salvara de pasar la noche en prisión. Además, secretamente—muy en el fondo—, quería pasar un rato más con el chico de la sonrisa amable. Solo que esta última parte nunca la admitiría en voz alta. ______________
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