02 | Pulga.
—¿Qué demonios? —fruncí el ceño cuando vi a Zoey sentada en la entrada del viejo edificio de cuatro pisos de apartamentos donde vivíamos, con su uniforme escolar aún puesto y, leyendo un libro de texto como sí no estuviera expuesta al peligro inminente de ser raptada o molestada por algún extraño por el simple hecho de estar sola en la calle cuando eran pasadas las diez de la noche.
Iba a matar a Cameron por ser tan descuidada.
Salí del auto antes de que se detuviera por completo, escuchando un jadeo detrás de mí por tan arriesgado movimiento.
No me importó.
De hecho, mi seguridad no era importante en ese momento, cuando mi pequeña hermana de seis años estaba expuesta a tan peligrosa situación.
—¿Qué está mal? —indagó Trevor siguiéndome de nuevo, pero yo todo lo que podía ver era a mi hermana.
Me detuve frente a ella y me arrodillé para estar a su altura. Ni siquiera se percató de que me encontraba allí hasta que hablé, lo cual me daba una idea nada tranquilizadora acerca de cuan distraída se encontraba.
—Zoey, ¿por qué estás afuera? —inquirí y ella dio un pequeño bote por el repentino sonido de mi voz y finalmente levantó su mirada del libro que estaba tratando de leer–ya qué aún no era muy buena en ello–, para mirarme con una gran sonrisa que mostraba sus hermosos hoyuelos.
—¡Kenzie! ¡Viniste! —se lanzó a mis brazos como sí no me hubiera visto en años, cosa que no entendía muy bien, porque nos habíamos visto en la mañana cuando la llevé a la escuela.
—Aquí estoy, pulga —la tomé en mis brazos y ella escaló en mi cuerpo como un pequeño monito, aferrando sus cortas piernas a mi cinturas y envolviendo sus brazos delgados alrededor de mi cuello.
Zoey era una niña delgada.
Siempre me había preocupado por ello, a pesar de que el pediatra insistía que esa era solo la contextura de su cuerpo.
Su cabello—a diferencia del mío que era muy oscuro—tenía un color no definido entre el castaño medio y claro. Cameron decía que era cobrizo, pero yo no estaba muy segura. Y sus ojos eran de un tono jade bastante hermoso, muy distinto de los míos marrón oscuro.
Difícilmente podríamos parecer hermanas, pero definitivamente lo éramos.
—¿Hay alguien adentro? —pregunté al final, cuando quedó en evidencia que ella había olvidado mi primera pregunta.
Ella apartó su mirada curiosa de Trevor, quien nos observaba a ambas con igual expresión.
—Marcus. Cam dijo que esperará afuera hasta que él se fuera —contestó y volvió a centrar su atención en el hombre desconocido para ella.
Parecía embelesada por Trevor y no podía culparla. Era indiscutiblemente atractivo.
Bufé, molesta por lo que había dicho Zoey.
Marcus en nuestro lugar era sinónimo de problemas.
Y más aún sí estaba ebrio.
Cameron—mi compañera de piso—, tenía la peor de las suertes. Porque un exnovio celópata y un trabajo como bailarina nunca serían una buena combinación y ella lo había aprendido de la peor manera.
Algunas veces era necesaria mi intervención para que sus peleas no alertaran a los vecinos y que esto diera como resultado una visita de la policía a nuestro lugar.
A ninguna le convenía aquella situación.
Miré a mi hermana, quien a su vez parecía incapaz de apartar sus ojos de Trevor y me debatí entre que debía hacer a continuación.
—¿Qué hay de Bill? ¿No está en su apartamento? —cuestioné, sintiendo un poco de esperanza, al empezar a idear un plan en mi mente.
Esperanza que se desvaneció en un parpadeo con la respuesta de mi hermana.
—No—negó con vehemencia—. Toqué y toqué, pero no abrió.
Maldita sea. Probablemente estaba ayudando a T.J a escapar de la policía aún.
—Mierda —mascullé y sopesé mis opciones. Miré a Trevor por un momento y finalmente me decidí a darle un voto de confianza—. Necesito que hagas algo por mí.
—Mientras sea legal y consensuado, puedo hacerlo —asintió en respuesta.
—¿Qué es con... Consensudo? —preguntó Zoey, tropezando un poco con las palabras y Trevor sonrió pacientemente.
—Consensuado —la corrigió y ella asintió seria. Era curiosa por naturaleza—. Y es un término que se refiere a que ambas partes se encuentran de acuerdo con los preceptos pactados.
—Ella tiene seis años, no veinte Trevor —puse los ojos en blanco y dejé a Zoey de vuelta en el suelo—. Háblale en términos sencillos.
—Lo siento —se disculpó con una sonrisa avergonzada—. Tengo una hermana de ocho años, que habla como sí fuera un adulto, así que ya perdí la práctica con niños normales.
—Solo, no le des demasiada información, que luego es imposible hacerla dormir —piqué los costados de Zoey haciéndola reír y ella trató de hacer lo mismo, solo para ser atrapada antes de que lo lograra—. ¿Puedes quedarte con ella cinco minutos? Debo comprobar que todo esté bien adentro, antes de llevarla.
Trevor debió entender lo difícil que resultaba para mí, dejar a mi pequeña hermana al cuidado de un extraño, porque me brindó una sonrisa tranquilizadora antes de hablar.
—Claro, no hay problema —acordó y se sentó junto a Zoey en los escalones de entrada del edificio.
Me alejé de manera reticente de ambos, cuando Zoey levantó el libro de cuentos del suelo y empezó a enseñarle las páginas a Trevor con la naturalidad propia de la ingenuidad de la infancia y rogué porque todo estuviera bien cuando regresara por ella.
—Kenzie, ¿Seguro? —preguntó Zoey cuando estaba a punto de entrar, haciendo referencia a que sí estaba bien quedarse con Trevor sola.
—Lo es —contesté, esperando no arrepentirme de esas palabras.
Trevor parecía inofensivo. Esperaba que en realidad lo fuera.
Él levantó una ceja de manera interrogante debido a nuestro confuso intercambio, pero se mantuvo sabiamente en silencio, sorprendiéndome de nuevo.
Zoey pareció aceptar mis palabras con facilidad, porque centró toda su atención en Trevor y pronto, estaba interrogándolo sobre su vida.
Aproveché que ambos se encontraban sumidos en su conversación, para escabullirme dentro del edificio, corriendo rápidamente a través de los dos tramos de escaleras que me separaban de mi piso.
Estaba sin aliento cuando me detuve al llegar a mi puerta, pero el ruido de objetos siendo lanzados me hizo olvidar todo el agotamiento físico de ese día.
—...zorra, sabes que me perteneces y vas a sacudir ese culo solo para mí —alcancé a escuchar, incluso desde el pasillo.
La voz de Marcus se escuchaba pastosa y eso me dio una clara pista de cuan ebrio se encontraba.
Sí todo salía bien, no tardaría mucho en deshacerme de él.
—¡No soy tuya y nunca lo fui! ¡Déjame en paz de una puta vez! —Cameron exclamó en respuesta, sonando irritada por el intercambio y sabía que lo estaba.
Siempre terminábamos agotadas luego de una visita de él y empezaba a sonar muy atractiva la idea de Billie para hacer efectiva la orden de restricción.
Usé mi llave para abrir la puerta, cuidando de no hacer demasiado ruido cuando lo hice, para no alertarlo de mi presencia.
Sin embargo, mantenerme callada resultó ser una tarea maratoniana, cuando logré ingresar al apartamento y me encontré con un desastre digno del paso de un huracán.
Nuestros pocos muebles estaban esparcidos en el suelo y la vajilla que Bill nos había obsequiado como regalo de bienvenida, estaba totalmente destrozada; no obstante, lo que realmente despertó mi ira, fue ver mis lienzos rotos y mis acuarelas regadas descuidadamente. Todo el trabajo de meses destrozado por un idiota borracho.
Esto ya era personal.
Moví mi cuello preparándome para actuar en consecuencia a sus actos y miré mis nudillos, desgastados después de la pelea de hoy, haciendo una mueca al saber que mañana estaría muy destrozada por la sobrecarga de presión a mi cuerpo, pero no iba a permitir que esté imbécil viniera cada vez que quisiera y destruyera lo poco que teníamos por una mujer que no sentía nada por él, más allá que una profunda repulsión.
Miré a mi alrededor, en busca de algo que pudiera usar para mi plan y tuve suerte al encontrar cerca, un trozo de madera que antes había pertenecido a uno de mis caballetes.
Eso debía funcionar.
Concentré mi fuerza en mis piernas y brazos, adoptando una postura de bateador a la espera de que le fuera lanzada una bola y miré a mi pelirroja amiga, quien no se había perdido ni uno solo de mis movimientos desde que me deslicé dentro del apartamento que compartíamos.
Cameron asintió, en señal de que podía proceder con lo que fuera que había planeado y ese movimiento alertó a Marcus de mi presencia, pero antes de que pudiera girarse a encararme, balanceé el trozo de madera en mis manos, conectando directamente con su cabeza.
Estaba segura de que había sido un cuadrangular.
El trozo de madera se rompió cuando hizo contacto con su cabeza, debido a la fuerza de mi golpe y un segundo después, la sangre comenzó a empapar su camiseta lavanda.
Él llevó una mano hacia el área que había golpeado y luego miró el líquido rojizo en su mano, sin poder creer realmente lo que sus ojos veían.
—¡Perra! —gritó, finalmente saliendo de su trance y dio un paso en mi dirección, pero se tambaleó un poco debido al alcohol en su sistema.
Y al golpe que le había dado.
—Vete de aquí, Marcus. O tendré que romper realmente tu cráneo —amenacé, moviendo lo que quedaba del trozo de madera en su dirección—. No estoy de humor para tu mierda hoy.
Él retrocedió como el cobarde que era y caminó lo más lejos posible de mí, en la pequeña sala de estar, teniendo que agarrarse de la pared para evitar colapsar como un peso muerto en el suelo.
Estaba segura que eso sucedería en cualquier momento, debido a la mirada vidriosa en sus ojos marrones.
—Tú, vas a pagar por esto —se abalanzó contra mí, alcanzando a conectar una bofetada en mi mejilla, pero yo también logré golpearlo.
Con fuerza y de manera definitiva. Cayó al suelo dezmadejado, debido al golpe que le di con el trozo restante de madera y yo suspiré aliviada.
Dejé caer el pedazo de madera en el piso y llevé una mano a mi mejilla, donde sabía, tendría una marca muy notoria más tarde debido a la fuerza del golpe.
—¡Oh, Dios mío! ¿Estás bien? —Cameron se apresuró a tomar mi barbilla para estudiar mi mejilla magullada y una mueca de culpabilidad se instaló en su bonito rostro.
—Estaré bien una vez consiga un poco de hielo. Pero primero, llama a Victor para que venga a recogerlo —sugerí, mientras caminaba a la cocina para obtener algo de beber.
Me sentía sedienta.
—Dame un segundo —Cam corrió hasta su habitación, presumiblemente a buscar su móvil y yo me dediqué a beber mi vaso de limonada y a tratar de calmar mi respiración agitada para no asustar a Zoey luego.
Terminé mi bebida y me acerqué al muy inconsciente Marcus, tratando de levantarlo del suelo pero me fue imposible hacerlo sin ayuda.
Decidí que esperaríamos por Victor para que se encargara de su hermano.
—Voy abajo con Zoey, Cam —informé, tomando el abrigo de Zoey de la perchera. La ventisca había aumentado lo suficiente para que sintiera la necesidad de cubrirla.
—Victor estará aquí en diez minutos —contestó, a la par que empezaba a recoger los restos del desorden que su ex había ocasionado.
—No olvides decirle que pague por los daños.
-Oh, créeme que lo haré —sentenció—. Es la segunda vez que viola la orden de alejamiento. Ya va siendo hora de que haga una visita a la estación de policía.
—Suerte con eso —terminé por decir, cerrando la puerta detrás de mí.
Corrí de nuevo los dos tramos de escalera que me separaban de la salida y cuando llegué allí, me encontré a una muy dormida Zoey con su cabeza apoyada en el regazo de un desconocido y su pequeño cuerpo cubierto con el abrigo que antes Trevor había llevado puesto.
—Estoy de vuelta —anuncié a nadie en particular y Trevor dio un pequeño bote, mientras trataba de quitar el móvil de las manos de Zoey.
Suponía que había logrado distraerla con los juegos de su teléfono lo suficiente para que quedara rendida.
O tal vez había sido el agotamiento de haber pasado su hora de sueño fuera de casa lo que terminó por vencerla.
Cualquiera que fuera el motivo, no importaba en ese momento.
El ceño de Trevor se frunció, cuando su mirada aterrizó en mi mejilla. Seguramente tenía una marca muy roja para esas alturas.
—¿Qué pasó ahí dentro? ¿Estás bien? ¿Necesitas que llame a la policía? &interrogó Trevor, manteniendo su voz baja para no perturbar el sueño de mi hermana.
Le agradecí mentalmente por ello, porque una vez Zoey despertaba, tardaba demasiado tiempo en volver a dormirse.
—Todo está bien, solo fue un pequeño percance. Pero ya todo fue solucionado —respondí, mientras me regañaba mentalmente a mí misma, por la cálida sensación que se extendió en mi pecho ante su evidente preocupación.
¡Dios, después de hoy no lo vería de nuevo!
—Ella se quedó dormida en la cuarta partida del juego —explicó, apuntando a Zoey.
Me incliné sobre ella y con cuidado de no despertarla, la tomé en mis brazos. El abrigo de Trevor quedó atrapado en medio de nosotras y traté de llegar a este sin moverla demasiado, pero fue una tarea inútil.
Me había resignado a tener que despertarla, cuando Trevor aclaró su garganta.
—Puedes dármela después —sugirió y rebuscó en el bolsillo de su pantalón hasta dar con su billetera.
De ella sacó una tarjeta de presentación que me extendió y la cual tomé con algo de dificultad de su mano.
—¿Para qué es esto?
—Para que me llames —arqueé una ceja por su pedido y él rascó su nuca algo nervioso—. Uh, para que me llames cuando me vayas a devolver el abrigo.
—Oh, está bien —asentí y me congelé por un momento cuando Zoey se removió en mis brazos.
Ambos dejamos de respirar por un momento, hasta que ella solo se acurrucó más en mi pecho y dejó salir un suspiro.
Trevor y yo intercambiamos una mirada aliviada al ver que ella continuaba dormida.
—Bueno, creo que debería irme —dijo, mirando la hora en el reloj de su muñeca.
—Gracias por tu ayuda hoy, Trevor. Fue un gusto conocerte —respondí cortésmente, sorprendiéndome a mí misma de que no quería que el encuentro terminara.
—Lo mismo digo. Éste ha sido de lejos, el día más emocionante que he tenido en mi vida. Espero pronto tu llamada, ¿eh? —me dio un guiño ante la última parte y yo puse los ojos en blanco.
Insistía, era demasiado atrevido para su propio bien. Pero no por eso dejaba de ser adorable.
Y muy atractivo.
Iba a tomarle la palabra y lo llamaría pronto, de eso estaba segura.
Tal vez, podría obtener un poco de sana diversión antes de seguir adelante. No estaría mal después de todo.
—Te llamaré en algún punto de esta semana. Todo depende de mi horario —contesté y él asintió.
Luego de eso, lo observé caminar hasta el lugar donde había estacionado su auto frente al edificio y ondeó su mano a modo de despedida una vez más, antes de subir y conducir lejos del lugar.
Suspiré y me encaminé dentro del edificio, con Zoey aún acurrucada en mi cuello.
Una vez dentro del apartamento, encontré a Cameron deshaciéndose de los restos de vidrio en un bote de basura para reciclaje.
Marcus seguía desmayado en la sala y por los fuertes ronquidos que emitía, era evidente que no despertaría en un futuro próximo.
Los muebles que habían sobrevivido al arrebato de Marcus, fueron devueltos a su lugar y los restos habían sido recogidos.
Miré con nostalgia el lugar donde solían estar mis lienzos y le susurré un "gracias" a Cameron mientras caminaba a mi habitación, con mi mente dispersa por todo lo ocurrido en el corto lapso de tiempo.
Acosté a Zoey en la cama que ambas compartíamos y aparté el saco de Trevor, para evitar que se arrugara demasiado, dejándolo sobre la silla junto a mi escritorio.
Luego de eso, procedí a cambiar el uniforme escolar de Zoey, por su pijama de Minions y cubrí su pequeño cuerpo con las mantas, para evitar que le diera frío.
Al final, deposité un beso en su frente y procedí a alistarme para ir a la cama también.
Tomé un rápido baño y cuando salí, escuché la puerta de entrada abrirse y cerrarse, haciendo que mi curiosidad despertara por saber que ocurría.
Todo lo que encontré, fue una sala sola y una nota de Camie con dinero para que reemplazara mis lienzos y demás materiales que resultaron dañados en la visita de Marcus.
De seguro había ido a su trabajo después de todo.
Tomé el dinero que dejó, junto al ganado con la pelea de esa noche y me dirigí a la cocina, para conseguir un poco de frío para mi mejilla y pomada para mis nudillos.
Mis párpados se sentían pesados y el cansancio de todo un día ajetreado me estaba pasando factura. No obstante, habían cuentas que debían ser sacadas antes de finalmente dejarme arrastrar por los brazos de Morfeo.
Me senté en un taburete junto al mesón de la cocina y saqué el cuaderno de mi presupuesto, apoyando la bolsa de guisantes fríos con mi mano derecha en mi mejilla y tomé el lápiz con la izquierda para anotar los datos de los gastos.
Separé el dinero que usaría para llenar la despensa y luego hice otro montón, que iría a parar a mi parte de las facturas.
El dinero de los lienzos fue a parar al montón destinado a la renta—ya los reemplazaría cuando cobrara mi salario en Dream Tattoo, donde trabajaba como recepcionista medio tiempo—y lo que sobró, fue dividido en dos: una parte iría para los ahorros y la otra, para comprar algo bueno por el cumpleaños número siete de Zoey.
El dinero de los ahorros, estaba destinado a mis gastos universitarios.
Mamá había dejado un fondo fiduciario para mis estudios, pero luego de habernos trasladado a Chicago, decidí dejarlo para Zoey y estudiar en la universidad comunitaria; lo cual seguía aplazando por falta de estabilidad y porque aún continuaba ahorrando el dinero para pagar la colegiatura, ya que mis notas no fueron tan sobresalientes en la secundaria, para obtener una beca.
Terminé mis cuentas después de eso y volví a dejar todo en su lugar, para luego encaminarme a mi habitación donde Zoey seguía durmiendo plácidamente en la cama.
La tarjeta de presentación de Trevor se deslizó del cuaderno y la miré durante un largo tiempo.
Era sencilla y aburrida.
Trevor Collins. Un contador perteneciente a una firma bastante conocida en Chicago. Estaba segura de haber visto sus anuncios en las bancas en los parques.
La guardé de regreso en el cuaderno y escondí este en mi cajón de ropa interior, apresurándome a escabullirme bajo las sábanas luego de hacerlo.
El sueño me alcanzó bastante rápido aquella noche.
Y por alguna razón, mis sueños estuvieron plagados de cierto chico rubio que había conocido más temprano.
Pero lo más sorprendente, fue el hecho de que eso, no me molestara.
No me molestara en absoluto.