El amanecer llegó despacio, envolviendo la cabaña en una luz dorada y suave. Una niebla tenue cubría el bosque, haciendo que todo pareciera parte de un sueño suspendido. Leonardo fue el primero en despertar. Caminó en silencio hacia la cocina, aún en ropa de cama, con el cabello ligeramente alborotado y el rostro serio. Preparó café como un ritual, no solo por necesidad, sino por mantener cierta apariencia de normalidad en medio del caos que los rodeaba.
El sonido del agua burbujeando en la cafetera se convirtió en el único ruido en el lugar, hasta que Clara apareció en la cocina, envuelta en una manta y con la mirada fija en su celular.
—¿Dormiste algo? —preguntó él, sin girarse.
—Casi nada —respondió ella, dejando el celular sobre la mesa con un suspiro—. Acabo de recibir un correo de Ramírez. Las cosas se están acelerando. El fiscal cree que alguien dentro del equipo está filtrando información. Y es muy probable que Marcelo ya esté al tanto de nuestra ubicación.
Leonardo se tensó, girando lentamente para mirarla.
—¿Qué tan grave es?
—Lo suficiente como para que Valentina y tú deban regresar cuanto antes. Las autoridades necesitan su testimonio. Y, por lo visto, la prensa ya huele sangre.
En ese instante, como si el destino tuviera un sentido del humor cruel, Valentina apareció en la entrada de la cocina. Llevaba un suéter grande que claramente no era suyo —probablemente de Leo— y el cabello recogido en un moño improvisado. Parecía tranquila, aunque sus ojos aún cargaban el peso de una noche inquieta.
—¿Qué pasa con la prensa? —preguntó con la voz aún adormilada.
Clara y Leonardo se miraron por un segundo, intercambiando una conversación silenciosa.
—Tu nombre apareció en un portal. Solo como fuente anónima... por ahora. Pero si alguien más habla, podrías terminar en los titulares —dijo Clara con suavidad.
Valentina se apoyó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos.
—Sabía que esto podía pasar... pero no pensé que dolería tanto.
—¿Quieres que lo niegue todo por ti? —preguntó Leonardo, acercándose con una media sonrisa—. Puedo hacerme pasar por un loco solitario que inventó todo.
Ella esbozó una pequeña risa, pero sus ojos estaban llenos de preocupación.
—No, Leo. No me salvarías. Nos hundirías a los dos.
Él la abrazó por la cintura, sin preocuparse de que Clara aún estuviera ahí. Fue un abrazo real, profundo. Uno que decía: “Te tengo”, incluso si el mundo se venía abajo.
—Iremos juntos. Pase lo que pase —murmuró Leonardo.
Clara desvió la mirada y les dio un momento. Aunque a veces se mostraba fría, en el fondo le dolía que dos personas tan rotas encontraran algo tan puro, sabiendo que tal vez no duraría mucho.
---
La tarde fue intensa. Clara instaló un sistema de seguridad básico con cámaras conectadas al celular. Revisaron correos, documentos, carpetas, audios grabados. Leonardo y Valentina repasaron sus versiones de los hechos, reconstruyendo paso a paso cómo descubrieron todo.
Pero entre las horas de tensión, también hubo pequeños instantes de calma.
En un rincón de la sala, Valentina hojeaba un viejo libro mientras Leonardo tocaba acordes suaves en una guitarra que encontró en el altillo. El sonido era torpe, improvisado, pero bastaba para llenar la casa con una especie de paz temporal.
—¿Sabías que siempre quise aprender guitarra? —comentó ella sin apartar la vista del libro.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Mi papá decía que era una pérdida de tiempo. Que debía concentrarme en ser alguien productiva.
Leonardo dejó de tocar.
—¿Y lo fuiste?
Valentina lo miró con una sonrisa triste.
—Fui eficiente. Estructurada. Impecable. Pero nunca feliz.
Él se acercó, se sentó a su lado y dejó la guitarra a un lado.
—Entonces hagamos algo. Cuando todo esto termine, vas a aprender. Yo te enseño. Aunque toque pésimo.
Ella lo miró fijamente. No era solo la promesa de una clase de guitarra. Era la promesa de algo más: de un después, de un futuro.
—Hecho —susurró.
---
Ya caída la noche, encontraron un sobre manila en la puerta. Sin remitente. Sin explicación. Lo había dejado alguien sin hacer ruido. Leonardo salió con cautela, escudriñando el entorno. Nada. Ni un alma.
Clara lo abrió con guantes. Dentro, una fotografía reciente: Valentina y Leonardo caminando por el bosque, tomada desde una distancia corta, y una nota escrita a máquina:
“Tienen tres días. Después no habrá advertencia. Saben demasiado.”
El ambiente se congeló. Valentina sintió cómo el miedo le escalaba por la espalda. Leonardo se llevó la fotografía al rostro, analizándola en silencio.
—Estamos vigilados. No hay duda.
Clara lo confirmó mientras revisaba la imagen con una lupa.
—Esto no lo hizo un amateur. Esto es Marcelo.
Valentina retrocedió un paso, respirando agitada.
—¿Y ahora qué? ¿Nos vamos otra vez? ¿A otro escondite? ¿Cuánto más vamos a huir?
—No más —dijo Leonardo, con voz firme—. Mañana regresamos. Ya basta de escondernos. Vamos a enfrentarlo.
Clara lo miró con recelo.
—¿Estás seguro? Si vuelven ahora, él también puede estar esperando.
—Justamente por eso. Si no vamos ahora, no vamos nunca.
---
Esa noche fue distinta a todas. No durmieron. Prepararon copias de respaldo, enviaron correos cifrados, empacaron lo justo. Clara organizó un protocolo de emergencia. Leonardo cargó una memoria USB con todos los documentos clave. Valentina, aunque cansada, se obligó a memorizar cada detalle importante.
Cuando la madrugada tocó la ventana, Valentina fue al porche a respirar. El aire era frío, pero limpio. Leonardo la encontró allí minutos después.
—¿Te asusta regresar?
Ella asintió.
—Sí. Pero me asusta más quedarme con miedo el resto de mi vida.
Él se acercó y le tomó las manos.
—Lo que descubrimos... todo lo que viviste... no fue en vano, Valen. No eres solo la secretaria que se metió en algo más grande. Eres la que lo rompió todo. Y eso, créeme, no cualquiera lo hace.
Ella sonrió, temblorosa. Él la abrazó desde atrás, apoyando el mentón en su hombro.
—¿Sabes qué me gustaría hacer cuando todo termine? —preguntó ella.
—¿Qué?
—Comprar una casa pequeña, con un jardín lleno de girasoles. Y dormir sin miedo. Sin que nadie me diga qué debo ser.
—Entonces la vamos a comprar. Y pondremos una guitarra en cada rincón —susurró Leonardo, besándole el cuello con ternura.
Por primera vez en semanas, Valentina cerró los ojos y creyó, de verdad, que eso podía pasar.