El sonido de los titulares seguía resonando en la televisión: “Explota escándalo financiero en reconocida firma legal. Se investiga red de corrupción y lavado de activos con tentáculos internacionales.”
Era apenas el comienzo.
Valentina observaba el televisor como si no fuera real. Sentada en el borde del sofá, sus dedos jugaban nerviosamente con una servilleta. Leonardo, de pie junto a la ventana, tenía los brazos cruzados, la mandíbula tensa. Clara caminaba de un lado a otro, teléfono en mano, haciendo llamadas, organizando declaraciones, apagando fuegos que se encendían con cada nuevo titular.
—Tenemos que desaparecer por unos días —dijo finalmente Clara, colgando—. El fiscal Ramírez dice que los socios están furiosos. Están moviendo contactos, periodistas… incluso podrían intentar atacarnos.
—¿Y lo van a permitir? —preguntó Valentina, con una mezcla de indignación y miedo.
—No. Pero debemos estar fuera del radar mientras formalizan las órdenes de captura. Quieren protegernos como testigos clave.
Leonardo se giró lentamente.
—Tengo una cabaña, en una finca a las afueras de la ciudad. Nadie sabe que es mía, está a nombre de una empresa fantasma. Podemos escondernos allí por unos días.
—¿Estás seguro? —preguntó Clara.
—Tan seguro como de que esto es lo correcto.
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Esa noche salieron en silencio, sin maletas, solo con lo indispensable. Dejaron atrás la ciudad envuelta en luces y escándalos, y tomaron una carretera secundaria, envuelta en neblina. El viaje fue silencioso al principio. Valentina iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana, con el corazón latiendo en un ritmo extraño: entre miedo y emoción.
—¿En qué piensas? —preguntó Leonardo sin apartar la vista del camino.
—En todo lo que ha cambiado desde que llegué a esa oficina —respondió ella con sinceridad—. Hace dos meses me importaban los informes, las reuniones, los correos… y ahora estoy huyendo con un hombre que no sé si me salvó o me condenó.
Leonardo no respondió de inmediato.
—Yo tampoco pensé que terminaría así. Pero si tuviera que elegir entre lo que teníamos antes y lo que tenemos ahora… volvería a elegir el caos contigo.
Valentina lo miró. Sus ojos estaban cansados, pero sinceros. Y por primera vez en días, sonrió.
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La cabaña estaba rodeada de árboles altos, con un porche de madera, y una chimenea antigua que crujía como si guardara secretos. Clara tomó una de las habitaciones y se encerró con su portátil a escribir un artículo para una periodista amiga. Quería controlar la narrativa antes de que los enemigos tomaran ventaja.
Valentina y Leonardo se quedaron en la sala, compartiendo una copa de vino frente al fuego.
—¿Cómo supiste que podías confiar en mí? —preguntó ella, sin rodeos.
Leonardo la miró, jugando con la copa entre los dedos.
—No lo supe. Pero cuando te vi enfrentarte a Arturo en esa reunión, cuando nadie más se atrevía a decir nada… supe que no eras parte del sistema. Y eso me dio esperanza.
Valentina se levantó, caminó hacia él, y se sentó a su lado.
—Yo también te mentí. Fingí que no me importabas. Fingí que esto era solo un trabajo. Pero cada vez que te vi entrar en esa oficina, algo en mí se quebraba.
—¿Y ahora? —preguntó él, rozando sus dedos con los de ella.
—Ahora quiero saber qué es real.
Leonardo se inclinó lentamente y la besó, con una suavidad que contrastaba con todo lo que habían vivido hasta ahora. Fue un beso honesto, sin máscaras, sin pretensiones. Solo dos personas rotas encontrando refugio en medio del caos.
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Pero la calma no duró mucho.
A la mañana siguiente, el sonido del motor de un carro interrumpió la paz. Clara salió primero, con una expresión de alarma.
—No es nadie de la Fiscalía. No reconocí las placas —dijo en voz baja.
Leonardo tomó su celular y marcó a Ramírez.
—¿Enviaste a alguien? —preguntó con tono grave.
Del otro lado, la voz del fiscal sonó tensa:
—No. Y si alguien llegó hasta allá… no están solos.
Leonardo colgó, tomó una pistola de una caja en la chimenea y le hizo una seña a las mujeres.
—Métanse en la habitación del fondo. Rápido. Y no abran hasta que yo diga.
—¿Vas a disparar? —preguntó Valentina, con el rostro pálido.
—Solo si es necesario.
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Los minutos pasaron como siglos. Desde la ventana de la habitación, Valentina pudo ver dos hombres bajarse de un carro n***o. No llevaban uniforme. Uno de ellos revisó el buzón. Otro caminó hacia la parte trasera de la cabaña.
—¿Y si no nos encuentra? ¿Y si se van? —preguntó Clara, susurrando.
—Leonardo no va a dejarlos entrar —respondió Valentina, pero su voz temblaba.
Un golpe seco retumbó en la puerta principal.
Luego, gritos.
Y después… silencio.
Unos segundos eternos.
—¡Valentina! ¡Clara! —gritó la voz de Leonardo—. Salgan. Ya pasó.
Cuando abrieron la puerta, Leonardo tenía la camiseta manchada de sangre. Uno de los hombres estaba inconsciente en el suelo. El otro, esposado con bridas.
—Eran de seguridad privada. Trabajan para Marcelo, uno de los socios principales. Vienen a recoger la libreta y borrar huellas.
—¿Qué haremos con ellos? —preguntó Clara, temblando.
—Lo que hacen ellos con la gente que los traiciona —respondió Leonardo—. Entregarlos a la justicia. Y que caigan todos, uno por uno.
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Esa noche, en medio de una nueva oscuridad, Valentina escribió en su diario:
"Lo que comenzó como una oficina más, una rutina más, una ciudad más... terminó siendo el inicio de una guerra. Pero también el comienzo de algo real. Y aunque no sé si saldremos vivos de esto, por primera vez no me siento sola."