El viento nocturno golpeaba los ventanales del apartamento de Valentina con una intensidad casi simbólica. Afuera, la ciudad parecía dormida, ajena al torbellino que se gestaba dentro de esas paredes. Sentada frente a su escritorio, con la libreta negra abierta, Valentina pasaba página tras página, intentando descifrar el código cifrado que Leonardo le había entregado.
No había nombres completos, solo iniciales, fechas, transferencias, y una serie de números y símbolos que parecían pertenecer a un sistema contable oculto. Se detuvo en una página que tenía escrito, con letra firme: “C12 - 8:00 am - informe final”.
Algo en esa anotación le erizó la piel. C12 era una de las salas de juntas menos usadas del edificio… y la fecha señalada era dentro de dos días.
—¿Qué planeas, Leonardo? —susurró para sí misma.
La llamada de Clara llegó pasadas las once.
—¿Tienes la libreta?
—Sí. Y necesito que vengas. No quiero hablar de esto por teléfono.
Media hora después, Clara apareció en la puerta. Llevaba una sudadera gris y ojeras profundas, pero sus ojos seguían tan decididos como siempre. Se sentaron en la sala, la libreta entre ambas, como un testigo silencioso de todo lo que estaba por venir.
—Esto es más de lo que esperaba —murmuró Clara, revisando los apuntes—. Aquí están los nombres en clave de los socios, las fechas de las transferencias… incluso las rutas de las cuentas en el extranjero.
—¿Y qué piensas hacer con esto?
Clara la miró con seriedad.
—Voy a publicarlo todo. Con esto podemos hacer que cierren la firma. Que todos paguen por lo que han hecho.
Valentina frunció el ceño.
—¿Y crees que no irán tras nosotras?
—Por eso tenemos que hacerlo bien. No solas.
Clara sacó un sobre amarillo del bolsillo.
—Tengo un contacto en la fiscalía. Alguien limpio. Él puede ayudar a protegernos si entregamos las pruebas completas. Pero necesitaremos algo más: los archivos digitales del servidor. La libreta es solo la mitad.
Valentina asintió lentamente.
—Y Leonardo es el único con acceso a eso.
Un silencio denso llenó la sala.
—¿Confías en él? —preguntó Clara, sin rodeos.
Valentina tardó en responder.
—No sé si puedo confiar… pero sé que me importa. Que hay algo entre nosotros que no es parte de su plan.
Clara la miró con una mezcla de compasión y advertencia.
—No olvides que eso también lo hace más peligroso.
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Al día siguiente, el ambiente en la oficina era extraño. Había tensión en el aire, como si todos esperaran que algo estallara en cualquier momento. Leonardo no había salido de su oficina en toda la mañana, y su asistente no sabía nada de él.
A las 3:15 p.m., Valentina se acercó, fingiendo llevarle unos documentos. Cuando tocó la puerta y entró, lo encontró de pie, con la mirada perdida en una fotografía enmarcada sobre el estante.
Era una imagen de él con otro hombre más joven, en una playa, ambos riendo. Leonardo no se giró al oírla entrar.
—Era mi hermano menor —dijo con voz suave—. Murió hace cuatro años. Él trabajó en esta firma antes que yo.
Valentina se quedó en silencio.
—¿Qué le pasó?
Leonardo se giró. Su rostro estaba cansado, pero había una honestidad brutal en sus ojos.
—Lo obligaron a encubrir un desfalco. Cuando quiso hablar, lo amenazaron. Terminó suicidándose. Yo lo encontré en su apartamento. Esa fue la primera vez que juré que iba a destruir esta firma desde dentro.
Valentina dio un paso hacia él, sin saber si debía abrazarlo o solo escuchar.
—No sabía nada de eso…
Leonardo sonrió con tristeza.
—Nadie lo sabe. He jugado el mismo juego que ellos para ganarme su confianza. Para llegar hasta el corazón de esta red. Por eso contraté a Clara. Por eso te contraté a ti.
—¿A mí también? —preguntó Valentina, con un nudo en la garganta.
Él se acercó, deteniéndose a centímetros de ella.
—Al principio eras una pieza en el tablero. Pero luego… te volviste mi debilidad. Por eso no puedo seguir ocultándote la verdad.
Del cajón de su escritorio sacó una memoria USB.
—Aquí están todos los archivos del servidor. Todas las pruebas que Clara necesita. Pero hay algo más… alguien dentro del equipo de socios sabe lo que estamos haciendo. Nos está vigilando. Y no se detendrán.
Valentina tomó la memoria.
—¿Qué hacemos ahora?
Leonardo tomó aire, como si cargar con todo aquello le pesara más que nunca.
—Nos vamos esta noche. Tú, Clara y yo. Tenemos que entregarle esto a tu contacto. Después de eso… nos espera una tormenta.
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Esa noche, los tres se encontraron en una cafetería cerca de la Fiscalía. Clara había hecho las llamadas necesarias. Un fiscal de nombre Ramírez los esperaría en un lugar seguro. Al entrar, una figura robusta con traje oscuro los saludó con un leve gesto.
—Valentina, supongo —dijo el hombre con voz firme—. ¿Tienen los documentos?
Valentina le entregó la libreta y la memoria. El fiscal los examinó con rapidez.
—Esto es suficiente para abrir una investigación formal. Pero deben saber que los medios estarán encima. Y sus vidas, tal como las conocen, ya no serán iguales.
—No nos interesa la comodidad —respondió Clara con fuerza—. Solo la justicia.
Leonardo tomó la mano de Valentina por debajo de la mesa. Ella le devolvió el apretón, sin decir nada. Habían cruzado un umbral, y ya no había vuelta atrás.
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Horas después, en la televisión, el escándalo comenzaba a salir a la luz: “Firma legal envuelta en red de corrupción, socios investigados por lavado de activos y fraude financiero”.
El nombre de la firma aparecía en letras rojas. Pero los nombres de Valentina, Leonardo y Clara aún estaban protegidos… por ahora.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, viendo el noticiero desde el sofá del pequeño apartamento.
Leonardo la abrazó por detrás, apoyando su mentón en su hombro.
—Ahora empieza la parte difícil.
Valentina se giró hacia él.
—¿Lo harías todo otra vez? ¿Incluso sabiendo lo que perderías?
Él la miró a los ojos.
—Sí. Si eso significara volver a encontrarte.