Capitulo 7

1070 Words
La noche había caído con una lentitud agobiante, como si el tiempo mismo se resistiera a avanzar. Valentina miraba el reloj con insistencia, sin poder concentrarse en nada más. El mensaje que había recibido seguía grabado en su mente como un eco constante, una promesa de respuestas... o tal vez de más preguntas. A las 8:45 p.m., la oficina estaba prácticamente vacía. Solo algunas luces tenues permanecían encendidas en los pasillos. Ella fingió estar finalizando un informe mientras esperaba que los últimos empleados salieran. Al escuchar el sonido del ascensor cerrándose por última vez, respiró hondo, tomó su bolso, y caminó con paso firme hacia el parqueadero C. El ascensor descendió con un zumbido monótono, y cuando las puertas se abrieron, una ráfaga de aire frío la recibió. El lugar estaba semioscuro, con solo unas pocas luces fluorescentes parpadeando en el techo. Caminó despacio, atenta a cada sonido, a cada sombra. La voz de Clara la sorprendió desde un rincón. —Aquí. Valentina se giró rápidamente. Clara emergió de entre dos columnas, con una chaqueta negra y el rostro más pálido de lo habitual. —¿Tienes el documento? —preguntó en voz baja. Valentina asintió, sacándolo cuidadosamente de su bolso. Clara lo tomó y lo examinó rápido. —Esto es solo una parte. Hay más —murmuró—. Hay contratos, transferencias, firmas digitales escondidas en los servidores de la firma. Si los conseguimos, podemos exponerlos a todos. —¿Incluido Leonardo? —preguntó Valentina, sin poder evitar el temblor en su voz. Clara la miró fijamente, como si evaluara la mejor manera de decir lo que seguía. —Él no está limpio, Valentina. Quizá no es el cerebro detrás de todo esto, pero ha jugado en ambos bandos. Durante años. No te enamores de él. Valentina bajó la mirada. —Eso ya es demasiado tarde. Un silencio espeso cayó entre ambas. Clara suspiró. —¿Te ha contado algo? ¿Te ha dicho por qué realmente estás aquí? Valentina frunció el ceño. —¿Qué quieres decir? —Que no fue casualidad que te contrataran —respondió Clara con dureza—. Tú entraste justo cuando comenzaron a mover dinero fuera del país. ¿No te parece curioso que Leonardo haya pedido tu hoja de vida personalmente? Valentina sintió un golpe en el estómago. Había asumido que su ingreso fue por mérito, por el proceso habitual. ¿Y si no era así? —¿Qué esperas que haga? —preguntó con la voz más débil de lo que quería. —Ayúdame a terminar lo que empecé —dijo Clara, guardando el documento en su chaqueta—. Hay una clave maestra para acceder al servidor privado. Sé que Leonardo la tiene. La guarda en una libreta pequeña que siempre lleva consigo. Si la conseguimos… se acabó todo. Valentina la miró, indecisa. Clara dio un paso hacia ella. —Piensa en todas las personas a las que esta firma ha destruido. En los clientes manipulados, en los empleados que han desaparecido. No me digas que no has sentido que algo está muy mal aquí. Y lo había sentido. Desde el primer día. Desde esas miradas esquivas, esos silencios incómodos en las reuniones, las órdenes confusas. Y, sobre todo, desde que Leonardo entró en su vida como una tormenta. —Está bien —dijo finalmente—. Pero si hago esto… necesito saber que tú estás de mi lado. Que no me estás usando también. Clara asintió con sinceridad. —Lo juro. --- Dos días después, Valentina se encontraba nuevamente frente a Leonardo. Él la había convocado a su oficina con una excusa vaga: revisar unos informes de casos anteriores. Pero apenas cruzó la puerta, supo que no se trataba de trabajo. Leonardo estaba sentado en su sillón, con las mangas arremangadas y la mirada perdida en la ventana. La libreta estaba ahí, sobre el escritorio. Pequeña, negra, con una banda elástica. —Siéntate —dijo, sin mirarla. Ella obedeció, intentando mantener la calma. —¿Estás bien? —preguntó ella. Él se giró hacia ella. Había algo vulnerable en sus ojos, como si llevara días sin dormir. —Te hice venir porque necesito que me digas la verdad. Valentina contuvo el aliento. —¿Has hablado con Clara otra vez? Ella dudó un instante. —Sí. Él asintió despacio, como si hubiera confirmado algo que ya sabía. —Y te pidió que la ayudes, ¿no? Ella no respondió. No era necesario. —No me sorprende —continuó—. Lo ha hecho antes. Con otros. Siempre encuentra a alguien a quien manipular para conseguir lo que quiere. Valentina lo interrumpió. —¿Y tú qué quieres, Leonardo? Porque yo no tengo claro si me contrataste para un puesto real… o para algo más. Leonardo se puso de pie y caminó hacia el ventanal. Se quedó en silencio unos segundos. —Te contraté porque necesitaba a alguien con tu perfil. Inteligente, discreta, leal. Y sí… porque sabía que Clara intentaría acercarse a ti. Necesitaba alguien que pudiera decidir por sí misma. Se giró hacia ella. Su mirada la atravesó. —Pero lo que no esperaba era… esto —hizo un gesto vago con la mano, como si señalar su conexión emocional fuera más difícil que cualquier caso legal—. No planeé enamorarme de ti. Valentina sintió que el mundo se detenía. Sus palabras eran como una bofetada y una caricia al mismo tiempo. —Entonces confía en mí —susurró ella—. Dime la verdad. Toda. Leonardo caminó hacia ella. Tomó la libreta del escritorio y se la entregó. —Aquí está lo que Clara busca. Pero no la dejes sola con esto. No sabes en lo que está metida. Ella la tomó, temblando. —¿Por qué me la das? —Porque si tengo que caer… prefiero que seas tú quien me haga caer. Se quedaron en silencio unos segundos. Él la miró con una tristeza profunda. Luego, sin previo aviso, se acercó y la besó. No fue un beso desesperado, sino uno cargado de dolor, de despedidas anticipadas, de verdades no dichas. Cuando se separaron, ambos sabían que lo que vendría después sería más peligroso que nunca. —Cuídate —murmuró él—. Estás jugando un juego del que nadie sale ileso. Valentina asintió. —Tú también. Y salió, con la libreta apretada contra el pecho, sabiendo que había cruzado un punto sin retorno.
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