Capitulo 2

1022 Words
Capítulo 3: Lo que callan las paredes El sonido del portazo todavía vibraba en las paredes cuando Valentina se giró hacia Leonardo, su respiración entrecortada. Su mente estaba hecha un torbellino. El beso, la mujer… y lo que acababa de decir. “¿También vas a arruinar a esta como a mí?” ¿Qué significaba eso? —¿Quién era ella? —preguntó Valentina, sin rodeos. Leonardo se apartó unos pasos. Tomó la copa de vino, bebió un sorbo, y dejó que el silencio se acomodara entre ellos como una tercera presencia. —Clara Santamaría. Abogada senior, jefa del área penal. Fue mi… socia. Durante mucho tiempo. —¿Y también fuiste algo más? Él la miró. No con culpa, ni vergüenza. Con algo más complejo. Una mezcla de pasado no resuelto y orgullo herido. —Sí. Valentina sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies. Se maldijo por sentir celos de una historia que ni siquiera era suya. Pero ahí estaba. Esa punzada incómoda en el pecho. —¿Fue ella quien te traicionó? —preguntó sin pensarlo. Leonardo arqueó una ceja. —¿Y por qué crees que hubo una traición? —Porque hay algo en tus ojos. Esa forma en la que miras a todos… como si esperaras que algún día también te fallaran. Hubo un silencio denso. Él dejó la copa en el escritorio y se acercó a ella, pero esta vez no con intención de besarla. La estudió, como si intentara descifrar quién era en realidad esa mujer que se atrevía a leerlo como si fuera un libro abierto. —No deberías estar aquí —dijo con voz baja—. Esta firma es un campo minado. Y tú… tú no sabes en lo que te estás metiendo. —Tampoco tú —replicó ella, alzando la barbilla. Él sonrió, apenas. —Eres peligrosa, Ríos. Por eso te contraté. —¿Qué…? —No fue un error. Yo pedí tu hoja de vida. Sabía quién eras desde antes de que pisaras este edificio. Valentina retrocedió un paso. Su corazón empezó a latir con fuerza. —¿Por qué? —Porque hace cinco años, defendiste a una mujer que se enfrentó a una multinacional corrupta. Tenías veintiún años, y te enfrentaste sola a un equipo de abogados como el mío. Y ganaste. —¿Estás… espiándome? —Estoy reclutando talento. Y tú, Valentina, no eres cualquier asistente. Estás aquí por una razón más grande de lo que crees. --- Esa noche, Valentina no pudo dormir. Tenía demasiadas preguntas y ninguna respuesta. ¿Por qué un hombre como Leonardo Estrada, con toda su fama y poder, necesitaba a alguien como ella? ¿Qué había en esa firma que olía a pólvora? ¿Y por qué sentía que, desde aquel beso, ya no podría salir ilesa? A la mañana siguiente, entró a la oficina con una sonrisa ensayada y el corazón blindado. —Ríos, conmigo —ordenó Leonardo desde su despacho. Entró. Él estaba frente a la ventana, con la ciudad a sus pies. Se giró lentamente. —Hoy te necesito en una reunión delicada. Vas a tomar notas y no vas a abrir la boca, ¿entendido? —¿Delicada cómo? —Políticos. Contratos. Dinero. Gente que sonríe mientras te clava el puñal por la espalda. —¿Y yo qué tengo que ver con todo eso? —Tú eres mis ojos. Quiero que observes cada gesto, cada palabra. Me digas quién miente, quién duda, quién actúa. —¿Y si me equivoco? —Entonces tendré una excusa para verte más seguido. Valentina enrojeció, pero no dijo nada. --- La reunión fue tensa. Tres hombres de traje gris, con relojes carísimos y sonrisas de serpiente. Hablaban con amabilidad, pero en el aire flotaba algo más oscuro. Corrupción disfrazada de legalidad. Valentina tomó notas. Muchas. Pero también observó. Uno de ellos sudaba más de lo normal. Otro no dejaba de mirar su reloj. Y el tercero… el tercero la miraba a ella, con una sonrisa que le dio escalofríos. Cuando salieron, Leonardo la llevó directamente a su despacho privado. Cerró la puerta. —¿Qué viste? —El del medio… está ocultando algo. Sudaba cada vez que hablaban de las licitaciones públicas. El más joven evitaba mirarte a los ojos cuando hablaban de plazos. Y el tercero… ese tipo me miró como si ya supiera algo sobre mí. Leonardo la miró con una intensidad nueva. Más profunda. Como si acabara de confirmar algo que llevaba tiempo sospechando. —Eres mejor de lo que pensé. —¿Puedo hacerte una pregunta ahora? —Una. —¿Qué es realmente esta firma, Leonardo? Porque no es solo una oficina de abogados, ¿verdad? Él la miró, y por primera vez desde que lo conocía, bajó la guardia. Sus hombros se relajaron. Su voz se volvió más grave. —Esta firma es un escudo. Y también una espada. Protege a los poderosos y ataca a los que se cruzan en su camino. Yo la construí para cambiar eso. Pero cada día siento que me estoy convirtiendo en lo que juré destruir. —¿Y yo qué papel tengo en ese juego? Él se acercó. Lentamente. Como si cada paso fuera una decisión. —Tú eres el único elemento que no puedo controlar. Se quedaron en silencio. A centímetros. La tensión era eléctrica. Y entonces, con una delicadeza inesperada, él le acarició la mejilla. —Dime que me detenga —susurró. Pero ella no dijo nada. Y él volvió a besarla. Esta vez fue distinto. No fue una explosión. Fue fuego lento. Fue deseo contenido, miedo y ternura, todo al mismo tiempo. Fue como si, por un momento, dejaran de existir los secretos, los juicios y las amenazas. Pero ese instante se rompió cuando el celular de Valentina vibró. Era un mensaje de un número desconocido. “Aléjate de Estrada. O terminarás como Clara.” Ella lo leyó. Él notó su cambio de expresión. —¿Qué pasa? Ella levantó el celular para mostrárselo. Pero antes de que pudiera hacerlo, la pantalla se apagó. El mensaje desapareció. Y el juego… acababa de comenzar.
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