La mañana se abrió paso con una luz grisácea que apenas iluminaba la ciudad. Lloviznaba. Esas gotas finas que no hacen ruido al caer pero se cuelan por todas partes, colándose también en los pensamientos de Valentina mientras observaba el cielo desde la ventana de su pequeño apartamento.
Había dormido poco. O, más bien, había cerrado los ojos, pero su mente no descansó. El beso seguía ahí, presente en sus labios, como una huella imborrable. Pero también lo estaba el mensaje. Ese mensaje que desapareció tan rápido como llegó, dejando tras de sí más preguntas que certezas.
“Aléjate de Estrada. O terminarás como Clara.”
¿Quién lo había enviado? ¿Cómo habían conseguido su número? Y sobre todo... ¿qué le había pasado exactamente a Clara?
Frente al espejo, intentó domar su cabello aún húmedo por la ducha, mientras su reflejo le devolvía una mirada distinta. Más alerta. Más inquisitiva. Como si ya no fuera la misma Valentina que había llegado a esa firma solo unos días atrás, esperando aprender, escalar, hacerse un nombre. Ahora todo era más denso, más oscuro… más íntimo.
Tomó su bolso, respiró hondo y salió al mundo exterior. La ciudad la recibió con su habitual caos: el tráfico, las bocinas, la gente apurada… y, sin embargo, ella sentía que su mundo se había desacelerado. Como si caminara en medio de una película, en cámara lenta.
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Al llegar a la oficina, el ambiente tenía algo distinto. Más tenso, más… expectante. Como si todos supieran que algo se estaba gestando pero nadie se atreviera a hablar de ello.
—Buenos días, doctora Ríos —saludó Amalia, la secretaria de recepción, con una sonrisa amable, pero con los ojos cargados de curiosidad.
—Buenos días —respondió Valentina, sin detenerse demasiado.
Mientras avanzaba por el pasillo principal, notó que algunas cabezas se giraban. Disimuladamente. Como si fuera una figura que ya despertaba rumores. ¿Lo sabían? ¿Habían oído algo? ¿O simplemente era su paranoia jugando con ella?
Se detuvo frente a la puerta del despacho de Leonardo. Dudó un segundo. Sabía que estaba ahí, lo presentía. Ese vínculo invisible que los había envuelto la noche anterior seguía vibrando en su pecho.
Pero, en lugar de tocar, se giró y fue directo a su cubículo. Necesitaba tiempo. Espacio. Ordenar sus ideas antes de enfrentarlo de nuevo.
Encendió el computador, sacó su libreta de apuntes, y justo cuando comenzaba a repasar los detalles de la reunión del día anterior, un sobre manila apareció sobre su escritorio. Sin remitente. Sin sello. Solo su nombre, escrito en tinta negra:
Valentina Ríos. Confidencial.
Sintió cómo se le erizaba la piel. Miró alrededor. Nadie parecía haberlo dejado ahí. ¿Cuánto tiempo llevaba ese sobre frente a ella sin que lo notara?
Lo abrió con cuidado. Dentro, varios documentos impresos. Fotografías. Y, en la última hoja, una línea escrita a mano:
“Clara Santamaría no renunció. La obligaron.”
Su respiración se detuvo por un segundo.
Las fotos eran nítidas. Clara, reunida con hombres de rostro borroso, visiblemente alterada en algunas imágenes. En una de ellas, parecía discutir con Leonardo. Otra mostraba una escena mucho más comprometedora: Clara entregando un sobre a un funcionario del gobierno.
Valentina tragó saliva. Todo su cuerpo entró en alerta.
—¿Todo bien, doctora? —preguntó una voz a su espalda.
Giró rápidamente. Era Samuel, uno de los practicantes. Su rostro era amable, inofensivo. Pero en ese momento, todos le parecían sospechosos.
—Sí. Solo… algo que revisaré más tarde —respondió, cerrando el sobre y guardándolo en su bolso.
—El doctor Estrada preguntó por usted. Está en su oficina.
Asintió y se levantó, pero esta vez, cada paso hacia ese despacho se sintió más pesado. El aire parecía más denso. Como si el techo descendiera poco a poco.
Tocó dos veces. Una voz grave le dio paso.
—Adelante.
Entró. Él estaba de pie, frente al ventanal, mirando la ciudad como si quisiera controlarla con la mente.
—Cerraste la puerta anoche sin despedirte —dijo, sin girarse.
—No sabía si debía quedarme.
Leonardo se volteó. La miró. No con deseo, como la noche anterior, sino con una seriedad que le marcaba el rostro.
—Alguien te escribió. ¿Lo viste?
Ella dudó un segundo. ¿Confiaba en él?
—Sí. Me dijeron que me alejara de ti. Que podría terminar como Clara.
Un silencio. Él no fingió sorpresa. Solo apretó la mandíbula.
—Sabía que tarde o temprano lo harían. No pensé que tan rápido.
—¿Qué pasó con Clara, Leonardo?
—No aquí.
Valentina lo miró con recelo.
—¿Entonces dónde?
Él tomó su chaqueta, se acercó, y con voz baja dijo:
—A las siete. El café de la calle 33. No lleves tu celular. No le digas a nadie.
Antes de que ella pudiera responder, él salió primero, dejándola en su oficina con más sombras que respuestas.
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Ese día fue una eternidad. Las horas no pasaban. Los documentos no tenían sentido. Todo estaba teñido por esa sensación de que algo importante estaba por revelarse… o por estallar.
A las seis y media, Valentina salió de la oficina. Sin celular. Con el sobre en su bolso y un millón de pensamientos entre ceja y ceja. Caminó bajo la lluvia suave, sin paraguas, sintiendo cada gota como una advertencia.
Llegó al café. Uno de esos lugares antiguos, con madera oscura y lámparas colgantes. Leonardo ya estaba ahí, sentado en una mesa del fondo, con las mangas remangadas y dos cafés humeantes sobre la mesa.
Cuando ella se sentó, él habló sin rodeos.
—Clara fue mi amante, sí. Pero también fue una pieza clave en un caso que nunca debimos tocar. Un caso que involucraba a políticos, contratistas, gente con demasiado poder. Ella quiso ir más allá… y la aplastaron.
—¿Y tú qué hiciste?
—Intenté protegerla. Pero me usaron a mí para callarla. Filtraron fotos nuestras, la acusaron de vender información. Yo… me convertí en su verdugo sin quererlo.
Valentina bajó la mirada. Todo tenía más sentido ahora. Pero también más peligro.
—¿Y ahora quieren hacer lo mismo conmigo?
—No lo permitiré —dijo él, tomando su mano por primera vez, con un gesto que no era de deseo, sino de promesa—. Esta vez no. Aunque eso signifique ir contra todo lo que construí.
El café estaba en silencio. El reloj marcaba las siete y veintitrés.
Y afuera… alguien los observaba desde un coche n***o estacionado frente al local.