Valentina no pudo dormir esa noche.
Las palabras de Leonardo seguían resonando en su cabeza. El café, el contacto de su mano, la mirada culpable que le dedicó al hablar de Clara. Pero más allá de eso… había algo que no cerraba. Algo que faltaba.
Si Clara había sido usada, silenciada, traicionada… ¿dónde estaba ahora? ¿Por qué nadie hablaba de ella en la firma? ¿Por qué su nombre flotaba como un secreto vergonzoso?
---
A la mañana siguiente, Valentina llegó más temprano que de costumbre. El cielo estaba despejado por primera vez en días, pero eso no significaba que el ambiente se hubiera aligerado. Al contrario. Sentía que estaba caminando sobre una cuerda floja, y cualquier paso en falso podía derribarla.
El ascensor subía lento. Muy lento. Y justo antes de llegar al piso de la firma, las puertas se abrieron inesperadamente en el piso inferior. Valentina apenas alzó la mirada, pero al ver quién entraba, su respiración se detuvo.
Clara.
Cambiada. Distinta. Pálida. Más delgada. El cabello más oscuro, como si hubiera intentado pasar desapercibida. Vestía sobria, sin el estilo elegante que la caracterizaba. Parecía un fantasma de lo que fue.
Clara la miró. No sonrió. No saludó. Solo la observó fijamente, con unos ojos cargados de advertencia. No había odio. Tampoco simpatía. Solo… un mensaje no dicho.
El ascensor subió un piso más y se detuvo. Las puertas se abrieron. Clara salió sin decir palabra, como si jamás hubiera estado allí. Como si no existiera.
Valentina dio un paso para seguirla, pero el ascensor se cerró de inmediato.
---
En su escritorio, apenas podía concentrarse. Releyó los documentos del misterioso sobre al menos tres veces, buscando alguna pista que la conectara con lo que acababa de vivir. La imagen de Clara, tan real y tan rota, no dejaba de golpearla.
A media mañana, una nota manuscrita apareció pegada bajo su teclado:
“Archivo 711 - piso 10. 12:45 p.m. Sola.”
Sin firma. Sin explicación.
Valentina miró el reloj. Faltaba una hora y media. Y, de repente, el tiempo comenzó a correr con más lentitud que nunca.
---
A las 12:43 estaba allí. El piso 10 era poco transitado. El área de archivos viejos, donde casi nadie subía a menos que tuviera una orden específica. La luz era tenue. Las estanterías de metal crujían al mínimo movimiento. Se sentía como entrar a un túnel del pasado.
Cuando llegó al archivo 711, la encontró allí. Clara. De pie, esperando.
—Sabía que vendrías —dijo, sin preámbulos.
Valentina se mantuvo alerta. Su corazón latía como un tambor.
—¿Fuiste tú quien dejó el sobre?
Clara negó lentamente con la cabeza.
—No. Pero sé quién lo hizo.
—¿Por qué me estás ayudando?
Clara la observó con esa mezcla de tristeza y cansancio que solo tienen quienes ya lo han perdido todo.
—Porque no quiero que termines como yo.
Valentina tragó saliva.
—¿Qué te hicieron?
—Me usaron. Me hicieron creer que podía cambiar las cosas desde adentro. Que podía denunciar irregularidades y ser parte de la solución. Pero cuando las pruebas comenzaron a apuntar hacia personas con poder… me cortaron las alas. Leonardo intentó protegerme, pero él también tenía sus demonios. Al final, todos nos traicionamos un poco.
—¿Y qué estás haciendo aquí? Pensé que te habían despedido.
—No oficialmente. Me relegaron. Me “invitaron” a tomar una licencia médica. Volví hace unos días… pero ya no soy nadie aquí. Nadie me ve. Nadie me habla.
Valentina dio un paso hacia ella.
—¿Por qué me vigilan?
—Porque eres nueva. Inteligente. Cercana a Leonardo. Eso te convierte en una amenaza… y en una ficha útil. No confíes en nadie.
—¿Ni siquiera en él?
Clara la miró largamente, luego bajó la mirada.
—Él… te quiere. Eso es evidente. Pero también está atrapado. Y cuando alguien se siente acorralado… puede hacer cosas impensables.
El sonido de una puerta lejana hizo que ambas se sobresaltaran.
—Vete —susurró Clara—. No me viste. No hablamos.
Y desapareció entre las sombras del archivo como un espectro que vuelve al silencio.
---
Cuando Valentina regresó a su oficina, Leonardo la esperaba, recostado contra la puerta.
—Te estaba buscando —dijo con voz baja.
—Salí a almorzar sola.
Él se acercó, notando su tensión. La tomó suavemente del brazo.
—Valentina, necesito que confíes en mí.
Ella lo miró. Por primera vez, no supo si podía.
—¿Fuiste tú quien me dejó ese sobre?
—No. Pero sé que ya lo leíste todo.
—Y hoy vi a Clara.
La expresión de Leonardo se endureció.
—¿Te habló?
—Sí. Y no confía en ti.
—Ella está rota, Valentina. Todo lo que vivió la convirtió en alguien desconfiada. Yo cometí errores. Pero no estoy dispuesto a cometerlos contigo.
Hubo un silencio denso. El aire parecía cargado de verdades a punto de explotar.
—¿Qué somos tú y yo, Leonardo?
Él no dudó.
—Un error… que quiero volver a cometer.
Y la besó.
Pero esta vez, el beso no fue un impulso. Fue una promesa. Un riesgo. Un salto al vacío.
Y, mientras se fundían en ese instante íntimo, alguien, desde una cámara oculta en el techo de la oficina, los observaba.