SIETE

1094 Words
Me invitó a entrar en la habitación, dejándome asombrada por el espacio que sería mío en el resto de la carrera universitaria. Incluso tenía la posibilidad de recuperar hobbies perdidos debido al poco espacio que tenía. Caminé por los armarios y el escritorio, notando que estaban recién limpiados y todo bien organizado, como si tratase de hacerme sentir cómoda, sin muchas cosas. La cama era espaciosa, casi me sentía sola por tanto, pero me agradaba, ya que tenía la oportunidad de dormir más cómoda y si llegaba el caso de que Aisha quisiese dormir conmigo, ya no tendríamos que estar apretadas. Y la vista, no podía decir lo hermosa que era la ciudad de ese modo. Podía quedarme ahí simplemente contemplando el paisaje, al igual que el dueño del lugar, sin cansarme. —¿Te... —me giré en ese momento, para ver al señor Harvey, pero al parecer se había acercado demasiado que casi choqué con él—... gustó? —terminó, mirándome por unos segundos en silencio, al igual que yo, como si me hubiese hipnotizado. —Es muy bonita —tragué saliva y eso pareció traerlo a la realidad de nuevo. —Yo... no sabía como decorar tu habitación, así que fue lo más neutral posible, espero que te guste, igualmente tienes toda la libertad de hacer los cambios que desees, no hay ningún problema. Solo le avisas a mi hija y ya está, o directamente a mi, si deseas. —Si, por supuesto —sonreí mientras me separaba, para no hacerle creer que algo estaba pasando. Él era un hombre mayor que me estaba dando posada y además era la mejor amiga de su hija, no iba a permitir que pensara cosas raras de primera mano. —La habitación contigua es la mía, la diagonal es la de Aisha, le sigue el baño y por consiguiente, mi estudio. Puedes encontrarme ahí si necesitas cualquier cosa, o en mi habitación, aunque no suelo estar mucho tiempo allí —explicó señalando los lugares y primero me mostró su habitación, donde un espacio mucho más grande que el mío y el de Aisha, ocupaba unas pocas cosas; una cama doble demasiado grande para el solo, escritorio, un pequeño sofá, cine en casa, tocador, baño y armario privado. Además de una vista casi de 190° grados por el ventanal. Algo muy grande para el solito, necesitaba compañía. La habitación de mi amiga era como la mía, pero mucho más decorada, con fotografías por doquier, pinturas, cajas y adornos. Ella amaba el color amarillo y los girasoles, por lo que la mayoría de cosas eran así. El baño tenía una tina y me emocioné por probarla. La habitación contigua era un estudio, que ocupaba media habitación mía, además de que estaba pegada a la cocina. Tenía demasiados libros, pero estaban las cosas en orden y limpio, como si ese hombre no pusiera un dedo allí en toda la semana. ¿Era un adicto al orden o contrataba a alguien? Probablemente lo averiguaría después. —Perdón la tardanza, salí a comprar algo de comer, me moría de hambre —dijo Aisha apareciendo de repente con dos bolsas. Me tendió una—. Come algo e intenta poner orden a tus cosas, seguiré subiendo mi cosas —le dió la otra a su padre y se marchó. No había tenido tiempo de darle las gracias, por lo que me alejé del señor Harvey, sabiendo que sus ojos tentarian. Levanté inocentemente mi camisa, dejando a simple vista mi espalda y trasero, los cuales estaban ajustados por el pantalón tiro alto. Una mujer no buscaba que la miraran por como vestía, pero yo me estaba muriendo por que él lo hiciera y no sé perdiera de nada. Que me llevara al infierno. ••• Después de que el señor Harvey se ofreciera a ayudar a Aisha con las cajas y de pedirme que vigilara la puerta, aunque no hubiese ni un alma en el pasillo, llegó la hora de la cena y el pelinegro decidió meterse a la cocina, mientras yo hacía un poco de orden, ya que tenía que salir en la mañana a hacer papales para el traslado, los horarios y demás cosas que necesitaba. Cosas que Aisha no tenía que hacer, ya que su madre lo iba a hacer, viajando estúpidamente desde allá, pero no dejó que le dijeran que no. Sentía que ocultaba algo, pero traté de no poner atención. Probablemente solo era por su divorcio. —Aisha no me dijo que cocinaba tan delicioso, señor Harvey —comenté en medio de la comida, luego de que él nos sirviera lasaña que había guardado en el horno. Incluso después de haberla recalentado, sabía delicioso. Sonrió agradecido, dejando un poco de vergüenza en su rostro. Se veía muy guapo. —¡Es verdad!, mi papi es el mejor cocinero del mundo. Nadie se compara con su sazón, es como un amo de casa —presumió mi amiga, abrazando a su papá. Eso pareció gustarle y más, se le veía feliz por tener a su hija. Estaba segura de que le hacía mucha falta. —Ya no tengo dudas —la señalé con el tenedor y sonrió feliz. —Ambas son muy amables, fue con todo el cariño. Me alegra que haya valido la pena, falté al trabajo por esto —comentó el mayor. —¿Viste?, es un adicto —me miró y apuntó el cubierto hacia su papá, quien la miró con diversión. —No es así, estando solo es complicado querer estar en un lugar tan grande sin nadie. Prefiero mantener la cabeza ocupada, además ya me acostumbré. Ya me intentaron volver CEO tres veces. Abrí la boca sorprendida. —¿Y por que no acepta, señor Harvey?, ¿no se supone que es una gran oportunidad? —Parece como si lo desperdiciara, ¿cierto?, pero ser el presidente de una empresa es una gran responsabilidad que amerita mucho tiempo que debo tomar hasta de mi vida personal. No veo a mis hijos seguido, aceptar esas propuestas me evitaría verlos y no deseo eso. Además, amo mi trabajo, no es tan diferente al del CEO. —Aww —dije mirando a mi amiga, quien también hizo lo mismo. Eso había sido muy tierno. Que hombre. —Me alegra mucho que mi hija por fin este viviendo conmigo. —Lo sé, papi —se abrazaron muy cariñosamente. Y cuando me dieron ganas de participar también, Aisha me invitó al abrazo, lo cual le causó gracia al señor Harvey, ya que lo estrujamos fuerte.
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