JULIETA HERRERA.
Sale de mí y me invade esa misma nada de siempre, un hueco frío que ya no me sorprende. Lo de Tommy y yo se ha reducido a un trámite: sexo sin alma, repetitivo, torpe en su rutina, tan predecible que podría hacerlo con los ojos cerrados. No hay chispa, no hay vértigo, solo el peso de un hábito que no sé por qué mantengo. Y en instantes como este, ni siquiera me molesto en buscarle sentido.
Se deja caer a un lado de la cama, con esa expresión de autosuficiencia que me irrita, como si creyera que lo que acaba de hacer fuese digno de aplausos… cuando en realidad ni siquiera se acercó a lograrlo. Prendo un cigarro sin pensarlo demasiado, dejando que el humo me llene los pulmones en busca de un mínimo alivio a esta frustración corrosiva. Ni siquiera eso funciona; todo sigue oliendo a mediocridad.
Tommy Deveraux: de descendencia francesa, riquillo, capitán del equipo, el chico dorado, el deportista que todos idolatran… y, al mismo tiempo, un idiota arrogante convencido de que el mundo gira a su alrededor. Estar con él es mi boleto a cierta visibilidad en este asqueroso juego social, algo que jamás tuve. En la preparatoria fui un fantasma, una presencia tan invisible que ni una mirada casual me alcanzaba. Esa indiferencia me devoró por dentro, me hizo sentir como si no existiera. Ahora, en la universidad, me juré que no volvería a ser una sombra. Detesto esa sensación de ser un cero a la izquierda, tan irrelevante como un insecto al que ni siquiera vale la pena aplastar.
—¡Te he dicho mil veces que no soporto que fumes! ¡Apágalo ya! — Su voz intenta sonar autoritaria, pero se quiebra en el intento. Lo único que provoca en mí es una sonrisa cargada de desprecio. Sabe que no tiene poder alguno sobre mí… y yo me encargo de recordárselo cada segundo.
—Ven y quítamelo tú, si te atreves.— contesto con una calma envenenada, clavándole la mirada sin parpadear, buscando esa chispa que haga saltar su paciencia. No me importa qué pueda pasar después; lo único que quiero es verlo perder el control.
—Eres una maldita con la lengua demasiado larga… — se levanta de golpe, ofendido, y sus pasos cortos y decididos retumban sobre el suelo mientras se aproxima. La tensión se espesa en el aire. Sus ojos, encendidos de furia, me atraviesan, pero yo sigo inmóvil, como si la amenaza misma fuera un reto que estoy deseando aceptar.
Levanto una ceja y llevo el cigarro a mis labios, aspirando con calma antes de soltar el humo en una lenta exhalación que dibujo justo frente a su rostro, como si quisiera envolverlo en mi desafío. Cruzo las piernas con una parsimonia insolente, observándolo acercarse, consciente de que su rabia crece con cada segundo.
Su expresión se tensa, la mandíbula marcada por la ira. De pronto, me arrebata el cigarro con un movimiento brusco y lo aplasta contra el suelo como si así pudiera borrar mi actitud. No entiende que ese gesto solo me provoca. Cree tener la situación bajo control, sin darse cuenta de que la cuerda de mi paciencia está a punto de romperse.
—¿Acaso no entiendes cuando te hablan, perra? — escupe, empujándome del hombro en un intento de imponer autoridad. Su mano choca contra mí, pero mi cuerpo ni se inclina; permanezco firme, inamovible, mirándolo con un desprecio que arde más que cualquier golpe.
El empujón que me da después me toma por sorpresa, pero no por mucho; mi espalda golpea el suelo y el frío del piso se cuela por mis manos cuando intento amortiguar la caída. Caigo junto a mi ropa. Error garrafal. Sin pensarlo, estiro la pierna y le barro los pies. Su cuerpo pierde el equilibrio y se desploma de espaldas; el golpe seco de su cabeza contra el suelo retumba como un tambor sordo en la habitación.
Ya estoy encima de él antes de que pueda reaccionar. Mis dedos ya encontraron la navaja en el bolsillo de mi pantalón y, con un giro preciso, la hoja reluce justo frente a sus ojos antes de posarse contra su cuello. Un pequeño movimiento bastaría para abrirle la piel de lado a lado. El terror se dibuja en su cara como una pintura maldita: pupilas dilatadas, mandíbula tensa, incredulidad total.
— No soy sorda, pedazo de mierda. Simplemente no me da la gana obedecerte — digo sin parpadear, presionando apenas lo suficiente para que el acero le muerda la carne. Un hilo rojo empieza a resbalar por su piel. — Nunca toques la cola de un perro sin saber si muerde.
Él intenta aparentar dureza, pero la voz lo traiciona.
— ¡Estás loca! Ni creas que voy a seguir contigo. Lo de nosotros se terminó — ladra, moviendo las manos para liberarse. Le basta un solo intento para entender que no tiene escapatoria.
— ¿Seguir contigo? — arqueo una ceja, con un deje burlón en la voz. — ¿Cuándo hubo un “nosotros”, Tommy? No me hagas reír. Y, para colmo, ni siquiera sabes follar… maldito precoz.
Su cara pasa del rojo furioso al blanco pálido, y después a un tono enfermizo que me provoca una carcajada silenciosa. Está acorralado, como un animal al que le arrancaron las garras.
Me levanto sin apartar la mirada, manteniendo el cuchillo en alto. Él queda sentado en el suelo, inmóvil, como si supiera que el más mínimo movimiento podría sellar su destino. Toda esa fachada de músculo se derrumba en un segundo: sólo un cobarde con cuerpo de gimnasio, incapaz de enfrentar el verdadero peligro.
— ¡Tú y tu maldita familia están enfermos! — escupe, con más miedo que rabia.
No pienso; actúo. Clavo la hoja en su pierna, y el chillido que suelta me atraviesa como un regalo exquisito. El sonido de su dolor me llena de una satisfacción cruda, tan intensa que casi me arranca una sonrisa.
— Agradece que no te arranco la lengua — murmuro, saboreando el temblor en su respiración antes de sacar el puñal y darle la espalda.
Avanzo por el pasillo sin ropa, sin apuro, como si no acabara de dejar a un hombre agonizando por mi culpa. Mis pasos son tranquilos, casi despreocupados, mientras cada fibra de mi cuerpo ignora el hecho de que su vida se escurre en el suelo. Me visto con calma, pieza por pieza, sin mirar atrás. Él sigue ahí, encogido, jadeando entre espasmos, intentando contener una hemorragia que no tiene remedio.
—¡¡¡MALDITA... JULIETA!!! ¡¡¡ME ESTOY MURIENDO!!!
Mis labios se curvan apenas, una sonrisa que es más burla que compasión. Salgo de la casa de la hermandad, recibiendo saludos como si nada, todos ajenos a que, en el piso de arriba, su capitán llora como un niño. Ya me odiarán después… aunque no durará. Solo estará fuera de juego un tiempo. Y, francamente, me importa poco.
Regreso a la habitación del campus donde paso las semanas. Un lugar sin personalidad, paredes desnudas, sin fotos ni recuerdos. Un sitio tan simple como la imagen que proyecto al mundo. Me deshago del enredo en mi cabello corto y rubio, y el olor de Tommy me golpea otra vez. Me provoca náusea. Voy directo a la ducha, dejando que el agua tibia me recorra, intentando borrar cualquier rastro de él. No funciona.
El espejo me devuelve esos ojos verdes que siempre ocultan un filo de demencia. La piel blanca, impecable para cualquiera que me mire, es un disfraz que cubre cicatrices invisibles, huellas que no desaparecen aunque ya no se vean. Toda esta belleza que nunca pedí… ha sido mi condena.
"¿Quieres jugar otra vez con papá? No le contaremos nada a mamá, será nuestro secreto."
La voz de aquel hombre que osó llamarse mi padre se cuela sin permiso en mi cabeza. El asco me retuerce las entrañas y la bilis me sube sin aviso. Lo de anoche fue mucho alcohol, más del que debería haber aguantado, pero aun así llegué entera a casa de ese imbécil. Nunca había vomitado por una resaca, y sé que no es por el licor. Es él. Siempre es él. Cada vez que su recuerdo asoma, mi cuerpo reacciona como si su veneno siguiera vivo en mi sangre.
Me pongo un camisón y enciendo un cigarrillo. La puerta se abre de golpe. Tania, mi vecina de cuarto, entra alterada. No necesito que diga nada; su cara lo grita.
—¡Por Dios, Jul! ¿En qué mierda estabas pensando? Todo el campus sabe lo que hiciste.
—Imagino que también saben por qué —respondo, sacando unas fotos de mi cajón y dejándolas caer sobre la cama.
—¡Puedes perder la beca! El decano te está buscando —insiste, como si sus palabras fueran a asustarme.
—Siempre exageras —replico, desplegando las imágenes con calma.
Revolcarme con el jefe de policía tiene sus ventajas. Tengo acceso al expediente más a fondo que cualquiera de mis compañeros, que apenas han visto migajas.
Soy buena en lo que hago. La carrera de ciencias forenses me queda como un guante, y uno de nuestros estudios más largos es el del llamado “Asesino de los pasos”. Un apodo patético para alguien con semejante precisión. Yo prefiero llamarlo “El Coleccionista”.
Doce fotos. Doce escenas que tengo frente a mí. Ninguna es simple asesinato; hay pasión, hay método… hay arte.
Foto uno: un sótano húmedo, piso corroído por ácido, un pie suspendido de un alambre. Su firma: el número 1, marcado con mucha exactitud.
Foto tres: un pie atrapado entre ramas bajo un río turbio, hinchado por el agua, pero con el número intacto, como un sello eterno.
Las demás son igual de impecables: un taller mecánico con metal derretido; una tina de motel deshecha por químicos; un matadero con ganchos oxidados y piel pegada. No hay improvisación. Hay control absoluto.
Y entonces, la última: un sótano limpio, herramientas ordenadas, el pie de la víctima sobre la mesa como si fuera una pieza de colección. La número 12.
Su evolución es perfecta. Es un artista.
Y yo… no puedo dejar de admirarlo.