SAMUEL.
Me abalanzo sobre ella sin clemencia, penetrando cada rincón con una furia que no admite pausa ni resistencia. Su melena se enreda en mi puño, tirante, como un lazo que me da el poder absoluto. Cada movimiento es la marca de mi dominio, la afirmación de que su carne no es más que arcilla en mis manos. El impulso crece, se enciende, hasta arder con una fuerza que devora todo rastro de cordura.
—Sam… me duele… —su voz tiembla, quebrada, pero no cedo. Sus palabras se disuelven contra el eco de mis embestidas, y yo sigo, hundiéndome en su carne con un hambre oscura, aferrado a ella como si fuera lo único que me pertenece. Esta vez mis dedos se deslizan hacia su cuello, ciñéndose con firmeza, cada presión más fuerte, cada jadeo un paso más cerca del final.
—¡Samuel, maldición! —su grito estalla entrecortado, su cuerpo se inclina de golpe hacia adelante, rompiendo el compás, escapando de mis manos. En un instante brusco me pierde, expulsándome de su interior con una violencia inesperada.
Un rugido áspero se me escapa al sentir cómo el éxtasis se quiebra de golpe, arrancado de mí con violencia. La rabia hierve en mis venas, nublándome la mirada, convirtiendo todo en un velo oscuro y sofocante. Ella me mira con pánico, los ojos dilatados, la respiración rota, como si buscara un escape que no existe, hasta que su espalda se estrella contra el cabecero.
No me muevo hacia ella. No hace falta. Ya no la necesito para acabar lo que desató en mí.
El aire me quema en los pulmones mientras mi mano se aferra a mi erección, exigiendo por mí mismo lo que me fue negado. El ritmo se intensifica, salvaje, hasta que la presión contenida me arrastra sin piedad. Un sonido gutural se rompe en mi garganta cuando el clímax estalla, derramando mi esencia sobre las sábanas, dejando mi huella entre los dos.
Sus ojos permanecen fijos en mí. Y ese desafío silencioso… me enciende.
—Gracias por nada, porque lo tuyo fue más decepción que placer —escupo con voz gélida, despojada de todo rastro de emoción, como si lo ocurrido no hubiera tenido peso alguno. Y en realidad, no lo tuvo.
Me doy la vuelta sin dignarme a mirarla, aunque la vibración de su sorpresa y ese leve temblor de miedo mezclado con lagrimas me alcanzan. No me detengo. No merecen mi atención.
Natasha no es más que un recurso, un cuerpo al que recurro cuando me place y abandono cuando ya no lo necesito. Y lo entiende. Siempre lo ha entendido.
Aunque últimamente insiste en creerse algo distinto, como si pudiera trascender el papel que le he asignado. Se aferra a la ilusión de que podría significar algo para mí. Pero tarde o temprano, termino poniéndola en su sitio.
Las relaciones amorosas no son más que un juego tedioso, una cadena disfrazada de promesas vacías. Para mí, representan debilidad, distracción y pérdida de control. Solo los ingenuos buscan refugio en esas farsas para ocultar sus carencias. Yo no necesito afecto, ni ternura, ni esa absurda dependencia que llaman amor. Lo más probable es que jamás lo haya sentido.
Mi cuerpo está hecho de hierro y vacío; no existe rincón en él que pueda albergar ternura o afecto. Los sentimentalismos son lastres, cadenas invisibles que no estoy dispuesto a cargar. Lo único que late en mí es la furia que me consume, ese fuego corrosivo que me recuerda que sigo vivo. Y cuando la ira se calma, solo queda el deseo: crudo, inmediato, fugaz. Carne contra carne, un ciclo repetitivo de dominio y liberación. Nada más. Nada que me debilite. Nada que me haga humano.
Mis gustos no son caprichos, son leyes grabadas en mi piel. El dolor, la obediencia, el sometimiento… cada uno es un lenguaje que solo yo dicto y que solo se pronuncia bajo mis reglas. No existe el “no”, no existe la duda: todo se somete al filo de mi voluntad.
Natasha lo comprende, aunque a veces pretenda olvidarlo. Tal vez por eso se ha ocultado en este momento, como una presa que intuye que el depredador aún tiene hambre. Quizás cree que mi silencio es furia, que interrumpir mi goce fue un error demasiado caro.
La verdad es distinta. Para que algo despierte mi furia, primero tendría que significar algo para mí. Y, por desgracia para ella, no lo hace.
Natasha carece de singularidad. No es única, no es distinta. Es solo otra pieza en mi terreno, un instrumento con un uso preciso, con un rol que ya está marcado. Nada más. Nada nuevo.
Entro a la ducha sin demora, permitiendo que el agua borre los residuos del contacto. El espejo se empaña, pero mis pensamientos permanecen nítidos, imperturbables.
Reviso mi piel con las yemas de los dedos, recorriendo cada huella, cada cicatriz que me recuerda lo que fui obligado a soportar. Son memorias grabadas a fuego, lecciones escritas en dolor. Viejas torturas, de otra época… y aun así permanecen incrustadas en mí.
Rememorarlas no sirve de nada. No hay utilidad en abrir esas heridas. Nada cambia.
Y aun así, mi mente se empeña en hundirme de nuevo en ese abismo del que nunca logré salir.
"Eres un niño tan delicioso… no hagas ruido, y no tendré que ser cruel contigo"
El golpe resuena en el baño como un eco brutal de mi rabia contenida. El vidrio cede bajo mi mano, estallando en fragmentos que caen como lluvia afilada a mi alrededor. Algunos pedazos se hunden en mi piel, pero apenas los noto. La sangre se mezcla con el agua, creando un río carmesí que gira lentamente antes de desaparecer por el desagüe.
No hay reacción. Ni un gesto, ni un estremecimiento. Nada.
Hace años que me convertí en un cascarón vacío. El dolor dejó de ser un aviso, dejó de ser un límite. Lo olvidé, como si nunca hubiera existido. Al igual que la tristeza, al igual que las lágrimas.
Estoy aquí, vivo, respirando… pero por dentro, hace tiempo que dejé de ser humano.
Desde que su presencia dejó de ser una condena, desde que escapé de aquella mujer que tuve la desgracia de llamar madre, mi vida se convirtió en una huida perpetua. Su sombra aún me persigue, como un recordatorio de que las heridas no desaparecen aunque la carne cicatrice.
Pasé de un hogar de paso a otro, sin conocer jamás lo que significaba tener un refugio verdadero, alguien que me cubriera la espalda. Crecí rodeado de abandono y desdén, forjado en la convicción de que en este mundo solo sobreviven los que aprenden a ser más duros que el dolor. Pero yo no estaba dispuesto únicamente a sobrevivir… yo ansiaba imponerme.
Me juré ascender más allá de lo que cualquiera hubiera sospechado. No sería un fantasma condenado a vagar entre la multitud. A base de disciplina terminé la universidad mientras servía en el ejército. Allí descubrí verdades que ningún libro se atreve a enseñar: cómo moverse en silencio, cómo descifrar miradas, cómo arrebatar lo que deseas sin dejar rastro.
Fue entonces cuando comprendí que el verdadero poder no residía en la violencia ni en el estruendo de las armas, sino en aquello invisible que las mueve: la información. Con ese conocimiento levanté BlackCore Security, una fachada de empresa privada de seguridad e inteligencia que, en realidad, es mucho más. Mientras el mundo nos aplaude como guardianes de los poderosos, yo soy quien tira de los hilos desde la penumbra. Controlamos flujos de datos, manipulamos mercados, torcemos destinos. Presidentes y magnates pagan sumas obscenas para que los mantengamos intactos, sin sospechar que en mis manos descansa tanto su resguardo… como su ruina.
Llegar hasta este punto no fue un accidente. Tuve que arrancar de raíz todo lo que me frenaba, aprender que la compasión es un lujo inútil y que la fidelidad solo se sostiene mientras haya un precio de por medio. Hoy, cada firma estampada, cada acuerdo cerrado, no es más que otro movimiento dentro del tablero que controlo. Aquí no hay términos medios: o eres depredador o eres presa, y yo hace tiempo marqué mi elección.
En ocasiones no tengo más remedio que aparecer en esos banquetes y recepciones que me provocan un tedio insoportable. Caras sonrientes, manos que se estrechan sin convicción, discursos que huelen a mentira. Un escenario donde desempeño mi papel con precisión.
El mundo necesita creer que soy un pilar, un benefactor, alguien que utiliza su poder para sostener la sociedad. Pura fachada. Una máscara diseñada para mantenerlos ciegos.
Porque tras cada gesto cordial y cada palabra medida late un plan mucho más perverso. Esos encuentros no son simples rutinas sociales: son carnadas. Oportunidades perfectas para elegir a mis próximas víctimas, para marcar a quienes terminarán siendo piezas útiles en mi juego.
Mi poder no se reduce a lo que exhibo ni a lo que los demás alcanzan a sospechar. Los hombres de negocios y los magnates creen conocer las reglas, pero no hacen más que demostrar su ingenuidad. Todos, tarde o temprano, acaban cayendo. Y cuando lo hacen, ya no hay escapatoria.
Soy como un niño perdido en una confitería: rodeado de opciones infinitas, con el poder absoluto de decidir qué quiero y cuándo lo quiero. El quién, el cómo y el cuándo están siempre bajo mi control. No existen límites, solo la satisfacción de la cacería.
Y yo, como depredador paciente, disfruto ese instante previo al movimiento, el goce de saber que la presa aún no lo imagina.
—Sam… —su voz se quiebra mientras me envuelve la mano con una toalla. Su tacto es blando, casi una súplica.—Nunca comprenderé cómo puedes no sentir nada —susurra, aferrando mi mirada como si en ella hubiera respuestas. —Lo siento, Sam… me asusté. Creí que tú ibas a ma…
Una risa amarga amenaza con escaparse.
—Matarte? Si lo hubiera querido, ya habría pasado —murmuro, apartando su mano con la indiferencia de quien arroja algo sin valor. Tomo la toalla y me encargo yo mismo de detener la sangre.
—Lárgate. No te necesito.
Sé que está llorando. El temblor en su respiración, los sollozos contenidos, lo delatan. Pero no necesito verla. Y tampoco me importa. Sus lágrimas son tan insignificantes como ella.
Me acerco al botiquín, limpio las heridas y me visto con la misma frialdad con la que me coloco un traje. Preciso, rápido, sin emoción. Elijo algo sobrio, adecuado para el evento al que debo asistir. Un acto ridículo, rodeado de universitarios privilegiados que creen que el mundo les debe algo. Repugnante, pero necesario.
Hoy me toca entregar un reconocimiento al “estudiante destacado”. Para ellos es dinero, prestigio, un cambio de vida. Para mí, apenas un sobre con billetes sin peso alguno.
En cuestión de minutos estoy listo, salgo, conduzco hacia la universidad. El tráfico es un caos, las bocinas perforan la paciencia que ya tengo desgastada. Llego justo a tiempo, con el ánimo suficiente para fingir interés.
El auditorio está lleno de elogios falsos y sonrisas de utilería. El decano me da la señal. Es mi turno. Finalmente esta farsa tendrá un cierre.
—Este año —declara solemne— el premio recae en alguien que ha demostrado disciplina, talento y excelencia en Ciencias Forenses. Su expediente es impecable, su capacidad analítica, excepcional. Con orgullo invito a Julieta Herrera.
El aplauso estalla. Ella no sonríe. No hay sorpresa en su rostro, ni humildad. Camina con seguridad, como si todo esto fuera solo un trámite inevitable.
Frente a mí, no muestra la sumisión habitual. No baja la mirada. No tiembla. Me sostiene la vista con firmeza. Con arrogancia. Como si yo no significara nada.
Le entrego el cheque y el trofeo. Espero un “gracias”, un gesto mínimo de cortesía. Pero no llega. Toma el cheque con naturalidad y, sin inmutarse, lanza el trofeo al suelo. El golpe resuena, helando el aire del auditorio.
No fue un accidente. No fue descuido. Fue deliberado.
Julieta se acerca al micrófono, el cheque aún en la mano, como si fuera lo único digno de conservar.
—Se supone que los logros deben celebrarse. Que recibir un premio es motivo de emoción. No lo es. Lo merecía, lo trabajé, y era cuestión de tiempo. No necesito aplausos ni agradecimientos por algo que ya era mío. Eso es todo.
El silencio inunda la sala. Pero yo no escucho silencio. Escucho otra cosa: el eco de algo interesante, raro, casi olvidado.
No es falsa modestia. No es insolencia infantil. Es convicción.
Cruzo los brazos y la observo. La mayoría se encoge ante un depredador. O se someten o intentan pelear. Ella no hace ninguna de las dos cosas.
No me teme. Y eso me intriga.
No busca impresionarme. Y eso me irrita.
Para ella, no soy nadie.
Y eso… eso nunca ocurre.