Samuel
El chirrido metálico contra el cabecero me atraviesa los oídos como un disparo, mientras jalo con furia, sin lograr que la maldita cadena ceda.
Me deslizó las esposas frente a mis ojos, se divirtió con su maldito juego y terminó dejándome anclado a mi propia cama como un idiota.
La rabia me endurece la mandíbula hasta hacerla tensarse al límite. No me importa lo que haya tomado, ni que crea que salió victoriosa. Lo que de verdad me consume es que se atrevió a desafiarme en mi espacio, convencida de que puede esfumarse sin pagar el precio.
Suelto un resoplido, mis pulmones queman al llenarse de aire, y la presión en mi pecho es tan asfixiante como el metal que me aprisiona la muñeca. Inhalo profundo, dejo que la furia me dé fuerzas, y vuelvo a torcer la mano contra el grillete. Puedo ver como la piel comienza a desgarrarse, no siento ningun tipo de dolor... nada...asi que
no importa. No es la primera vez que me atan, no es la primera vez que alguien cree que puede controlarme… pero sí será la última que alguien tenga la osadía de intentarlo.
Voy a encontrarla.
Y cuando lo haga, voy a hacerla suplicar, voy a arrancarle cada palabra de perdón de esos labios hasta que entienda lo caro que se paga jugar conmigo.
Tiro de nuevo, con toda la fuerza que me queda, hasta que escucho un crujido seco, desgarrador, cuando el tubo del cabecero finalmente cede. Una chispa de triunfo me recorre. Con un movimiento brusco libero mi mano, aunque el grillete sigue colgando de mi muñeca como un recordatorio de su error.
Me incorporo de inmediato, los músculos tensos, el pulso acelerado golpeando en mis sienes. Recorro la habitación con la mirada hasta los cajones, cada fibra de mi cuerpo ardiendo con ira contenida. Los abro de golpe, uno tras otro, hasta que mis dedos tocan el frío metálico de la llave.
En cuanto me libero, lanzo las esposas al otro lado de la habitación con un ruido seco que retumba en la pared. Mi mandíbula se aprieta, los dientes chirrían.
Ella no lo sabe todavía… pero acaba de declararme la guerra.
—¡Hija de puta!— el grito me desgarra la garganta mientras mis ojos arden de rabia. El cofre donde solía reposar el pequeño zapato de oro yace abierto, despojado, como un cadáver saqueado. El vacío de su interior me golpea más fuerte que cualquier puñetazo recibido en mi vida. Saber que ella se lo llevó solo aviva aún más la furia que me carcome las entrañas.
Aprieto los puños con tanta fuerza que los nudillos crujen, blancos, tensos, como si la piel fuera a reventar. Siento la sangre hervir, cada latido es un golpe seco en las sienes. Ese pequeño objeto no era solo una pieza de oro... era MÍO. Un símbolo, un recuerdo, un fragmento de mi historia. Nunca antes había estado en manos de nadie más, nunca había permitido que alguien lo tocara, ni siquiera rozara su superficie pulida. Y ahora, esa maldita mujer lo tiene.
La imagen de ella sosteniéndolo, profanándolo con sus dedos, me enloquece. Me arde la garganta de tanto contener un rugido que no termina de salir. Esa ladrona no solo me arrebató dinero, ni siquiera solo orgullo… me arrancó algo que jamás debió pertenecerle, algo que guardaba como si fuera una extensión de mi propia carne.
Lo oculté de mi madre durante años, protegiéndolo como si fuera un secreto de sangre. Lo escondí de los miserables bastardos que irrumpían en nuestra casa con el hambre de ratas carroñeras, saqueando lo poco que nos quedaba. Sus manos codiciosas jamás lograron encontrarlo; ninguno entendió jamás el verdadero valor de ese objeto. No era el oro lo que lo hacía único… era la historia que latía en su interior, la marca invisible de que era mío y solo mío.
Y ahora, ella, con descaro y burla, se lo llevó como si fuera cualquier baratija recogida del suelo, como si no importara, como si no estuviera robando un pedazo de mí.
Mi mandíbula se contrae con furia al imaginarla sujetando aquello, creyendo que es solo un trasto más para vender o empeñar. Ignora lo que realmente representa, lo que me costó mantenerlo intacto y oculto. Pero lo sabrá… yo mismo me encargaré de que lo comprenda.
Mis pasos resuenan en la casa vacía mientras mis puños se crispan. Cada hueco en las estanterías, cada espacio donde antes hubo algo, es un insulto directo, una marca de su insolencia, de su descaro al atreverse a desafiarme.
Un escalofrío me recorre cuando mis ojos se fijan en la habitación del fondo. Avanzo con determinación, el corazón latiéndome con fuerza contenida. Compruebo que la puerta sigue intacta, cerrada, impenetrable. Inspiro profundamente, aliviado. Su curiosidad no llegó hasta ahí. Si lo hubiera hecho… no viviría para contarlo.
No sabe lo que duerme tras esa puerta.
Es mi refugio. Mi templo privado. El espacio donde reposan mis instrumentos… y los ecos de quienes alguna vez respiraron. Reliquias que conservo con un cuidado casi devoto, piezas arrancadas de la vida que se transforman en ofrendas a mi propia obra.
Aquello que los distinguía en su cotidianidad se convierte aquí en piezas de exhibición. Un anillo ennegrecido por el uso, un mechón de cabello cuidadosamente preservado, un diente extraído con la precisión de un cirujano, un reloj con las iniciales casi borradas por el tiempo, un pendiente solitario, una corbata de seda marcada por un corte diminuto. Minucias para el ojo común, pero para mí… son capítulos completos.
Cada cosa guarda un peso invisible, una historia suspendida, un hálito final atrapado en su materia. Eran individuos con rostros, con ilusiones, con senderos abiertos ante ellos… y ahora son apenas restos, fragmentos que he convertido en mi archivo personal. Pequeñas reliquias de existencias que dejaron de tener significado desde el instante en que yo decidí apagar su tiempo.
Si Julieta hubiera cruzado esa puerta, todo habría terminado de un modo radicalmente distinto.
Camino despacio hasta el sofá y me hundo en él, todavía con la respiración agitada. La mocosa sabe follar… demasiado bien. Mi labio palpita con el ardor de la mordida, el pecho conserva el eco de esos dientes hundiéndose con rabia. Pero no es el sexo lo que me tiene atrapado en este estado. Es ella. Su descaro, su desafío, la osadía de creer que podía enfrentarse a mí y salir ilesa.
Deslizo los dedos por la marca fresca en mi piel y dejo escapar una sonrisa torcida. Es un animal sin domesticar, puro instinto, pura furia… con torpezas de novata, claro, pero con una chispa que la hace peligrosa. Y lo peor es que lo sabe. Lo aprovecha. Se piensa astuta, pero aquí el único depredador soy yo. Ella sigue creyéndose libre, sin notar que la trampa ya se cerró a su alrededor.
Esa perra no entiende que nunca fue ella quien me atrapó, sino yo quien la arrastré directo a mi juego. Y ahora la quiero otra vez. Su cuerpo, su insolencia, esa manera descarada de cabalgar sobre mí como si pudiera doblegarme… Maldita sea, no cualquiera se atreve a desafiarme así. Me jode admitirlo, pero me sedujo. Su boca desgarrando la mía, ese falso dominio que creyó real… todo fue porque yo se lo permití. Me ató, sí, pero yo la amarré a algo más fuerte: a mí. Y cuando vuelva a tenerla —porque volverá— no será tan fácil soltarla. Esta vez, las reglas las dicto yo.
Me acerco a la pared, activo la clave de la caja fuerte y saco mi portátil junto a un fajo de billetes. No pienso perder el control por un golpe de suerte de esa maldita.
Me dejo caer en el sofá, abro el equipo y escribo su nombre con urgencia. Pero esta vez no me quedo en lo superficial. Me hundo en cada dato, en cada pista, en todo rastro que haya dejado. Rastrear su vida, sus vínculos, su historia… es casi como volver a tenerla entre mis manos.
Lo suyo no fue azar ni simple osadía. Fue cálculo. Instinto. Y eso me irrita tanto como me atrae. Porque reconozco a los depredadores cuando los tengo enfrente, y ella lo es. Lo sentí en cada gesto, en cada provocación medida, en cada sonrisa torcida creyendo que me dominaba. Maldición… me vi reflejado en ella. En cómo planeó el momento exacto para atraparme, como si pensara con mi propia mente. Y ahora cree que puede marcharse con mi dinero, con mi placer, con mi atención. Error fatal.
Nadie juega conmigo y se va intacto. Si piensa que ya terminó, no sabe aún con quién se metió. He destruido a gente más fuerte que ella. Pero con ella… no sé si quiero destrozarla o poseerla hasta el final.
“Ciencias Forenses”, dice su historial. Interesante ironía. ¿Quería cazar a hombres como yo? ¿Analizar escenas del crimen para sentirse poderosa? Ingenua. La teoría no sirve cuando el crimen respira, cuando el monstruo te mira a los ojos. Ella cree entendernos porque estudió nuestras huellas, pero yo soy la huella antes de ser estampada. Yo soy la escena del crimen aún fresca. Y ahora, ella no es investigadora… es la evidencia. Un error marcado con su propio nombre. Su primer caso real… y voy a grabarle la lección a fuego.
Tomo el teléfono y marco sin titubear.
—Necesito que rastrees unas personas. Te envié la información.
—Enseguida, señor.
Cuelgo sin más, recostándome en el sofá. El pulso me late fuerte, no por el sexo ni por el cansancio, sino por la adrenalina corriéndome como un veneno dulce. Esa necesidad de cazar.
Sonrío, torcido. Este es apenas el inicio del final para la pequeña Julieta.
Por ahora cierro su rastro y vuelco la atención en mi siguiente presa: Nick Deveraux.
El magnate altanero que osó ignorarme en la ceremonia. Un hombre que se cree intocable… y que pronto entenderá lo que significa caer.
Curiosa casualidad: su hijo Tommy, ese pequeño desequilibrado, fue apuñalado por Julieta. El destino sabe reírse en mi cara.
Y aun así, mi mente vuelve a ella. Astuta, sí. Nunca creí que tuviera el valor de apuñalar a alguien, pero lo hizo. Impulsiva, emocional, descuidada… eso no la vuelve peligrosa, la vuelve torpe. No calculó fuerza, ni profundidad, ni consecuencias. Error de novata. Un error… que podría afilarse con el tiempo. Si aprende a domar ese fuego en lugar de dejarse consumir por él, podría convertirse en algo digno de mi atención.
Cierro el archivo de Deveraux y dejo que mi imaginación pinte el terreno de juego.
Lo que le espera hará que prefiera el infierno antes que mi compañía.