CAPITULO 3

2222 Words
JULIETA. Interrumpir mi tranquilidad para estar sentada en la oficina del decano es una mierda. Y todo gracias a Tommy y su maldito veneno verbal. Cuando entro, ya está ahí, aguardando. La dureza en su mirada lo dice todo: está cabreado. Perfecto, otra pérdida de tiempo en camino. —Julieta, ¿se puede saber qué demonios pasaba por tu cabeza? —su respiración es rápida, casi agitada, como si yo le hubiera arruinado el día entero—. Tuvieron que darle varios puntos, y de milagro no tocaste un tendón o una arteria. ¿Cómo pudiste ser tan insensata? Me cruzo de brazos, sin mostrar un ápice de remordimiento. —Él fue quien comenzó. Yo solo respondí —mi voz es tan seca como un disparo—. No hay nada más que decir, así que ya debería estar saliendo de aquí. Me incorporo y camino hacia la puerta, pero el decano se me adelanta. Con un movimiento rápido gira la llave y el chasquido metálico corta el aire. Se planta frente a mí con esa mezcla de autoridad y cansancio que tanto detesto. —En dos días se entrega el reconocimiento al mejor estudiante. ¿De verdad crees que puedo dártelo después de esto? —Su mirada arde con frustración, pero también con una pizca de resignación—. Eres brillante, Julieta, pero tus problemas de conducta son un lastre que no puedo seguir tapando. Se rasca la nuca, incómodo, como si cargara con un dilema moral que no le corresponde. Yo, en cambio, enderezo la postura, convencida de que en este juego la ventaja siempre es mía. —Entonces encárgate de que me favorezca. Acomoda lo que tengas que acomodar —mi sonrisa ladeada corta como una navaja—. No querrás que tu esposa descubra nuestras pequeñas distracciones fuera del aula. El impacto se refleja en sus ojos, que se abren de golpe. Lo tengo acorralado. —¿Me estás amenazando? —murmura, incrédulo. Levanto una ceja, con la paciencia agotada. —No, solo estoy asegurando lo que me corresponde. Ese premio es mío, y lo sabes. No voy a permitir que Tommy y su patético orgullo arruinado interfieran en lo que merezco. Me dirijo hacia la puerta, pero una mano firme me retiene antes de poder salir. —¿Y qué demonios se supone que haga yo ahora? Exhalo con exageración, como si me pesara tener que explicarlo de nuevo. —Ya lo escuchaste, me atacó primero. Solo le devolví lo que merecía. Un golpeador de mujeres no es más que basura, y yo solo lo ubiqué en su sitio. —El padre de Tommy no es cualquier hombre, Julieta. Tiene mucho poder. Su advertencia suena sincera, casi conmovedora si no fuera tan inútil. —Haz tu trabajo, Rey. Indaga un poco. Estoy segura de que sus exnovias podrían llenar páginas enteras con lo que saben de él. Esta vez, cuando giro hacia la salida, no se atreve a detenerme. Sé muy bien quién es Tommy. El solo hecho de que me haya empujado demuestra lo acostumbrado que está a hacerlo. Gente como él no esconde sus impulsos, apenas los maquilla… hasta que alguien los desenmascara. ♡♡♡♡♡♡♡♡♡♡♡♡♡♡♡ DOS DIAS DESPUÉS. Tal y como sospechaba, Tommy no era solo un imbécil violento, también se dedicaba a drogar a las novatas del campus para abusar de ellas. Una basura con patas, nada más. Cuando lo descubrí, casi me arrepentí de no haberle abierto la garganta aquella noche. Habría sido justicia en estado puro. Pero, pensándolo bien, tampoco me quejo: salí ilesa del escándalo y, de paso, la historia se volteó a mi favor. Dejé de ser "la conflictiva que apuñaló a un compañero" para convertirme en "la valiente que enfrentó a un depredador". Me arranca una sonrisa. El destino tiene un sentido del humor retorcido, y los cerdos como él siempre terminan cayendo. Ahora mismo me alisto para ese maldito evento sin ganas. Toda esta pantomima por un cheque que, aunque necesario, me provoca más tedio que entusiasmo. Si no fuera por el dinero, ni loca me prestaría para desfilar en este circo social. Al llegar, el lugar está repleto de gente de clase y dinero. Riquillos acostumbrados a creerse el centro del maldito universo. La música suave de fondo, las copas de champán en las manos de los asistentes y las risas fingidas crean una atmósfera asfixiante. Busco mi asiento y me dejo caer en la silla asignada, tratando de ignorar el protocolo que no me interesa en lo más mínimo. Discursos, sonrisas falsas, aplausos vacíos... una farsa insoportable. El decano sube al escenario con su expresión seria y pomposa. Solo tengo que aguantar un poco más, luego tendré mi cheque y podré largarme. Presenta al fin al responsable del premio con el que tanto deseo llenar mis bolsillos. Rey empieza a hablar de él con una devoción que roza lo absurdo: Samuel Esquivel, CEO de Blackcore security. Un hombre que, según sus palabras, representa el éxito, la innovación y la filantropía. Me pregunto si también le han escrito un guion para eso. Ladeo la cabeza, observándolo con desinterés mientras su nombre retumba en el auditorio, como si cada sílaba estuviera diseñada para imponerse. Aparenta unos treinta y dos años, lo que significa que me lleva casi el doble de experiencia, aunque para mí no es más que una cifra irrelevante. No me intimida, no me deslumbra. Es alto, de esos hombres que no necesitan pedir permiso para ocupar espacio; simplemente lo hacen. Su postura es impecable, demasiado perfecta, casi insolente. La camisa oscura se amolda a su torso con precisión, revelando fuerza contenida en lugar de mostrarla abiertamente. Un botón desabrochado rompe la rigidez, dejando escapar apenas un destello de piel y músculo, como si incluso la ropa entendiera que no puede domar del todo a este hombre. Su rostro es simetría trabajada a la perfección: pómulos definidos, mandíbula que podría cortar el aire, piel hecha para abrazar las sombras y convertirlas en aliadas. Pero son sus ojos lo que lo definen. Oscuros, impenetrables, calculadores. No hay un destello de humanidad en esa mirada; es la mirada de alguien que ha hecho del poder un hábito y de la frialdad una religión. Nadie se le opone porque nadie sobrevive a hacerlo. El discurso continúa: cifras, logros, proyectos sociales, donaciones… palabras huecas envueltas en papel dorado. Una farsa bien representada para quienes quieren creer en la ilusión. Yo no. Yo lo observo y solo veo control, estrategia, una voluntad férrea de que todo lo que lo rodea le pertenezca. Cuando finalmente el decano pronuncia mi nombre, me levanto sin vacilar. Orgullosa. No hay sonrisa en mi rostro, ni gesto de emoción; solo la certeza de que esto ya era mío antes de que lo anunciaran. El murmullo del público se apaga en mi mente, las luces del escenario no son más que un obstáculo en mi camino. Camino con calma, cada paso cargado de intención, ignorando las miradas que intentan medir mi valor. Ellos no me importan. Al subir al estrado, mis ojos vuelven a encontrarse con los suyos. Samuel Esquivel. El decano lo presentó con exagerada pompa, como si debiéramos venerarlo. Para mí, no es más que otro hombre vestido de poder. Un traje caro con un ego aún más caro. Me planto frente a él y extiendo la mano sin una sola palabra. Primero me entrega el cheque. Lo recojo sin mirarlo siquiera, lo guardo en el bolsillo como si no fuera más que un trámite burocrático. Después me tiende el trofeo. Lo sujeto apenas un instante. Frío. Hueco. Inútil. No tiene ningún peso más allá del metal, así que lo dejo resbalar de mis dedos sin pensarlo dos veces. El estruendo del impacto rompe la quietud del auditorio. Alzo la mirada y lo encaro. No hay gratitud en mis ojos. No hay respeto. Solo esa indiferencia que uno siente al notar un cuadro torcido en una pared cualquiera. Él me observa distinto a los demás. Ellos están horrorizados, indignados; él, en cambio, estudia. Evalúa. Calcula. Pero no soy la marioneta sumisa que esperan. Sostengo su mirada con soberbia, con desprecio. Su presencia me resulta tan irrelevante como el trofeo que yace en el suelo. Tomo el micrófono con lentitud, saboreando el silencio tenso de la sala. Algunos aguardan ternura, otros emoción. No obtendrán ni lo uno ni lo otro. -Se supone que los logros deben celebrarse. Que recibir un premio es motivo de emoción. No lo es. Lo merecía, lo trabajé, y era cuestión de tiempo. No necesito aplausos ni agradecimientos por algo que ya era mío. Eso es todo. Con esa última frase dejo el micrófono en su sitio y bajo del escenario. No necesito palmadas ni validación. Lo único que cuenta es que, a partir de ahora, ni siquiera Samuel Esquivel podrá hacer como si yo no existiera. Atravesando la salida, me envuelve el murmullo venenoso de las voces. Quiero escapar de ese aire sofocante, de la farsa de la “filantropía” y la “bondad”. Al final, todo se reduce a lo mismo: intereses propios, máscaras elegantes y pisotear a quien sea necesario para salir adelante. Verdugo o víctima. Y yo jamás seré la mártir. —Vaya, parece que eres una hija de puta a tiempo completo —resuena una voz tras de mí, cargada de hostilidad. Me detengo, arqueo una ceja y cruzo los brazos, girándome con calma. —Supongo que me conoce lo suficiente como para atreverse a decirlo. El hombre que me encara es corpulento, traje impecable y rostro crispado por la ira. —Soy el padre de Tommy —escupe, como si fuera un título honorable. Si yo fuera él, me daría vergüenza reconocerlo. —¿Y eso qué demonios tiene que ver conmigo? —respondo con frialdad, intentando apartarme, pero su mano se clava en mi brazo. —Suélteme —le advierto, la voz cortante como navaja—. Créame, lo que sufrió su hijo será un regalo en comparación con lo que puedo hacerle a usted. Su boca se curva en una sonrisa envenenada. —¿Piensas que no sé de dónde vienes? Conozco a tu madre. Conozco a tus hermanas. ¿De verdad quieres arrastrarlas contigo por tus caprichos? Esa amenaza me enciende como gasolina. Me libero de un tirón, la rabia ardiendo bajo mi piel. —Mi familia no tiene nada que ver con su engendro ni con sus crímenes. Tommy se ganó cada golpe, cada consecuencia. Y usted… usted da asco. ¿Defender lo indefendible? Ahora entiendo por qué crió a semejante basura. Lo empujo con brusquedad, haciéndolo tambalear, su sorpresa evidente. Me giro para marcharme, pero siento el tirón brutal de su mano enredándose en mi cabello. Antes de que pueda reforzar su agarre, un golpe seco retumba en el aire. Un puñetazo. Su mano me suelta al instante. El decano y Samuel Esquivel aparecen en escena. El hombre engreído que minutos antes jugaba al benefactor ha desaparecido, dejando su lugar a una bestia desatada. Samuel descarga un par de golpes más contra el padre de Tommy antes de que Rey intervenga y, con ayuda de la policía, reduzcan al desgraciado. —¿Todo bien? —pregunta Esquivel, sus ojos negros clavándose en mí como si buscaran arrancar respuestas. —¿Te importa acaso? —disparo de vuelta, sin detener mi andar hacia el dormitorio. —¿Siempre eres así de encantadora? El comentario me corta el paso. Giro en seco y regreso hasta quedar frente a él. Me sobrepasa por varias cabezas, pero no pienso bajar la mirada. —¿Qué esperas? ¿Un gracias? No te pedí que te metieras donde no te llaman —mi voz destila veneno—. Y si lo que buscas es que te lo pague abriéndome de piernas, lamento desilusionarte. Solo me acuesto con hombres cuando hay algo que ganar. ¿Tienes algo que ofrecerme? Si no, márchate al carajo y déjame en paz. Samuel me observa con una calma insultante, como si acabara de soltarle el mejor de los chistes. Su sonrisa es leve, pero en sus ojos brilla algo distinto: amenaza, interés, diversión oscura. —¿Que si tengo algo que ofrecerte? —repite, ladeando la cabeza—. Julieta, no tienes idea de todo lo que podría darte. Su cercanía es medida, precisa, como un depredador que no necesita tocar para imponer su presencia. —Pero no regalo nada —prosigue, la voz baja, firme—. Todo lo que entrego, lo cobro con intereses. Y créeme, no estoy seguro de que estés lista para pagar el precio. Sus ojos recorren mi rostro antes de apartarse con frialdad, como si ya hubiera resuelto que no valgo la molestia. —Así que sí, mándame a la mierda. Pero recuerda esto, pequeña… cuando llegue el día en que necesites algo de mí, yo decidiré si vales la pena. Da media vuelta sin prisa, abandonando la conversación como si ya no tuviera valor. Y esa indiferencia, esa ligereza con la que me descarta, me quema más que cualquier amenaza. Sacudo la cabeza y me obligo a apartarlo de mis pensamientos. Lo único que importa es lo que viene: el fin de semana. Regreso al dormitorio, echo unas cuantas cosas en la maleta y me largo directo a casa de mi madre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD