PRÓLOGO

1445 Words
⚠️ ADVERTENCIA DE CONTENIDO ⚠️ Esta historia contiene temas extremadamente sensibles y perturbadores, incluyendo violencia gráfica, abuso físico y psicológico, relaciones tóxicas, manipulación, explotación, p*******a, consumo de drogas, tortura y otros actos de crueldad extrema. No es una historia de amor ni pretende romantizar el sufrimiento, la sumisión o la redención a través del dolor. Aquí no hay héroes ni redenciones mágicas, solo una exploración cruda y oscura de la naturaleza humana en sus formas más viles. Los personajes y sus acciones reflejan realidades brutales, situaciones que en ningún caso deben ser idealizadas o imitadas. Si decides leer, hazlo bajo tu propia responsabilidad. Esta historia no es para todos y puede resultar profundamente perturbadora. SAMUEL ESQUIVEL. La hoja del filo acaricia la piel antes de partirla, con una precisión tan calculada que podría confundirse con arte. El sonido es espeso, húmedo, un murmullo ahogado que se disuelve en el silencio sepulcral del sótano. Su respiración se agita, quebrada por el dolor y el miedo. No hay gritos. No todavía. Tal vez porque entiende que, en este rincón olvidado por Dios, nadie acudirá a salvarlo. Permanezco oculto entre las penumbras, con las manos firmes aferradas al mango del cuchillo, dibujando líneas carmesí en su pecho. La sangre corre formando figuras que me evocan aquellas manchas eternas en la alfombra de mi niñez. Manchas que ella jamás intentó borrar. Mi madre. Esa mujer era como un huracán, pero sin la belleza de la tormenta. Era puro caos, la definición más salvaje del desorden. Recuerdo cómo vagaba por el apartamento con la mirada perdida, arrastrando los pies, gritando palabras rotas mientras buscaba desesperada su pipa. Siempre llevaba encima ese olor pesado: humo rancio, sudor y algo más… algo agrio, como si la miseria pudiera condensarse en un aroma. —Samuel, ven aquí —decía con esa voz empapada en licor—. Hoy vas a portarte bien. Y yo sabía lo que eso significaba. Me empujaba hacia hombres que apenas le dirigían una mirada antes de clavarla en mí. Yo era su trueque, su billete sucio para comprar la siguiente dosis de crack. Mis manos vibran apenas, pero no es miedo lo que las sacude. Es rabia. Un veneno espeso que recorre mis venas, una ira que aprendí a domesticar y moldear hasta convertirla en herramienta. La hoja en mi puño se desliza otra vez, precisa, arrancando un alarido que corta el aire. —¿Sabes lo que significa no ser nadie? —susurro, inclinándome para que mis palabras le hieran más que el acero—. ¿Ser invisible? ¿Que tu vida valga únicamente lo que alguien esté dispuesto a pagar por ella? El hombre niega con la cabeza, ahogado en sollozos, pero su respuesta me es irrelevante. Lo único que realmente veo está en mi memoria: la imagen nítida de mi madre, riendo con esa histeria rota mientras me entregaba al mejor postor. —Te necesito, Samuel… hazlo por mamá —susurraba, como si esas palabras fueran una justificación, como si bastaran para limpiar la suciedad del acto. El filo se hunde más esta vez, desgarrando carne con una precisión fría. Su grito estalla y se propaga por el sótano como una nota rota, imposible de afinar. Lo observo, hipnotizado por la mezcla perfecta de terror y sufrimiento que arde en sus pupilas. Me pregunto si alguna vez llevé esa misma expresión, si en algún momento alguien pudo ver en mí esa fragilidad desnuda. No importa. Ese yo dejó de existir hace mucho, sepultado junto con cualquier resto de compasión. Lo único que queda ahora es esto: dominio absoluto, la certeza de que soy juez, verdugo… y la última sombra que verá antes de morir. —¿Por qué… por qué lo haces? —balbucea, la voz quebrada, apenas un murmullo que se arrastra entre sollozos. Una sonrisa ladeada se dibuja en mis labios, pero no le concedo respuesta. ¿Para qué? No existe una explicación que pueda procesar. No es justicia, ni venganza… es algo más primitivo. Lo hago porque es la única forma en que siento que respiro de verdad. Cada tajo, cada gemido sofocado, me recuerda que ahora soy yo quien decide. Que el mundo ya no tiene el poder de aplastarme. Hay algo hipnótico en presenciar cómo la vida se escapa, lenta, como un suspiro que no quiere irse. Ninguna droga, ningún roce de piel o jadeo de placer se compara con esa electricidad brutal que me recorre cuando sé que soy el motivo por el que un corazón deja de latir. Es un instante suspendido en el tiempo, donde todo lo demás desaparece y solo queda esa energía cruda emanando de un cuerpo que se apaga. Un poder absoluto… adictivo, peligroso, imposible de soltar. En esos segundos, soy dueño del principio y del final, del silencio que devora al caos. —Dios… por favor… sálvame… El ruego se escapa entre lágrimas y jadeos, y a mí me suena como una sinfonía distorsionada que alimenta mi placer. ¿Dios? Qué ingenuidad tan deliciosa. ¿Realmente piensa que un ser invisible y todopoderoso va a descender para arrancarlo de mis manos? Aquí y ahora… el único dios soy yo. La comisura de mis labios se curva apenas, saboreando el momento. Me intriga imaginar cómo es vivir con esa dulce mentira clavada en la cabeza: creer que tras la muerte hay un lugar mejor, un refugio de paz infinita, donde el dolor se disuelve y la luz acaricia eternamente. Un paraíso perfecto, incorruptible. Qué farsa tan bonita… y tan patética. Si ese supuesto ser todopoderoso existiera, entonces sería más perverso que yo, porque prefiere contemplar, inmóvil, cómo este mundo se pudre, antes que levantar un solo dedo para detenerlo. ¿Qué culpa podía tener un niño de ser vendido como si fuera una mercancía, usado como pago por una madre hundida en las drogas? ¿Qué pecado había cometido para abrir los ojos en un infierno del que jamás podría escapar? Ninguno. Y aun así, sus gritos fueron devorados por el silencio. Su dolor, ignorado. Al final, Dios no es más que una mentira envuelta en esperanza. Un consuelo barato para soportar la podredumbre. La sangre, espesa y densa, se esparce bajo sus pies formando un charco que brilla con un rojo enfermizo. El aire se impregna de ese hedor metálico que se adhiere a la garganta. Tiembla, apenas sosteniéndose, mientras la vida se le escurre como agua entre los dedos. Me inclino despacio, saboreando el instante, observando cómo su respiración se quiebra. Sus ojos, empañados por el dolor, se esfuerzan por enfocarme… tal vez buscando misericordia. Me acerco hasta que mi aliento roza su oído y, con un tono suave, casi afectuoso, le confieso: —Lo tuyo… no es nada comparado con lo que yo viví. Dejo que el peso de mis palabras lo aplaste antes de acariciar su mejilla con la yema de mis dedos, imitando la ternura que una madre ofrece a su hijo. —Pero al menos… ahora lo entiendes. Me incorporo después de hundir el arma en su cuello, limpiando con delicadeza el filo del cuchillo. El silencio que sigue es casi sagrado; una calma pesada que se asienta en mi pecho. No durará, lo sé, pero en este instante me pertenece. El pasado no se reescribe. El presente, en cambio… el presente es mío. Y en él, yo decido quién vive y quién muere. Pueden llamarme monstruo, asesino, demente. ¿Pero quién tiene realmente el derecho de juzgarme? El pecado habita en el corazón de todos. La diferencia es que ellos lo reprimen… y yo lo convierto en acto. No vacilo. La sed de sangre hierve en mis venas, mucho más fuerte que cualquier rastro de compasión. La muerte para mí no es un impulso: es una necesidad. No pienso morir sin saciar cada rincón oscuro de mi ser. El mundo me arrebató demasiado, y ahora es mi turno de cobrármelo. No busco absolución. No hay arrepentimiento. Solo la certeza de que este es mi derecho. Con un gesto firme, corto su pie y marco en el talón el número doce. Cada línea grabada en la carne es una firma mía, un recordatorio de que fueron mis manos las que guiaron su último aliento. Doce almas que ahora conocen el infierno gracias a mí. Contarlas me embriaga; me hace sentir arquitecto y dueño de su eternidad. Deposito el cadáver sobre la plancha y lo arrastro con una frialdad mecánica. No hay gloria ni nobleza en lo que hago… solo la satisfacción de ver cómo el ácido consume la carne, borrando todo rastro de lo que fue. Desaparece… como todo lo que alguna vez quise y terminé destruyendo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD