Desilusión
CAPITULO UNO
Narrador Omnisciente.
—¿Por qué? —Las palabras salieron cargadas de agonía. El llanto no cesaba y las lágrimas se precipitaban una tras otra, empañando su visión. —Yo creí en ti, Theodore... en ese supuesto amor que tanto me profesaba.
La voz de Nicoll se quebró al descubrir la verdad: su novio no solo tenía a alguien más, sino que esa mujer era su prometida oficial. Theodore solo la había usado para divertirse, para arrebatarle lo más sagrado que una mujer puede entregar cuando conserva su pureza.
—Deja el drama, Nicoll —respondió él con una crudeza hiriente, restándole importancia al asunto—. Los dos nos divertimos y tú lo disfrutaste bastante, ¿verdad?
Nicoll, que mantenía la mirada fija en el suelo, levantó el rostro para llevárselo con una mezcla de dolor y profunda decepción. «¿Cómo pude enamorarme de este cretino?», se preguntó en un fugaz instante de lucidez. Sus ojos azules, antes brillantes, se encontraban ahora opacos y tristes.
—Eres una basura —exclamó con rabia. Se limpió las lágrimas con brusquedad usando el dorso de las manos. Dio unos pasos hacia el frente y, cuando estuvo ante él, levantó la mano y le cruzó la cara con una bofetada certera, regresando de inmediato con el revés de la palma.
—¡Maldito hijo de puta! —rugió con furia. La mano le ardió por el impacto. Intentó retroceder, pero Theodore Weaver la tomó del brazo con brusquedad, sacudiendo la con violencia.
—Perra, nadie golpea a un Weaver sin pagarlo —refutó él, alterado—. Agradece que no te devuelvo el golpe —cada palabra salía mordida por el odio.
Pero Theodore no esperaba la reacción de Nicoll. Ella impulsó su rodilla con todas sus fuerzas directamente entre las piernas del agresor. El golpe seco en sus partes bajas hizo que la soltara de inmediato. Mientras él se doblaba de dolor, Nicoll tomó su morral y salió corriendo de aquel pasillo solitario y apartado de las aulas.
Corrió hasta que sus pulmones ardieron, deteniéndose justo en el cruce donde la marea humana de estudiantes transitaba de un lado a otro. Las lágrimas regresaron sin permiso; volvió a limpiarlas y, antes de avanzar, miró hacia atrás por última vez. Soltó un suspiro tembloroso y se escabulló entre la multitud.
«Estúpida, soy una estúpida», se reprochaba internamente. Los recuerdos de cómo Theodore se la había ganado con palabras dulces y detalles simples empezaron a atormentarla.
Entró al salón de clase en silencio, con la cabeza gacha; no quería que nadie notara sus ojos hinchados. Se refugió en el único lugar donde podía estar a solas: el baño. Cerró la puerta tras de sí y el seguro sonó con un suave click. Frente al lavabo, dejó que el agua corriera para limpiar sus manos y luego su rostro, borrando cualquier rastro de salitre. Respiró hondo, pero su mente la traicionó, llevándola de regreso al momento en que lo vio con ella...
FLASHBACK.
Esa mañana se había levantado antes de que la alarma sonara. Desde que Theodore estaba en su vida, cada día era una nueva ilusión. Desde su habitación, escuchaba el tintineo de los trastes en la cocina; sabía que su madre ya estaba de pie, dejando todo organizado. El desayuno listo para ambas antes de irse: Nikoll a la universidad y su madre al hospital.
Tomó una ducha ligera, cuidando de no mojarse el cabello. Salió envuelta en una toalla blanca que apretaba sus pechos mientras veía la ropa sobre la cama. Al descubrirse, se deslizó un panti de encaje blanco y un sujetador a juego. Se puso sus vaqueros ajustados y pasó una blusa azul rey sobre su cabeza, que resaltaba su figura. Con agilidad, moldeó sus cabellos negros en ondas sueltas.
—Mierda —exclamó al ver la hora. Se delineó los ojos con rapidez, aplicó rímel para dar volumen a sus pestañas y un toque de rubor en los pómulos. Tomó su morral y salió a toda prisa.
—Hola, mami —saludó besando la mejilla de su madre. Desayunaron rápido, extrañadas de que el tiempo se les hubiera escapado a pesar de madrugar como siempre.
—Voy tarde —dijo Nikoll dándole un último sorbo al jugo mientras tomaba una tostada.
—¡Bye, mamá! —gritó mientras salía. Minutos después, entraba a la universidad con una sonrisa radiante. Se detuvo un segundo para retocarse el brillo labial de color carmesí y esparcir un poco más de perfume. Sin embargo, al cruzar la puerta principal, la sonrisa se le borró de golpe.
Allí estaba él, su chico, con una joven rubia y hermosa. Ella posaba su mano en el rostro de Theodore y le daba un beso casto en los labios, sin importarle el espectáculo. Fue entonces cuando Nikoll sintió el peso de todas las miradas; lo suyo no había sido discreto, y parecía que todos sabían que ella solo había sido un juego para él.
FIN DEL FLASHBACK.
—No más —se juró a sí misma, secándose la última lágrima.
De pronto, un pequeño dolor le atravesó el vientre. No sabía si era por los nervios, por el retraso en su ciclo o porque allí dentro, empezaba a crecer el fruto de un engaño.
Nikoll salió del baño con el mentón en alto y la mirada cargada de un dolor sordo; un sufrimiento que solo ella experimentaba en lo más profundo de su ser. Atravesó los pasillos con pasos apresurados, buscando desesperadamente la salida, sintiendo que el aire se le escapaba con cada zancada. Cuando finalmente cruzó el umbral del edificio, la brisa de Londres la golpeó de frente, brindándole un alivio espontáneo. Por un segundo, se sintió libre del peso asfixiante que traía desde el interior, aunque aquello no lograba cerrar la grieta que Theodore Weaver había dejado en su corazón.
Como pudo, se alejó de la Universidad, una de las más prestigiosas de la ciudad, a la que había logrado ingresar gracias a una beca por sus excelentes calificaciones. No pertenecía al mundo de lujos de los Weaver, pero su inteligencia le había abierto esa puerta que ahora se sentía como una jaula de oro.
Caminó hasta la parada del metrobús y allí tomó la ruta habitual, perdiéndose entre la gente, en busca de un refugio donde finalmente pudiera desahogarse sin tener que ocultarse de nadie.