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Detrás del antifaz

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Blurb

De día, Patricia Méndez es una estudiante universitaria que lucha por salvar a la persona que más ama. De noche, se convierte en una misteriosa bailarina que oculta su rostro detrás de un antifaz y su dolor detrás de una sonrisa. No tiene tiempo para enamorarse, y mucho menos de un hombre como Adrián Ferrer.

Poderoso, reservado y acostumbrado a tener el mundo a sus pies, Adrián nunca imaginó que una mujer pudiera desarmarlo con una mirada, desafiarlo con unas palabras y perseguirlo incluso en sus sueños. Ella es un misterio que desea descubrir… y una tentación a la que le resulta cada vez más difícil resistirse

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Detrás del antifaz
Una noche puede cambiarlo todo. Incluso la noche que más deseas olvidar. Aquí estoy otra vez. Otra noche, frente al espejo, observando a la mujer que aparece reflejada en él. Llevo un traje de conejita n***o, unas medias que apenas cubren mis piernas y un antifaz que oculta parte de mi rostro. Me acomodo las orejas, retoco el labial rojo y respiro profundamente. Tengo que salir. Tengo que sonreír. Tengo que fingir que disfruto esto. —Vamos, Patricia. Tú puedes —me susurro, aunque ni yo misma consigo creerme esas palabras. Me llamo Patricia Méndez, acabo de cumplir veintiún años y, aunque parezca increíble, sigo soñando con terminar mi carrera universitaria. Alguna vez imaginé que a esta edad estaría preocupada por los exámenes, las fiestas con mis compañeros y las prácticas profesionales. Nunca pensé que terminaría trabajando en un club nocturno, bailando para hombres que creen que pagar una botella les da derecho a mirar mi cuerpo como si les perteneciera. Pero la vida no siempre pregunta qué quieres hacer. A veces simplemente te arrincona hasta que solo te queda elegir entre sufrir o ver sufrir a las personas que amas. A mi madre le diagnosticaron cáncer hace unos meses. Desde entonces, mi vida se convirtió en una interminable lista de gastos, consultas médicas, medicamentos y tratamientos que parecen costar más de lo que podré ganar en toda mi existencia. Mi padre murió cuando yo era adolescente. No tengo hermanos y los familiares que prometieron ayudarnos desaparecieron en cuanto comprendieron que nuestra situación no se resolvería con unas cuantas palabras de consuelo. Así que me tocó a mí. Yo tenía que encontrar la manera de mantenernos a flote. No me enorgullece este trabajo, pero tampoco voy a negar que gracias a él tenemos comida en la mesa y mi madre puede continuar con su tratamiento. Eso es lo único que importa. Al menos, eso me repito cada vez que siento ganas de salir corriendo. —¡Patricia! ¡Te toca en cinco minutos! —grita Lorena desde el otro lado de la puerta. Lorena es una de las bailarinas más antiguas del club. Tiene veintinueve años, una lengua afilada y un corazón mucho más noble de lo que le gusta admitir. —¡Ya voy! Guardo mi teléfono en la pequeña bolsa que dejo dentro del camerino. Antes de salir, miro la pantalla una última vez. Tengo un mensaje de mi madre. «Mi niña, no te preocupes por mí. Estoy bien. No olvides comer algo y estudiar. Te amo muchísimo». Se me hace un nudo en la garganta. ¿Cómo puedo decirle que estoy bien cuando cada noche tengo que convencerme de que todavía soy la misma persona? ¿Cómo explicarle que estoy cansada, que tengo miedo y que, a veces, cuando llego a casa, me meto en la ducha y lloro hasta quedarme sin fuerzas? No puedo. Ella ya tiene suficiente con luchar por su vida. Le respondo con un corazón y guardo el teléfono antes de que las lágrimas arruinen mi maquillaje. Esta noche no puedo permitirme quebrarme. El club está abarrotado. La música retumba en las paredes, las luces violetas recorren el escenario y el aire huele a perfume costoso, alcohol y humo artificial. Camino hacia la entrada lateral mientras el presentador anuncia mi nombre artístico. —¡Recibamos con un fuerte aplauso a nuestra misteriosa conejita! Misteriosa. Si supieran que detrás de este antifaz no hay ninguna mujer misteriosa, sino una estudiante desesperada por pagar los medicamentos de su madre, probablemente perderían el interés. Subo al escenario. La música comienza y mi cuerpo se mueve por inercia. He aprendido a sonreír sin sentir alegría, a mirar sin ver y a mantener una distancia prudente de quienes confunden el espectáculo con una invitación. Los aplausos me llegan como un ruido lejano. Entonces lo veo. Está sentado en uno de los reservados más exclusivos, apartado del resto de los clientes. Viste un traje n***o impecable, una camisa blanca con los primeros botones desabrochados y un reloj que probablemente cuesta más que todo lo que poseo. No está acompañado. Tampoco parece interesado en la música, en las bebidas ni en las mujeres que se acercan a su mesa intentando llamar su atención. Está mirándome a mí. Y no de la manera habitual. No tiene esa sonrisa desagradable que he aprendido a reconocer a kilómetros de distancia. Tampoco intenta hacerme gestos obscenos. Simplemente me observa. Con una intensidad que consigue ponerme nerviosa. Desvío la mirada y continúo con mi baile, pero cuando vuelvo a mirar hacia su reservado, descubro que sigue exactamente en la misma posición. Sus ojos no se han apartado de mí. Maldita sea. ¿Por qué tiene que mirarme así? Cuando termina la canción, bajo del escenario y regreso al camerino. Me quito los zapatos y dejo escapar un suspiro de alivio. —¿Viste al hombre del reservado siete? —pregunta Lorena mientras se retoca el maquillaje. —¿Cuál de todos? Ella me mira como si acabara de decir una estupidez. —El que parece salido de una revista de millonarios. El traje n***o, el reloj carísimo, la cara de pocos amigos. —Ah. Sí. ¿Qué pasa con él? —Preguntó por ti. Se me hiela la sangre. —¿Qué? —Quería saber tu nombre. —Le habrás dicho mi nombre artístico, ¿verdad? Lorena arquea una ceja. —Tranquila, conejita. No le di tu dirección ni tu número de seguridad social. —No tiene gracia. —No, cariño. Lo que no tiene gracia es que llevas tres semanas aquí y todavía te asustas cuando un hombre pregunta por ti. —Porque no quiero que nadie me conozca. Lorena deja el maquillaje sobre la mesa y me mira con seriedad. —Entonces recuerda algo: tú decides hasta dónde permites que alguien se acerque. Que paguen por verte bailar no significa que puedan comprarte. Sus palabras me acompañan cuando regreso al salón. Mi turno todavía no ha terminado y necesito el dinero. Me coloco de nuevo los zapatos, ajusto el antifaz y salgo. No obstante, cuando paso junto al reservado siete, una voz masculina me detiene. —Conejita. Me quedo inmóvil. Es él. De cerca resulta todavía más intimidante. Tiene el cabello oscuro, una mandíbula marcada y unos ojos que parecen analizar cada gesto que hago. —¿Sí, señor? —¿Siempre escondes el rostro? —Es parte de mi personaje. —¿Y cómo se llama tu personaje? Lo miro con desconfianza. —Eso depende de cuánto haya bebido el público. Una sonrisa apenas perceptible aparece en sus labios. —No he bebido lo suficiente para perder la curiosidad. —Entonces quizá debería pedir otra copa. Él suelta una breve carcajada. No parece acostumbrado a que le respondan de esa manera, pero tampoco se ofende. —Eres diferente. Odio esa frase. Los hombres siempre dicen que soy diferente cuando quieren convencerme de que sus intenciones son especiales. —No me conoce. —Por eso mismo. Se produce un silencio incómodo. Intento marcharme, pero él habla de nuevo. —Quiero invitarte a sentarte conmigo. —No hago eso. —¿Bailes privados? —Tampoco. —¿Conversaciones? Lo observo, desconcertada. —¿Perdón? —Te estoy invitando a conversar. Nada más. Por primera vez en toda la noche, no sé qué responder. Él saca unos billetes de su cartera y los coloca sobre la mesa. Mi cuerpo se tensa de inmediato. —No voy a hacer nada que no quiera —advierto. Su expresión cambia. Guarda el dinero sin discutir y se reclina en el asiento. —No te he pedido que hagas nada que no quieras. —Los hombres que vienen aquí no suelen conformarse con una conversación. —Entonces quizá deberías dejar de juzgarme por los demás. La respuesta me molesta porque una parte de mí reconoce que tiene razón. Otra parte me recuerda que confiar en desconocidos es un lujo que no puedo permitirme. —Buenas noches, señor. Doy media vuelta. —Adrián —dice a mis espaldas. Me detengo, aunque no debería. —¿Qué? —Mi nombre es Adrián Ferrer. No le digo el mío. Él lo nota. —Está bien, conejita. Conserva tu misterio.

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