Pero una parte de mí quiere saber por qué una joven con semejante expresión de angustia necesita esconderse detrás de un antifaz para trabajar.
No por lástima.
No porque crea que puedo resolver sus problemas.
Simplemente porque, contra toda lógica, quiero conocerla.
Y eso es algo que no puedo explicar.
La conferencia termina cuarenta minutos después.
Los estudiantes aplauden y el director me invita a acompañarlo para saludar a algunos profesores.
Acepto, aunque mis ojos buscan discretamente entre las filas.
Ella ya no está en su asiento.
—Excelente conferencia, señor Ferrer —comenta el director—. Los estudiantes han quedado muy interesados en las oportunidades de prácticas profesionales que ofrece Grupo Ferrer.
—Me alegra escucharlo.
Intercambiamos unas palabras más, pero apenas consigo prestar atención.
Finalmente, veo a la joven de cabello rubio cerca de una de las salidas, acompañada por su amiga.
Patricia.
El nombre aparece de pronto en mi memoria.
Lo recuerdo de nuestros mensajes.
Patricia Méndez.
Así se llama la mujer que me pidió que la dejara tranquila.
Y yo le prometí que respetaría su decisión.
Aprieto la mandíbula.
No puedo acercarme a ella como si no hubiera pasado nada. Tampoco puedo fingir que no la he reconocido.
Sin embargo, antes de que consiga decidir qué hacer, ella vuelve el rostro hacia mí.
Nuestros ojos se encuentran por segunda vez.
Esta vez no aparto la mirada.
Ella sí.
Se vuelve rápidamente hacia su amiga y ambas desaparecen por el pasillo.
Me quedo observando la puerta por la que acaba de salir.
—¿Todo bien, Adrián?
La voz del director me obliga a regresar al presente.
—Sí. Todo perfecto.
Pero no lo está.
Porque ahora sé que la mujer que me ha tenido distraído desde anoche no es una desconocida a la que probablemente nunca volveré a ver.
Es una estudiante de esta universidad.
Una joven que tiene una vida completamente distinta a la que yo imaginaba.
Y una mujer que, por razones que todavía desconozco, está desesperada por mantenerme lejos.
Me acomodo el saco y camino hacia la salida.
No voy a perseguirla.
No voy a utilizar mi posición para investigar su vida.
Y no voy a ofrecerle dinero para comprar una oportunidad que no me ha concedido.
Si algún día vuelve a hablar conmigo, tendrá que ser porque ella lo decida.
Pero mientras subo al automóvil, una pregunta sigue dando vueltas en mi cabeza.
¿Quién eres realmente, Patricia Méndez, y qué te ha llevado a esconderte detrás de un antifaz?
No sé la respuesta.
Todavía no.
Lo único que sé es que, por primera vez en mucho tiempo, hay algo que no puedo resolver con una estrategia empresarial.
Y lo más desconcertante es que no estoy seguro de querer encontrar una solución.
Porque, por primera vez, la curiosidad no me basta.
Quiero volver a verla.
Patricia
Me dejé caer sobre la cama, agotada.
Me dolía todo el cuerpo. Había sido una noche interminable en el club y, después, una mañana llena de clases, trabajos y pendientes. Sentía que mis fuerzas estaban a punto de abandonarme, pero había algo que no me permitía descansar de verdad.
El señor Ferrer.
Sus palabras seguían rondándome la cabeza.
No pienso revelar tu secreto.
¿Y si solo lo decía para ganarse mi confianza? ¿Y si, en realidad, estaba esperando el momento adecuado para utilizar aquello que sabía de mí?
Negué con la cabeza y me cubrí el rostro con las manos.
No. Quería creer que era un hombre íntegro, alguien que no utilizaría una situación vulnerable para conseguir lo que quería. Pero apenas lo conocía, y confiar en él sería un riesgo que no podía permitirme.
Mi teléfono vibró sobre la almohada.
Un mensaje de Clara.
Clara: ¿Ya sabes algo de las pasantías? Estoy nerviosa. Hoy nos dicen qué empresas nos aceptaron.
Abrí los ojos de golpe.
—¡Las pasantías!
Me incorporé tan rápido que casi me mareé. Miré la hora y solté una maldición. Tenía que arreglarme, preparar mis documentos y llegar a la universidad. Aquella oportunidad podía abrirme muchas puertas, y no pensaba perderla por haberme quedado dormida.
Me cambié, recogí mi carpeta y fui a despedirme de mi madre.
—Mami, ya me voy. Hoy quizá llegue un poquito tarde porque tengo que entregar unos documentos para las pasantías.
Ella me miró desde la cama con una sonrisa cansada.
—¿Ya te dijeron dónde te van a mandar?
—Todavía no. Hoy nos informan qué empresas aceptaron nuestras solicitudes.
—Entonces ve con cuidado. Y no te olvides de desayunar algo.
Me acerqué para besarle la frente.
—Te prometo que voy a comer.
—Patricia…
Me detuve en la puerta.
—¿Sí?
—No tienes que demostrarle a nadie que puedes con todo.
Sentí un nudo en la garganta. Si supiera cuántas cosas estaba haciendo para mantenerla a salvo, quizá no me miraría con tanto orgullo.
—Lo sé, mamá. Te quiero.
Salí antes de que pudiera hacerme más preguntas.
Necesitaba aquella pasantía. Necesitaba terminar mi carrera, conseguir un empleo estable y encontrar una manera de pagar los tratamientos sin tener que contar las monedas al final de cada semana.
No podía permitirme fallar.
Ni siquiera por un hombre de ojos oscuros que parecía empeñado en aparecer en los lugares equivocados.
Adrián
—Señor Ferrer, aquí están los expedientes de los estudiantes candidatos para las pasantías —anunció Daniela, dejando una carpeta sobre mi escritorio—. La universidad nos recomienda seleccionar diez. Si desea revisar más perfiles, puedo solicitar los informes complementarios.
Abrí la carpeta.
—Diez serán suficientes. Quiero estudiantes con buen rendimiento, disposición para aprender y capacidad para trabajar bajo presión. No me interesa que tengan apellidos importantes ni recomendaciones de personas influyentes.
Daniela asintió.
—Entendido. Ya filtré los expedientes según los requisitos del programa.
Comencé a revisar las solicitudes una por una.
Calificaciones. Experiencia. Habilidades. Cartas de recomendación.
Todo parecía rutinario hasta que llegué al siguiente expediente.
Patricia Méndez.
Me quedé inmóvil.
Su fotografía apareció frente a mí. Sin antifaz, sin luces de club, sin aquel vestuario que ocultaba una parte de su vida. Solo ella, con sus ojos azules y esa expresión seria que parecía advertirle al mundo que no se acercara demasiado.
Solté el aire lentamente.
—Maldición…
Daniela levantó la mirada.
—¿Ocurre algo, señor?
—No. Continúa.
Volví a mirar la fotografía.
Patricia me había pedido que la dejara tranquila. Había sido bastante clara: no quería que la investigara, que me confundiera ni que intentara convertir su situación en una excusa para acercarme.
Y ahora su expediente estaba sobre mi escritorio.
La empresa había solicitado candidatos a la universidad. Ella había solicitado una oportunidad laboral. Ninguno de los dos había planeado encontrarse en aquellas circunstancias.
Sin embargo, había una diferencia importante.
Yo tenía el poder de influir en su selección.
Y eso significaba que debía tener mucho cuidado.
—¿Qué información tenemos sobre ella? —pregunté, procurando mantener un tono neutral.
Daniela revisó sus notas.
—Tiene buenas referencias por parte del rector. La describen como una estudiante aplicada, responsable y con interés en el área administrativa. Sus calificaciones son buenas en general, aunque hay algunas bajas en ciertos periodos.
—¿A qué se deben?
—El informe menciona circunstancias personales y problemas familiares. No hay más detalles, y no considero apropiado solicitarlos si no son necesarios para el programa.
La miré.
—Estoy de acuerdo. No necesitamos conocer su vida privada para evaluar su capacidad profesional.
Daniela pareció sorprendida por mi respuesta, aunque no hizo ningún comentario.
Continué leyendo. Patricia cumplía los requisitos. Sus profesores destacaban su disciplina, su facilidad para aprender y su disposición para ayudar en los proyectos de equipo.
No había ninguna razón profesional para descartarla.
Tampoco debía seleccionarla solo porque quería verla de nuevo.
Cerré el expediente y me recosté en la silla.
—Acéptala.
Daniela tomó nota.
—¿Está seguro? Todavía quedan candidatos por revisar.
—Sí. Su perfil cumple con los criterios establecidos. Quiero que la evalúen exactamente igual que a los demás estudiantes y que se le asigne un supervisor distinto de mí. No habrá privilegios ni excepciones.
—De acuerdo, señor Ferrer.
Daniela recogió los documentos, pero antes de salir se volvió hacia mí.
—¿La conoce?
La pregunta llegó demasiado rápido.
—He coincidido con ella en un par de ocasiones.
—Entiendo.
Su expresión decía que no entendía absolutamente nada.
—Daniela.
—¿Sí, señor?
—No quiero comentarios sobre los candidatos ni preguntas personales. La selección debe ser estrictamente profesional.
—Por supuesto.
Cuando salió, volví a mirar la carpeta que había quedado sobre el escritorio.
Patricia iba a trabajar en Grupo Ferrer.
Y yo tendría que asegurarme de que nunca sintiera que aquella oportunidad dependía de mí.