17

768 Words
Dos semanas habían pasado desde aquella reunión con Santiago, y la desesperación de Eduardo solo había aumentado. Cada día sin noticias de Luana se sentía como un golpe en el pecho, pero lo que realmente lo consumía era la certeza de que ahora no solo él la buscaba. Santiago también estaba detrás de ella. Desde el momento en que escuchó sus palabras, algo dentro de Eduardo se quebró. No podía soportar la idea de que ese hombre, con su arrogancia y su frialdad, estuviera acercándose a Luana. Y lo peor de todo era que, a diferencia de él, Santiago tenía los recursos, la paciencia y, sobre todo, el conocimiento para encontrarla primero. La ira lo carcomía. Había rechazado cualquier tipo de trato con la empresa de Santiago, ignorando lo que eso significaba para sus negocios. No le importaba. Trabajar con él era imposible, no después de saber cuáles eran sus verdaderas intenciones. Su oficina, antes impecable, reflejaba su estado interno. Documentos apilados sin revisar, vasos de café olvidados en la mesa, y su silla girando lentamente mientras se pasaba las manos por el rostro en un intento fallido de calmarse. —No puede ser… —murmuró para sí mismo, golpeando el escritorio con frustración. Había movido todas sus influencias, había hablado con todos los contactos que podían ayudarle, pero todo era inútil. Luana no dejaba rastros. Era como si la tierra se la hubiera tragado. Y eso lo volvía loco. Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Bianca entró sin esperar permiso, con los brazos cruzados y una expresión que combinaba cansancio y reproche. —¿Ahora qué? —soltó Eduardo con brusquedad. —¿Ahora qué? —repitió Bianca con incredulidad—. No puedes seguir así, Eduardo. ¿Qué demonios estás haciendo contigo mismo? —Estoy tratando de encontrarla —respondió él con voz tensa—. Pero parece que todos están en mi contra. —¿En tu contra? —Bianca soltó una risa sin humor—. ¿Alguna vez pensaste que tal vez Luana no quiere ser encontrada? Eduardo sintió el golpe de esas palabras. No quiso aceptarlas. No podía aceptarlas. —No es eso —negó de inmediato—. Es Santiago… él la está buscando también. —¿Y qué? —Bianca alzó una ceja—. ¿Te molesta porque sabes que él la va a tratar mejor que tú? Eduardo apretó los puños. No tenía una respuesta para eso. Porque, por primera vez, temió que fuera cierto. Justo en ese momento, la puerta de la oficina se abrió de golpe y su asistente entró con el rostro desencajado, sujetando su teléfono con fuerza. —Señor, la encontramos —dijo sin preámbulos, respirando agitadamente. Eduardo se levantó de inmediato, con el corazón latiéndole con fuerza. —¿Qué dijiste? El asistente avanzó hasta su escritorio y le extendió el teléfono, mostrando una noticia que ya estaba en todas partes. —Luana acaba de lanzar un álbum… hace unas horas. Y es un éxito rotundo. Eduardo tomó el teléfono con manos temblorosas y leyó la noticia en la pantalla. Los titulares no dejaban lugar a dudas: 'Element', el álbum del nuevo grupo debuta, arrasa en las listas globales a pocas horas de su lanzamiento. —Esto no puede ser… —susurró, sintiendo cómo su mundo se tambaleaba. —Escuche esto, señor —intervino su asistente, deslizando el dedo por la pantalla y conectando el audio a un altavoz en la oficina. El sonido de la canción llenó el espacio. Guitarras distorsionadas, una batería potente marcando un ritmo imponente, y luego, la voz de Luana… fuerte, etérea, poderosa. Un contraste perfecto entre la crudeza instrumental y la belleza de su canto. La melodía era oscura, intensa, casi hipnótica. Pero lo que realmente golpeó a Eduardo fue la emoción detrás de cada nota. Era rabia, era liberación, era renacimiento. Bianca se cruzó de brazos, observando cómo Eduardo se hundía en el impacto de la canción. —Se fue, Eduardo. Métetelo en la cabeza. Eduardo no respondió. Sus piernas se sentían débiles, como si todo el peso de la realidad lo hubiera golpeado de una sola vez. Se dejó caer lentamente en su silla, con la mirada clavada en el teléfono, pero sin realmente ver nada. Sus manos temblaban levemente, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que había perdido algo irremplazable. El sonido de la voz de Luana seguía resonando en la oficina, como un eco cruel de lo que dejó ir. No podía negar lo obvio: ella estaba triunfando, brillando sin él. Y lo peor de todo… no lo necesitaba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD