Las luces del estudio estaban tenues, creando un ambiente casi místico mientras la primera prueba de la canción de Luana comenzaba a sonar por los altavoces. El sonido que emergía no era nada parecido a lo que ella solía hacer en el pasado. No era dulce, no era melancólico. Era algo más crudo, más poderoso, como si cada acorde retumbara en lo más profundo del alma.
Los primeros compases de la canción arrancaron con una guitarra distorsionada, agresiva, densa, acompañada de un ritmo marcial en la batería que marcaba un paso imponente. El bajo añadía peso a la melodía, creando una atmósfera intensa que se sentía como un golpe en el pecho. Cuando la voz de Luana entró en escena, fue un contraste impactante: etérea y envolvente, casi hipnótica, flotando sobre la fuerza abrumadora de la instrumentación.
Cada palabra que salía de sus labios tenía un peso, un significado, una rabia contenida y, al mismo tiempo, una belleza oscura que atrapaba a cualquiera que la escuchara. En los coros, la voz femenina alcanzaba un clímax celestial, un contraste perfecto entre lo sublime y lo brutal. Era una mezcla de poder y emoción pura, un grito de renacimiento que se entrelazaba con la crudeza de los riffs pesados y la percusión demoledora.
Los productores intercambiaron miradas de asombro. Uno de ellos, sin poder evitarlo, susurró:
—Esto… esto es algo más grande de lo que imaginamos.
Santiago, desde su lugar en la penumbra del estudio, no apartaba la mirada de Luana. Sus dedos golpeaban lentamente el brazo de su silla con un ritmo pausado, como si ya hubiera previsto este resultado. La intensidad en su mirada dejaba claro que esto era exactamente lo que esperaba de ella… y aún más.
Cuando la última nota se desvaneció en el aire, hubo un silencio sepulcral en la sala. Nadie habló al instante, como si estuvieran procesando lo que acababan de presenciar.
Luana, de pie frente al micrófono, exhaló suavemente. No sonrió, no se dejó llevar por la euforia. Solo cerró los ojos por un instante, sintiendo la electricidad en el ambiente. Sabía que esto era solo el comienzo.
Santiago se puso de pie con un aplauso seco y decidido, atrayendo la atención de todos en la sala.
—Iniciemos la grabación del primer disco —ordenó con firmeza—. Esto no puede esperar. Quiero que todo esté listo lo antes posible.
Los productores asintieron de inmediato, entendiendo la magnitud de lo que acababan de escuchar. La emoción se sintió en el aire, y la banda intercambió miradas de complicidad. Habían dado el primer paso hacia algo grande.
La baterista se acercó a Luana con una libreta en mano y una sonrisa entusiasta.
—¡Esto es increíble, Luana! Tenemos veinticuatro canciones listas. —. dijo señalando algunas anotaciones con entusiasmo
Luana tomó la libreta y asintió, sintiendo una adrenalina indescriptible recorrer su cuerpo.
—¿Ya pensaron en un nombre para el álbum? —preguntó uno de los productores.
Santiago, con una leve sonrisa enigmática, respondió sin dudarlo.
—Se llamará Element.
Horas más tarde, Santiago se encontraba en una reunión privada en un lujoso restaurante. A diferencia de Eduardo, que se removía con impaciencia, él estaba completamente relajado, dominando la situación con una calma casi intimidante. Frente a él, Eduardo no sospechaba que el hombre al que intentaba negociar le había cerrado todas las puertas a Luana.
—Tu propuesta suena interesante, pero quiero mas detalles —dijo Eduardo con un tono seco, intentando mantener la compostura, aunque su impaciencia se reflejaba en su postura tensa.
Santiago sonrió con calma, disfrutando de la incomodidad de Eduardo. Tomó un sorbo de su whisky con una lentitud calculada antes de responder, marcando su dominio sobre la conversación.
—Todo a su tiempo —contestó con aire despreocupado, recostándose en su asiento con la confianza de un hombre que no tenía nada que perder—. No me gusta apresurar los negocios, Eduardo. Después de todo, la paciencia es clave en cualquier trato… aunque algunos no la tengan.
Eduardo frunció el ceño, sintiendo un creciente malestar ante la actitud de Santiago. Había algo en su tono, en su seguridad impenetrable, que lo hacía sentirse en desventaja. Pero su necesidad de cerrar el trato y encontrar cualquier distracción lo mantuvo en su asiento, aunque con la sensación de que estaba jugando en el tablero de otro.
Mientras tanto, el asistente de Santiago se inclinó levemente y le susurró algo al oído. Santiago apenas reaccionó, pero la chispa de satisfacción en su mirada se hizo evidente. Se tomó su tiempo antes de hablar, como si saboreara la situación.
—Eduardo, voy a buscarla —soltó Santiago con frialdad, sin rodeos, disfrutando de la tensión que sus palabras generaban.
Eduardo lo miró con furia contenida, pero Santiago solo sonrió ladino, como si ya hubiera ganado antes de empezar.
—Siempre te envidié por algo.
Eduardo arqueó una ceja, visiblemente desconcertado por el comentario.
—¿De qué hablas?
Santiago apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos.
—Por haber tenido a Luana —sus palabras cayeron con un peso calculado—. Siempre quise ver hasta dónde podía llegar su talento, pero la tenías atrapada en una vida que no era para ella.
Eduardo apretó los puños sobre la mesa, sintiendo cómo la ira burbujeaba en su interior.
—No sabes de lo que hablas —gruñó.
Santiago sonrió con una calma exasperante.
—Oh, claro que lo sé. Estuvimos en la misma universidad, ¿lo recuerdas? Tú tenías a Luana y yo solo la veía desde lejos, observando cómo apagabas su luz poco a poco. Siempre fuiste egoísta con ella.
—Cállate —espetó Eduardo, inclinándose hacia adelante—. No tienes idea de lo que ella y yo teníamos.
—¿De verdad? —Santiago dejó escapar una risa baja—. Porque desde aquí, se ve bastante claro que ahora no tienes nada.
Se inclinó ligeramente hacia Eduardo, su mirada afilada, penetrante.
—Voy a conquistarla, Eduardo —continuó Santiago, inclinándose un poco más sobre la mesa—. Y, a diferencia de ti, no voy a hacerla sentir como una sombra, no pienso frenarla. De hecho, haré que brille más fuerte, como si fuera el mismo sol. Algo que tú jamás supiste hacer… y jamás podrás recuperar.