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735 Words
Una semana había pasado desde que Luana desapareció de su vida, y con cada día que pasaba, Eduardo sentía que la desesperación lo consumía más. Nunca había pensado en lo que significaba perderla hasta que ya no estaba. Hasta que su mundo se volvió silencioso, vacío, carente de ese calor inquebrantable que solo ella podía ofrecerle. Usó todos los favores que tenía, habló con contactos, removió cielo y tierra buscando una pista de su paradero. Pero no importaba cuánto esfuerzo pusiera, Luana parecía haberse desvanecido sin dejar rastro. Lo peor era la sensación sofocante de que, esta vez, ella no quería ser encontrada. Su frustración alcanzó su punto límite cuando encaró a Bianca. —¡Basta de jugar, Bianca! ¡Dime dónde está! —su voz estaba cargada de furia, de ansiedad contenida. Bianca lo miró con desprecio, sin inmutarse por su arrebato. —Aunque lo supiera, Eduardo, jamás te lo diría. Ya hiciste suficiente daño. Déjala en paz. Esa respuesta lo enfureció aún más. Sentía que su hermana se interponía en su camino, que le negaba el derecho de arreglar todo lo que había arruinado. Pero en el fondo, Eduardo sabía la verdad: no era Bianca quien se lo impedía. Era Luana. Porque si realmente quisiera volver a su lado, no se habría ido. Y, como si su situación no pudiera ser peor, Isabel seguía apareciendo en su vida, insistente y sofocante, como un recordatorio de todo lo que él ya no quería. —Eduardo, tenemos que hablar— comenzó Isabel con su tono altivo de siempre. Pero Eduardo ni siquiera la dejó terminar. —Lárgate, Isabel —espetó con frialdad, su voz cargada de cansancio y hartazgo. Ella frunció el ceño, sorprendida por su reacción. —¿Qué dijiste? —Que te largues —repitió con más firmeza, sin mirarla—. No quiero verte, no quiero escucharte, y mucho menos quiero seguir con esta farsa. Me cansé de ti. Me cansé de todo esto. Eduardo la miró con una furia acumulada. Su presencia, su voz, todo en Isabel comenzó a provocarle un asco insoportable. Su simple existencia ahora le resultaba asfixiante, cada palabra que salía de su boca le hacía preguntarse cómo pudo alguna vez pensar que la amaba. Alguna vez creyó que ella era lo único que importaba, pero ahora… ahora se daba cuenta de lo equivocada que había sido su vida hasta entonces. Pero, sobre todo, cansado de haberse aferrado tanto tiempo a alguien que nunca valió la pena. Isabel nunca había sido su amor verdadero. No era más que una ilusión, un capricho del pasado. Pero Luana… Luana sí lo fue. Y ahora, se había ido para siempre. A kilómetros de distancia, en un mundo completamente distinto, Luana apenas tenía tiempo para pensar en lo que había dejado atrás. Estaba en su nuevo hogar: el estudio de grabación. Los días pasaban entre ensayos intensos, composición de letras y largas horas de grabación con su grupo, quienes, al igual que ella, estaban llenos de hambre de éxito. La música llenaba cada rincón de su nueva vida, y por primera vez en mucho tiempo, sentía que su corazón latía con verdadera pasión. —Increíble, Luana —dijo uno de los productores, sacudiendo la cabeza con asombro mientras reproducía la última toma de su canción—. No tienes idea de lo que acabamos de crear aquí. Luana sonrió, sus ojos brillaban con emoción. —Esto es solo el comienzo —respondió con confianza. Desde una esquina del estudio, Santiago la observaba con atención. No intervenía, no decía nada. Simplemente la miraba, viendo cómo su talento florecía, cómo la mujer que una vez había sido su mayor herida ahora se convertía en un fenómeno imparable. Había hecho bien en traerla aquí. Porque Luana no solo estaba renaciendo… estaba destinada a brillar. En ese momento, su asistente se acercó con cautela, con una expresión de incertidumbre. —Señor… hay algo que debe saber —dijo con tono tenso. Santiago desvió la mirada de Luana y lo observó de reojo, sin perder su postura imperturbable. —Eduardo está moviendo cielo y tierra para encontrarla —informó el asistente—. Ha usado contactos, favores… parece desesperado. Santiago dejó escapar una sonrisa ladeada, una mezcla de burla y satisfacción en su expresión. —Déjalo que siga buscando —ordenó con calma—. Solo está perdiendo el tiempo. Ella ya no está a su alcance.
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