El pánico se apoderó del puente. El agua seguía en calma, pero Luana no aparecía. Eduardo sintió cómo el aire se le escapaba del pecho con cada segundo que pasaba. A su alrededor, los murmullos se convirtieron en gritos, en súplicas, en intentos inútiles de encontrar una solución.
—¡Dios, que alguien haga algo! —exclamó uno de los amigos de José.
Bianca, con el rostro pálido de angustia, apretó los puños. Sus ojos no se despegaban de la superficie del agua, donde todavía no había rastro de su amiga.
—¡Luana! —gritó Eduardo con desesperación, pero el eco de su propia voz fue lo único que le respondió.
El tiempo parecía detenerse, cada segundo se alargaba en la incertidumbre. Hasta que, de repente, una silueta emergió de las profundidades.
El agua se rompió y Luana apareció en la superficie, jadeando levemente mientras nadaba con movimientos firmes y decididos hacia la orilla. Su cabello mojado caía sobre su rostro, pero su expresión era serena, como si no acabara de arriesgar su vida.
Bianca fue la primera en reaccionar. Sin esperar a nadie, corrió hacia la orilla y se agachó para ayudar a su amiga a salir del agua.
—¡¿Estás loca, Luana?! —exclamó con una mezcla de alivio y furia—. ¡Pudiste haberte ahogado! ¡¿Qué demonios estabas pensando?!
Luana se apoyó en sus rodillas, tomando un momento para recuperar el aliento. Luego levantó la vista hacia Bianca y, en lugar de responder, simplemente le dedicó una sonrisa cansada, pero tranquila.
El resto de las personas comenzó a acercarse, murmurando entre ellos, aún impactados por lo que acababa de suceder. Eduardo no tardó en reaccionar. Corrió hacia Luana y, sin pensarlo, la envolvió en un abrazo fuerte, su corazón aún acelerado por el miedo.
—¡Luana! —exclamó con desesperación, sujetándola por los brazos y recorriéndola con la mirada, buscando cualquier señal de herida—. ¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¡Maldición, no debiste hacer esto! Vamos al hospital ahora mismo, no voy a permitir que te quedes así.
Pero Luana no reaccionó. No levantó los brazos para corresponder el abrazo, no pronunció palabra alguna. Su cuerpo permaneció rígido, inmóvil, como si la calidez del contacto de Eduardo no significara nada.
Él lo notó. Lentamente, aflojó el agarre, separándose apenas para mirarla al rostro. Sus ojos la buscaron con desesperación, pero Luana solo lo observó con una calma impenetrable, como si él no tuviera ninguna importancia en ese momento.
Fue entonces cuando su mirada se desvió y, a lo lejos, vio el auto de Santiago acercándose lentamente.
Sin decir una sola palabra, Luana tomó la mano de Eduardo con suavidad. Por un instante, él sintió un atisbo de esperanza, pero su mundo se estremeció cuando sintió cómo ella colocaba algo en su palma. Bajó la mirada y vio el collar que Isabel había lanzado momentos antes.
Cuando Eduardo alzó los ojos para buscar respuestas, Luana le regaló una última sonrisa, una que no transmitía amor ni rencor, sino despedida. Luego, con la misma serenidad con la que había emergido del agua, se giró y comenzó a caminar de regreso al puente, dirigiéndose directamente hacia el auto de Santiago.
Eduardo reaccionó de inmediato, su instinto le gritaba que no podía dejarla ir. Se movió para detenerla, pero antes de que pudiera dar un paso, Isabel se adelantó, su voz llena de júbilo.
—¡Eduardo! —exclamó con una sonrisa victoriosa—. Dado que ahora tienes el collar, significa que nos vamos a casar.
Su declaración fue como un cubo de agua helada sobre él. Su mirada osciló entre el collar en su mano y la figura de Luana alejándose. Sintió la urgencia de moverse, de alcanzarla, de detenerla, pero sus pies estaban clavados en el suelo, como si su propia indecisión lo encadenara. Con cada paso que ella daba, el tiempo se ralentizaba y la distancia entre ellos se volvía insalvable.
La vio abrir la puerta del auto con total tranquilidad, sin titubeos, sin mirar atrás. No había duda, no había vacilación.
El motor rugió suavemente cuando el vehículo comenzó a moverse. Eduardo sintió un vacío indescriptible en el pecho cuando las luces traseras del auto se alejaban lentamente. Levantó la vista una última vez, con la esperanza de que ese vehículo volteara.
Pero no lo hizo.