Luana se quedó mirando el calendario colgado en la pared de su habitación. Solo faltaban tres días para marcharse de la ciudad. Tres días y todo lo que conocía, todo lo que había sido su vida hasta ahora, quedaría atrás.
Sus pensamientos iban y venían, atrapados en un torbellino de recuerdos y reflexiones. Todo el tiempo que había perdido, todas las decisiones que había tomado basadas en una mentira. Si nunca hubiera escuchado aquella conversación, si hubiera seguido en la ignorancia… ¿habría sido más feliz? ¿Habría seguido creyendo que su amor era real?
Apretó los labios, sintiendo cómo una punzada de amargura la atravesaba. ¿Cuántos momentos había entregado con el corazón abierto, solo para descubrir que nunca fue la verdadera destinataria de ese amor? Solo una sombra, una sustituta.
Cerró los ojos por un instante, intentando calmar la oleada de emociones que amenazaba con consumirla. Pero no había tiempo para lamentaciones. En tres días, su nueva vida comenzaría, y el pasado quedaría exactamente donde debía estar: atrás.
El sonido de su teléfono vibrando la sacó de sus pensamientos. Al desbloquear la pantalla, vio un grupo de mensajes de conocidos en los que se mencionaba un escándalo: Eduardo y José se estaban peleando por Isabel. Su corazón latió con fuerza, pero no de emoción, sino de un cansancio profundo. ¿Hasta dónde llegaría esta locura?
Antes de que pudiera siquiera procesarlo, su teléfono sonó de nuevo. Era Bianca.
—Luana, tenemos que vernos. Ahora —dijo con urgencia.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz tensa.
—Mi hermano y ese idiota están a punto de hacer una estupidez. Se van a encontrar en el puente. Tienes que venir conmigo. Tenemos que detener esto antes de que termine en algo peor.
Luana tragó saliva, sintiendo el peso de la situación hundirse en su pecho. Miró nuevamente el calendario. Tres días. Solo tres días y todo quedaría atrás… pero, ¿realmente podía ignorar esto?
No lo haría por Eduardo. No después de todo. Pero por Bianca… por la amistad sincera que siempre le ofreció, haría este último favor antes de cerrar definitivamente esa etapa de su vida.
Suspiró, mirando por última vez la habitación que pronto dejaría atrás. Tomó su teléfono y marcó un número que había evitado usar más de lo necesario.
—Santiago —dijo en cuanto la llamada fue atendida—, ven a buscarme en el puente dentro de una hora.
El sonido de los gritos y el choque de golpes resonaban en el puente. Eduardo y José estaban enzarzados en una pelea sin sentido, intercambiando golpes brutales mientras algunos amigos intentaban separarlos sin éxito. La tensión en el aire era sofocante, la furia en sus rostros, palpable.
—¡Basta, idiotas! —gritó uno de los amigos de Eduardo, sujetándolo por los brazos, tratando de alejarlo de José.
—¡Deja de meterte, esto es entre él y yo! —rugió Eduardo, empujando a su amigo mientras intentaba lanzarse otra vez contra José.
José escupió sangre al suelo y sonrió con burla.
—¿Eso es todo lo que tienes, Eduardo? ¿Así crees que vas a ganarte a Isabel? —se mofó, limpiándose la sangre del labio partido.
—¡Cállate! —Eduardo se lanzó de nuevo, pero otros dos amigos intervinieron, evitando que la pelea escalara aún más.
Desde un costado, Isabel observaba la escena con una sonrisa satisfecha, disfrutando del espectáculo de los dos hombres peleando por ella. Uno de los amigos, desesperado, se volvió hacia ella.
—¡Dilo ya, Isabel! ¡Diles a quién eliges y acaba con esta estupidez!
Isabel se encogió de hombros con un gesto elegante, como si todo esto no fuera más que un simple juego.
—Oh, no quiero apresurarme. Se ve tan interesante —murmuró con una sonrisa encantada.
Su actitud solo avivó la ira de Eduardo, quien luchaba contra quienes lo retenían, cegado por la rabia y la humillación.
Y en medio del caos, un auto se detuvo cerca del puente. Luana bajó de inmediato, con Bianca a su lado, ambas corriendo hacia la escena.
—¡Esto tiene que parar ahora mismo! —gritó Bianca, con el rostro rojo de furia.
Luana no dijo nada. Solo observó la escena con una expresión impenetrable, dándose cuenta de lo absurdo que era todo esto. Eduardo, José, Isabel... Era un círculo vicioso del que ella, finalmente, estaba a punto de escapar.
Entonces, como si su presencia hubiera sido la pieza clave que faltaba en el espectáculo, Isabel sonrió con satisfacción. Lentamente, llevó sus manos a su cuello y se quitó la cadena dorada que colgaba de él. Era una joya valiosa, un regalo de Eduardo en su época universitaria, algo que en su momento había significado todo para él.
Con paso elegante, caminó hasta el borde del puente y levantó la cadena para que todos la vieran.
—El que recupere esta cadena será mi esposo —anunció con un tono teatral antes de soltarla al vacío.
La joya cayó en picada, deslizándose entre las sombras del agua debajo del puente.
Luana entrecerró los ojos, comprendiendo de inmediato el juego retorcido de Isabel. Esto no era para probar el amor de ninguno de ellos. Era un espectáculo hecho únicamente porque ella estaba ahí, porque Isabel quería que ella viera hasta dónde llegaría Eduardo.
Los murmullos se expandieron entre los presentes. Algunos amigos de Eduardo lo miraron con preocupación. Todos sabían que él no sabía nadar.
—¡Eduardo, no lo hagas! —gritó uno de ellos.
Pero Eduardo ya no escuchaba. Sus ojos estaban clavados en el agua, su mente nublada por el desafío. Sabía que era peligroso, que no tenía sentido… pero también sabía que Luana estaba ahí, observando. Y si tenía que demostrarle algo, si tenía que dejar claro que su miedo no era más grande que su amor por Isabel, entonces lo haría.
Se preparó para saltar.
Pero antes de que pudiera moverse, alguien más se adelantó. Un cuerpo se lanzó al agua sin dudarlo, rompiendo la superficie con un fuerte chapoteo.
—¡Luana! —el grito desgarrador de Bianca hizo que todos volvieran a la realidad de golpe.
Eduardo sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. Su mente, hasta entonces nublada por el impulso irracional de demostrar algo, se despejó en un instante. Su mirada se fijó en las profundas aguas donde Luana había desaparecido, y una única verdad lo golpeó con la fuerza de una tormenta: ¿qué demonios estaba haciendo?
Todo lo que había estado dispuesto a arriesgar, su orgullo, su miedo, su vida… de repente, no tenía sentido alguno.
—¡Luana! —su voz resonó en el puente, helando la sangre de los presentes.
Eduardo parpadeó, confundido. Su cuerpo aún estaba en tierra firme, pero el agua bajo ellos era profunda y oscura. No fue él quien saltó… y eso lo dejó paralizado. De repente, toda la absurda escena se desplomó sobre él con un peso insoportable. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Cómo había llegado a esto? Mientras él jugaba un papel ridículo en la obsesión de Isabel, Luana—la única persona que realmente se preocupó por él—había sido la única en actuar sin dudarlo.
El miedo se le instaló en el pecho. El agua era demasiado profunda, y Luana…
—¡Luana! —gritó nuevamente, pero esta vez su voz no era de rabia ni de orgullo herido. Era puro pánico.