Eduardo avanzaba con esfuerzo por la acera, cargando varios bolsones de ropa de diseñador que Isabel había insistido en comprar. El peso de las bolsas no era lo que lo incomodaba, sino la situación en sí. Se sentía ridículo, reducido a un simple asistente personal, siguiendo los caprichos de una mujer que cada día parecía más inalcanzable.
Mientras ajustaba las bolsas en sus manos, algo en su visión periférica lo hizo detenerse. A unos metros de distancia, en la acera opuesta, estaba Luana. Su corazón se aceleró de inmediato, y un extraño nudo se formó en su estómago.
No quería que lo viera. No así.
Consciente de la cantidad de bolsas que llevaba, se giró sutilmente, tratando de ocultarse entre las personas que pasaban a su alrededor. Sus ojos siguieron a Luana mientras ella caminaba con tranquilidad, sin notar su presencia. La vio detenerse frente a un café y entrar sin prisa, como si el mundo a su alrededor no la afectara en lo más mínimo.
Eduardo soltó un suspiro y sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No entendía por qué, pero verla ahí, tan ajena a él, tan distante y serena, lo inquietaba de una manera que no podía explicar.
Algo dentro de él lo obligó a seguirla con la mirada. Recordó la forma en la que Luana solía llenarlo de palabras, de atenciones, de sonrisas cómplices. Siempre tenía algo que decir, siempre buscaba compartir momentos con él, incluso cuando él la ignoraba o cuando prefería quedarse en casa en lugar de salir con ella.
Nunca se rendía.
Luana tenía esa forma de hacer que las cosas parecieran sencillas, de convertir lo cotidiano en algo especial.
Pero ahora… ahora ella ni siquiera lo miraba. Ni siquiera parecía notar su existencia. Y eso le pesó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Desvió la vista hacia Isabel, quien caminaba unos pasos delante de él sin siquiera preocuparse por la cantidad de bolsas que él cargaba. Se detuvo frente a un escaparate de joyas y sonrió, admirando una pulsera en la vitrina con la mirada brillante de alguien que solo quería más.
—Compra esta también —dijo sin girarse, como si fuera una orden más que una petición.
Eduardo apretó los dientes. Ni siquiera se molestó en preguntar si él estaba de acuerdo, si estaba cansado, si quería algo. No lo miró. No lo notó.
Se obligó a mirarla a ella y luego a Luana, que acababa de entrar en la cafetería con una calma absoluta. La diferencia entre ambas se hizo evidente en su mente de una forma brutal.
Isabel siempre había sido una mujer que exigía, que tomaba sin dar nada a cambio. Luana, en cambio, nunca le pidió nada más que su tiempo, su presencia, su amor… algo que él nunca estuvo dispuesto a darle realmente.
Y ahora que Luana ya no lo miraba de la misma manera. Eduardo sintió un miedo extraño, como si algo importante estuviera escapándose de su alcance para siempre. Pero antes de que pudiera procesar del todo esa sensación, la voz de Isabel interrumpió sus pensamientos.
—Eduardo —lo llamó con un tono impaciente.
Él se sobresaltó y giró la cabeza justo a tiempo para encontrarse con sus ojos. Isabel lo estaba mirando por primera vez en todo el día, y su mirada tenía ese brillo encantador que siempre lo había cautivado.
Por un instante, toda su inquietud se disipó. Su corazón, que hace segundos se sentía tenso por la indiferencia de Luana, ahora latía con la misma devoción ciega de siempre.
—¿Vas a comprármelo? —añadió Isabel con una sonrisa encantadora, señalando la vitrina con un leve gesto.
Eduardo asintió sin pensarlo demasiado. La sensación de pérdida que acababa de experimentar fue enterrada bajo el hechizo de su primer amor, como si nunca hubiera existido.