La pluma aún descansaba entre los dedos de Luana cuando Santiago recogió el contrato, repasando cada página con la misma expresión impasible de siempre. Para él, esto no era más que un trámite. Para Luana, era el inicio de una nueva vida.
—Bien —dijo finalmente, cerrando la carpeta con un sonido seco—. A partir de ahora, tu tiempo ya no te pertenece.
Luana levantó la vista y lo observó con cautela. Sabía que trabajar con Santiago implicaba sacrificios, pero escuchar esas palabras en voz alta la hizo sentir el peso de su decisión con mayor intensidad.
—Entiendo —respondió con firmeza.
Santiago apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos frente a él.
—No, aún no lo entiendes. Pero lo harás.
El silencio entre ellos se vio interrumpido por la llegada del mesero, quien dejó un par de copas de vino sobre la mesa antes de retirarse. Santiago tomó una de ellas y la giró lentamente entre sus manos.
—Tienes exactamente una semana para dejar todo en orden —continuó con frialdad—. Cuando el reloj marque el final de esos siete días, tu antigua vida habrá terminado. Mudanza, entrenamientos, sesiones de grabación, imagen pública. No habrá margen para dudas, ni para errores. Si tienes cabos sueltos, resuélvelos ahora.
Luana sintió un escalofrío recorrer su espalda. La manera en que Santiago lo decía, tan seguro, tan definitivo, le dejó en claro que después de esa semana ya no habría vuelta atrás. Era ahora o nunca. Respiró hondo y asintió.
—¿Cuándo me reuniré con el equipo?
—No escuchaste. Dentro de una semana. No hay margen para retrasos ni para dudas. Ese día te reunirás con los productores y marcarás el inicio de tu carrera. Si no estás lista, será tu problema, no el mío.
Ella asintió nuevamente, sintiendo una punzada de vergüenza por su pequeño error. No estaba acostumbrada a que la corrigieran de esa manera, pero no dijo nada. Sabía que sería un camino difícil, pero no había vuelta atrás.
—Santiago —lo llamó de repente, con la mirada fija en él—. ¿Por qué yo? Hay muchas otras personas con más experiencia, más reconocimiento…
Santiago esbozó una leve sonrisa, pero no era de amabilidad, sino de alguien que veía una jugada desarrollarse tal como la había planeado.
—Desde el colegio supe lo que podías hacer —continuó con frialdad, sin apartar la mirada de ella—. Dominabas idiomas con una facilidad ridícula, cantabas con la técnica de una profesional, incluso podías interpretar ópera sin esfuerzo. Tenías una presencia imposible de ignorar. Todo eso ahora solo significa una sola cosa para mí: dinero.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, sin bajar la voz.
—Pero lo desperdiciaste. Enterraste todo ese talento por una vida mediocre, por un camino que nunca debió ser el tuyo. Ahora, tienes la oportunidad de corregirlo. Pero no te confundas, Luana. No eres especial, eres un producto. Y un producto que no se vende, se desecha.
Luana sintió como si un balde de agua helada le cayera encima. Su estómago se encogió y su garganta se cerró por un instante, pero no permitió que su rostro reflejara la tormenta que se desataba en su interior. Las palabras de Santiago eran un golpe certero, directo a todo lo que alguna vez había sido y había dejado de ser. Durante años había creído que sus talentos eran parte de ella, pero en ese momento, entendió que para él no eran más que herramientas, una inversión con la que esperaba obtener ganancias.
Sintió una mezcla de humillación y rabia. ¿Así la veía? ¿Como un producto? Por un instante, quiso responderle con la misma dureza, hacerle saber que no era una simple mercancía. Pero sabía que eso no cambiaría nada. Santiago no veía personas, veía potencial de éxito y de dinero.
Respiró hondo y sostuvo la mirada. No iba a darle la satisfacción de verla quebrarse.
—Santiago —dijo con una firmeza que lo tomó por sorpresa—. Vas a tragarte cada una de tus palabras cuando veas lo que soy capaz de hacer.
Santiago observó cómo Luana se marchaba del restaurante, su expresión aún impenetrable. Apenas la vio desaparecer por la puerta, su asistente, un hombre de mirada calculadora y actitud reservada, se acercó con cautela.
—Jefe, ¿no cree que fue demasiado duro con ella? —preguntó mientras recogía unos documentos sobre la mesa.
Santiago tomó la copa de vino y la giró entre sus dedos antes de responder.
—¿Y qué esperabas? ¿Flores y palabras bonitas? —respondió con frialdad—. Si no la presiono, el mundo lo hará. Solo le ahorré tiempo.
Su asistente lo miró con curiosidad, pero no insistió. Sin embargo, Santiago continuó por cuenta propia.
—Además —sus labios se curvaron en una sonrisa amarga—, se lo merece. ¿Sabes por qué? Porque ella me rompió el corazón en la universidad y simplemente lo olvidó, como si yo nunca hubiera significado nada.
Su asistente parpadeó, sorprendido por la confesión. No era común que Santiago hablara de su pasado, mucho menos de algo personal.
—¿Aún le guarda rencor? —se atrevió a preguntar.
Santiago soltó una risa seca, sin humor.
—No es rencor. Es justicia. Ahora el destino ha sido generoso al traerla de vuelta justo a mis manos. Yo decido qué hacer con ella. Y créeme, no pienso desaprovechar la oportunidad.
Dio un sorbo a su copa y dejó la mirada fija en la puerta por donde Luana había salido.
—Ella solo necesita recordar lo que perdió… y lo que aún puede ganar.